La penumbra de la mente | Tercera Parte: La infiel

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Escena dos.

Matías observó al anciano y sonrió de costado, como si algo en la cara de Cornejo fuese gracioso. El inspector notó el gesto y se impacientó “¿De qué se ríe este estúpido?”, pensó.

―¿Me va responder o quiere un abogado? ―increpó Cornejo con una expresión en su rostro embravecida. Fernández, que percibió el enojo, se acomodó en la silla, limpio su garganta debido al nerviosismo que le causo su última acción, y le respondió.

―No, señor, no hace falta porque soy inocente. La noche del asesinato estaba en la iglesia, en un grupo de ayuda de caritas. El padre Rafael puede corroborar lo que le digo.

―Usted sabe la cantidad de veces que me he dado cuenta que me mienten ―preguntó Cornejo demostrándose soberbio y apático.

―Lo imagino ―respondió―, pero es verdad. A pesar de lo que me hizo, jamás sería capaz de desearle el mal. Si bien en la última época ya no teníamos una relación buena y estábamos juntos por un tema de rutina o de acostumbramiento; nunca le haría daño. Ella fue muy importante para mí ―dijo casi jadeando―. Es más, la semana pasada vine a hablar con el comisario, y me trató de imbécil y de paranoico por traer las cartas. Yo se lo dije, había una amenaza ahí, le pedí que una patrulla se quedara en su casa… ―El joven se mostraba incomodo al relatar los hechos―; pero no me creyó. ―Fernández cerró sus puños entorno a la mesa y contuvo las ganas de golpearla.

―Mmm ―reflexionó Cornejo ―. Siga, siga, no se detenga. ―El detective se rascaba la barbilla, cuya piel estaba irritada debido a la poca costumbre de estar afeitada y pensaba “Mierda, mierda, mierda; este tipo dice la verdad. Pero, hay algo raro”.

―No sé qué más decirle.

―Podría contarme como se conocieron; por ejemplo, y que le llevó a pensar que la relación estaba perdida.

―Y eso… ¿qué tiene que ver?

―Más de lo que cree ―sentenció el inspector, intentando desmenuzar al sujeto para averiguar si en el fondo había estado implicado en el crimen, aunque sea indirectamente.

―Bueno ―dijo Matías poniéndose nervioso. Las palabras al principio salían entrecortadas de su boca, como si hubiese olvidado como respirar por la nariz mientras que hablaba―. La conocí en la escuela secundaria, hace más o menos unos diez años. ―Sonrió con muchísima nostalgia, Cornejo notó como sus ojos se ponían medios vidrios al recordar esos días de antaño―. Al principio nunca pensé que me fuera a hacer caso ―continuó Fernández―. Yo sabía muy bien que la fama que tenía ella, pero a mí eso no me importaba. Yo la veía en el curso, en la punta del aula y me volvía tonto. Estaba más o menos cinco o seis minutos mirándola de a ratos para que nadie se diera cuenta.

―¿Qué fama tenía la señorita Olivera?

―Tenía una… moral dudosa, por así decirlo.

―Se acostaba con muchos hombres.

―Sí, eso lo resume mejor.

Entonces la curiosidad envolvió al inspector y este le cuestionó ―Porqué habla con tanta formalidad, si es un joven de veinte y pico.

―Yo, señor, soy un tipo muy ligado a Dios. Cuido mi lengua y más mis acciones.

Cornejo seguía meditando, algo escondía el muchacho. Más allá de que su apariencia y sus acciones parecían ser la de un tipo enteramente entregado a la iglesia.  ―Y cuénteme, ¿Cómo empezó la relación?

―Ella se había peleado con su novio de turno, y bueno, dio la casualidad que yo vi cuando se pelearon y fui a consolarla. La acompañe casi un año, viéndola ir y venir con tipos que no valían nada, hasta que por fin se fijó en mí y empezamos a salir.

El primer año no me daba cuenta de nada, estaba muy enamorado; pero después eso, cuando pasó el enamoramiento, me di cuenta de sus escapadas con amigas y esas salidas extrañas eran excusas para salir con otros hombres.

Al principio me dolían, pero con el tiempo aprendí a sobrellevarlas, ¿sabe? ―concluyó Fernández mientras el inspector asentía―. Un hombre es muy imbécil cuando se enamora. Así aguanté tres años. Casualmente, en este último año tuvimos una crisis, la pillé siendo infiel. Todo llegó a un punto en el que no aguantaba más. Entonces me prometió que iba a cambiar, que no lo iba a hacer más.

Escena tres.

Después de la reconciliación, le propuse matrimonio, ―sonrió tristemente suprimiendo un evidente llanto―. Le prepare una cena y un fuimos un fin de semana en un hotel. Esos fueron los mejores días de mi vida. La pasé mejor que nunca y creí que todo por fin iba a mejorar.

―Pero no fue así ―dijo Cornejo basándose en la experiencia de su nefasto matrimonio.

―Su promesa de fidelidad duró solo un mes; o al menos eso creo ―resolló Matías―. Entonces, me enojé y decidí no cortar, seguí con la relación. Quería ridiculizarla como ella me ridiculizó a mí.  De a poco la fui sacando de mi mente, me costó mucho, no se lo voy a negar. La amé mucho, todo lo que viví me hizo madurar y quererme más a mí mismo. Sabía que me engañaba con un tal Laiseca, es más, tenía fotos de ellos saliendo en un motel.

