A la ciudad y al mundo | Parte 35

  •  
  •  
  •  
  • 44
  •  
  •  
    44
    Shares

Capítulo sesenta y nueve

Caía la tarde del domingo. Benjamin Master subió al Peugeot 307, azul metalizado, que había alquilado y puso rumbo a la plaza Independencia. Esperaba que al pasar un rato escuchando ese dúo de jazz se disipará un poco el mal humor que le había producido revisar la casilla de correo electrónico.

Lo que había sido una leve sospecha se convirtió en una realidad tangible. Natalia ferrara, llegaría a Mendoza de un momento a otro y con algo de suerte, también su hermano.

Benjamín Master, debía conformarse con un triste rol de observador, después de todo el trabajo que tanto su gente como él mismo habían realizado, sólo podrían mirar y esperar.

—Estoy en el D.F. —contaba Natalia a su hermano, que viajaba con rumbo a su casa— En dos horas hay un vuelo, que llega a Ezeiza a las cuatro de la tarde, hora argentina.

— ¿Está todo bien? —preguntó Rafael Ferrara.

—No, nada bien —dijo—. Creo que Carlo está en problemas. Además el primo Pío ha viajado conmigo.

— ¿Rodríguez?

—Y quién si no.

—No te preocupés. —La tranquilizó—. Yo me hago cargo.

— ¿Qué debo hacer?

—En principio, no vayás a casa. Preguntá en el hotel Hyatt por la tía Michelena. El domingo a la tarde, nos encontramos en la Plaza frente al Nacional ¿Te acordás del Cornelio Moyano?

—Sí, nos vemos ahí. Besos para Amelia

La comunicación término.

—Está bien, me quedo por acá nomás —indicó al taxista Rafael Ferrara —. ¿Qué le debo?

—Tres pesos, con veinticinco.

El pasajero entregó un par de billetes de dos pesos.

—Guarde el cambió.

—Muy amable, señor.

Estaba en la entrada del auditorio. Se entretuvo mirando a un grupo de chicos que bajaban las escaleras cargando estuches de instrumentos musicales.

—Buenas. —Lo saludó un muchacho, que llevaba un largo estuche negro.

—Qué hacés, Martín. ¿Y cómo va esa música?

—Tirando…, tirando nomás. Nos vemos, Don Sampietro.

—Chau Martín y no le aflojés al trombón.

Siguió con la vista a los chicos y chicas que se alejaban. Los conocía a todos, eran miembros de la Orquesta Filarmónica Juvenil. No pudo dejar de pensar, que si las cosas hubiesen sido de otra manera, le hubiera gustado estudiar el clarinete.

Llegó hasta el negocio de la esquina, un quiosco al que en los últimos días le habían anexado fotocopiadora. Deslizó varias monedas de cincuenta centavos por la ranura del teléfono público. Marcó un número que sabía de memoria. La persona que buscaba lo atendió en pocos segundos, era Jesús Domínguez, la cabeza de la mayor familia del crimen del país azteca.

Rafael Ferrara contó lo sucedido y solicitó apoyo para Natalia, estaba seguro que Domínguez no se lo negaría.

Cuarenta y cinco minutos más tarde, los hombres del S.P. eran individualizados. Gracias a una señal de Natalia, nunca abandonaron el aeropuerto.

El jet privado Hawker 731, aterrizó en el Aeropuerto Internacional Francisco Gabrielli. Nadie esperaba por sus ocupantes. Los trámites se completaron con prontitud. Las ventajas de la inmunidad diplomática.

Carlo Sabatini y Sebastián Rodríguez, quien no había pisado su provincia natal en más de treinta años, se alojaron en un piso seguro propiedad de La entidad, en la calle Gutiérrez, frente a la Plaza Chile. El apoyo, de ser necesario, sería prestado por agentes que estaban en la ciudad, trabajando en el Arzobispado. Desde el primero al último, estaban muy alertas y a la espera de la señal convenida para ponerse en movimiento.

Cuando Sebastián cardenal Rodríguez, lo dejó solo y encerrado, para ir en busca de alimentos y algunos otros productos para vivir un tiempo, Carlo estableció contacto con la familia Capriatti. Estaba tranquilo, porque de alguna forma había alertado a Natalia. Ella podría volcar la balanza a su favor.

Eran las seis de la tarde del domingo. Hacía mucho calor y decidió darse una ducha. No había mucho más para hacer.

Capítulo setenta

Benjamín Master, miraba el afiche en blanco y negro pegado en la puerta de vidrio de la entrada, y sonreía. El nombre: El Sosias, le resultó divertido y por demás acertado, ya que los que aparecían en la imagen tenían un gran parecido el uno con el otro. Entró en el museo, saludó al guardia de seguridad que se sentaba detrás de un mostrador semicircular y bajó las escaleras.

Se encontró con un lugar fresco y agradable. A la izquierda de los escalones, esperaba un piano se media cola, a su lado un atril, de los que utilizan los músicos para acomodar las partituras; metálico y pintado de negro, que se enfrentaba con un banco bajo de madera, que lucía un tapizado de tela marrón, que hace ya mucho, mucho tiempo había sido nuevo.