―¿Así y todo se ibas a casar con ella? ―preguntó Cornejo con un claro escepticismo.

―Justamente estaba por llegar a eso. Me siento muy inmaduro e imbécil, ahora que ella ya no está, pero… la iba a dejar plantada en el altar. Le iba a pedir a mi padrino de bodas que le entregara una carta con las fotos.

―Sí, es inmaduro, pero te entiendo. Cambiemos de tema, explícame lo de las cartas.

―Quería más evidencia sobre sus infidelidades, entonces, me metí en su computadora un día cuando se fue a bañar y ahí descubrí esos tres correos. Los imprimí y los leí en mi casa porque se me hicieron muy extraños. Sé que no se ve nada a simple vista, pero estoy seguro que hay una amenaza o algo extraño ahí. ―El joven se quedó callado a la espera de que el inspector le hablara y ante la negativa de esta acción concluyó― El resto ya lo sabe.

Cornejo observó frunciendo la boca, ya no quedaban dudas sobre el muchacho que tenía al frente. Era muy difícil el fuese el asesino. Sin embargo, quería realizar la última prueba antes de terminar con el interrogatorio. Le pidió al oficial Fernández que le extendiera el sobre. Sacó las fotos y mientras que las revisaba rápidamente con la vista sin ahondar en los macabros detalles, buscó la menos grotesca y se la enseñó.

―¿Usted conoce algún enemigo que le hiciese esto a ella?

En la imagen que le enseñó, se podía ver con una claridad abrumadora la vista del pasillo que comunicaba la cocina con el dormitorio. La sangre se impregnaba en las paredes y escurría por efecto de la gravedad hacia el suelo. La reproducción fotográfica daba la sensación de que se trataba que la pared estaba sangrando.

Cornejo pudo percatarse como las pupilas de los ojos de Matías se dilataban y como una mueca grotesca se fijaba en el rostro del joven. Por su parte, Fernández sintió que el estómago se le revolvía, no conocía del todo los detalles del crimen, pero al ver el ensañamiento en la imagen lo hizo temblar, sin embargo, permaneció inmutable y su rostro se transformó. De un momento a otro pasó de estar a la defensiva a estar enojado.

Entonces Fernández golpeó la mesa denotando un claro estado ira asesina. Abrió sus ojos a medidas insospechadas y enseñó los dientes, como un perro rabioso a punto de atacar a su víctima. La respiración de Matías, así como el ambiente, se volvieron pesados hasta que vio que el oficial Estrada, que seguía parado cerca de la puerta, tenía la mano en su arma, esperando el mínimo movimiento para actuar. Al ver esto, se calmó, respiró profundo y se sentó.

Cornejo guardo la foto y le dijo que cuando estuviese bien se marchase, no importaba cuanto se demorara en reponerse. Salió de la habitación sintiendo pena por Clarisa y sorprendiéndose porque la reacción del sospechoso fue completamente diferente a la que pensó, creía que Matías se desmoronaría, en vez de eso, el muchacho casi lo ataca. Estuvo a punto de eliminarlo como sospechoso, sin embargo, ante el último ataque de ira no estaba muy seguro de si podía considerarlo inocente.

Al salir de la sala de interrogatorios, Cornejo recapacitó y un aguijonazo de culpa lo abatió “¿Por qué lo lleve al extremo?”, se preguntó sintiendo asco de sí mismo.

El oficial Estrada salió detrás y le dijo ―Creo que se le pasó la mano.

―Lo sé ―respondió el inspector sintiéndose un imbécil. En ese momento se dio cuenta, lo llevó al límite porque le molestó la sonrisa burlona del joven al comienzo del interrogatorio.

―Me acaban de avisar que ya está el informe del perito y traen las cartas, ¿quiere qué los veamos juntos?

―Sí, me parece bien ―respondió Cornejo sosteniéndose la cabeza, percatándose que la jaqueca volvía a atacarlo.

Cinco minutos después Fernández salió de la habitación limpiándose los ojos, observó al inspector de frente, casi de modo desafiante y le dijo ―Hay otro tipo, aparte de Laiseca.

―¿Cómo estás seguro? ―preguntó Estrada.

―Por qué Laiseca no sabe usar computadoras, siempre la llamaba a la casa. Y si lo que creo es cierto, el otro amante debe ser un joven, más o menos de nuestra edad y tiene idea sobre informática.

Fernández se dio vuelta y procedió a marcharse, cuando de pronto oyó la voz del inspector sumisa y jadeante, como si este tuviese miedo de hablar ―¿Por qué reías al principio del interrogatorio?

Matías se volteó y le respondió ―Se cuándo una persona está dejando un vicio y es obvio que usted hace dos días que dejó de tomar. Si siente que no puede dejarlo; vaya a la iglesia, hay un grupo de alcohólicos anónimos muy bueno. Se sorprendería la cantidad de personas que han dejado de tomar por ir al grupo.

Entonces el joven finalmente se marchó y Cornejo se sintió aún más culpable por sus actos.

Continuará…

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