Ubicadas de forma paralela, al piano, el atril y el banco; se veían varias hileras de sillas plásticas de color verde, destinadas al público. Todavía no había mucha gente, con excepción de las dos señoras sentadas al medio en la primera fila.

Buscó un lugar en la última fila. Fue ahí cuando la suerte, que tanto había invocado, le tendió la mano.

Natalia Ferrara, morocha, pero Natalia al fin, bajaba los escalones para acomodarse cerca del piano.

El enviado de los Capriatti dejó la silla y con calma salió a la superficie. Una vez sobre la plaza, se encaminó hacía el teléfono público que estaba a un lado de la escalera de ingreso. Entre quince y veinte minutos después, ordenaba:

—Entren en parejas. Ubíquense bastante separados y esperen.

La segunda llamada fue respondida por Paul Capriatti, quien se contactó con Carlo y éste desvió la información a Rodríguez.

—Quedáte tranquilo y dáme todo, porque te boleteo, viejito.

—Viejito, las pelotas.

Rafael Ferrara se volvió para poder abrazar a su sobrino del alma.

— ¿Qué hacés y tu vieja?

—Ya está adentro del museo. Hoy actúa un dúo de jazz, dicen que son muy buenos. Mamá me pidió que los esperara.

El muchacho abrazó a Amelia.

—Cada vez estás más grande —comentó sonriente la tía postiza—. Debés tener un montón de novias ¿No?

—No tantas como me gustaría, te lo aseguro. En realidad hablando en serio, ninguna. Para que te voy a mentir.

—Tené paciencia, ya aparecerá, la mujer de tus sueños —dijo Rafael antes de abrazar a su mujer.

—Eso espero, eso espero, tío.

Rafael Ferrara estaba feliz de reencontrarse con su sobrino y con Natalia. La propuesta le pareció muy original y atractiva. En un momento durante el espectáculo, el saxofonista interpreta una suerte de interludio, para acompañar el recorrido de su hermano que sombrero en mano, solicita una colaboración de la gente. Cuando el pianista se paró frente a Ferrara, éste dejó caer en el sombrero un billete crujiente de cincuenta pesos.

Al concluir el concierto, se acercó para saludar a los músicos y cruzar algunas palabras con ellos. Conversaron sobre estilos, temas y recordaron a algunos grandes como Miles Davis y su versión de Some day My Prince Will Come. Antes de irse Ferrara compró los dos discos compactos de los hermanos mellizos. Estaba de verdad encantado.

—Atrás de los discos, tiene nuestra dirección de correo, por si quiere hacernos algún comentario —ofreció el pianista.

—Como no, con mucho gusto.

Cuando Ferrara subía las escaleras con rumbo a la salida, el saxofonista, ya inmerso en limpiar su instrumento, comentó:

—Oiga, nadie le ha dicho nunca que sin la barba y los anteojos, se parecería mucho a Rafael, el Papa.

—Sí, quedáte tranquilo, que me lo han dicho y no una sino varias veces —contestó como si estuviese harto de la confusión.

Amelia, Rocco y Natalia, lo esperaban en la plaza, cerca de la fuente. Eran pacientes. Sabían que cuando de jazz se trataba había que serlo. Con la alegría de volver a estar juntos, no se percataron de todos los ojos que los acechaban.

—No debemos hacer nada más que observar y seguir el rastro —ordenó a su gente Ben Master.

Rafael se reunió con su familia, ya era de noche. Una típica noche de verano mendocina.

—Los invito a cenar, tengo novedades —anunció.

—Genial ¿A dónde vamos? —se interesó Rocco repletó de entusiasmo.

— ¿Qué tal una buena parrillada completa? —propuso Rafael.

—Excelente —respondieron a coro.

Caminaron unas tres cuadras por la Avenida Sarmiento hasta encontrar una mesa vacía en uno de los tantos restauranes con parrilla que hay en esa zona. A pesar del calor, prefirieron cenar adentro, en el salón. La comida dio comienzo con unas entrañas increíbles, acompañadas por chorizos, morcillas y ensalada mixta de lechuga, tomate y cebolla. Rocco y su tío pidieron además una ensalada rusa con mucha mayonesa, los enloquecía. Tomaron Malbec y no dejaron una miga del crujiente pan.

Comieron, charlaron, recordaron y rieron. Una hora más tarde, luego de las mollejas, los chinchulines y unas deliciosas brochetas de riñón, con pimientos y cebolla le tocó el turno a los postres. Todos disfrutaron de copas heladas, menos Rafael que optó por el queso con dulce.

Nadie se podría haber imaginado, que ese hombre que se mostraba todo lo contento y feliz que alguien puede estar en una cena familiar, soportaba una enorme carga. La pesada carga que suele acompañar a los poderosos.

—Por favor, sigan charlando como si nada —pidió Rafael fijando la vista en la entrada del local.

— ¿Pasa algo, amor? —se preocupó Amelia.

—Sí, que pasa. Rocco paráte y anda para el baño. No salgás por nada del mundo. Escuchés lo que escuchés.

—Lo que vos digás, tío —obedeció el muchacho.

Natalia sentada frente a Rafael y de espaldas a la entrada, no soportó más y giró para ver qué pasaba.

—Santo Dios —exclamó por poco en un grito y se tapó la boca con una mano.

Continuará…