A la ciudad y al mundo | Parte 36

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Capítulo setenta y uno

Sebastián Rodríguez y Carlo eran acompañados hasta una mesa a pocos metros de la que ellos ocupaban. El espía argentino, que dirigiera el Russicum, inclinó la cabeza a modo de saludo, con aire de triunfo.

—Sin hacer el menor quilombo, se paran y se mandan a mudar — ordenó Rafael a las mujeres.

— ¿Estás loco? —Amelia no pudo disimular el miedo que la envolvía.

—Esto es asunto mío. Se paran y se van, les dije, carajo.

—Creo que eso va a ser lo mejor —comentó Natalia, apoyando una mano sobre el hombro de su cuñada—. Salgamos, todo va a salir bien.

—Pero, como…

—Ya me oíste. —La frase no contemplaba el derecho a réplica.

—Cuidá a Rocco, por favor —pidió Natalia.

—Andá tranquila.

Mientras iban hacia la calle Natalia miró a Carlo. El siciliano levantó las cejas, como queriéndole pedir disculpas y quedó desconcertado por el frío que encontró en los ojos de la mujer.

Master y su grupo habían seguido los acontecimientos desde los autos estacionados frente al restauran. Al ver aparecer a Natalia, junto a su cuñada, el hombre que manejaba el Peugeot azul metálico con Master a su derecha, quiso intervenir.

—No. —Lo detuvo, Master.

El hombre no se movió.

—Mi querido Carlo, Su Eminencia. Déjenme decirles que es un placer enorme, encontrarlos aquí —ironizó Rafael, al tiempo que acercaba una silla.

—Si me disculpan, caballeros, tengo que ir al baño— declaró Carlo—. Es algo de suma urgencia.

Rodríguez no se preocupó, el lugar estaba rodeado.

Cuando los compatriotas quedaron a solas, se observaron como dos púgiles a punto de hacer chocar los guantes.

— ¿Ha venido a llevarme, Eminencia? —preguntó sólo por romper el silencio Rafael.

— Te equivocás —anunció Rodríguez—. He venido a matarte, pedazo de hijo de puta.

—No entiendo por qué razón le habla así a un amigo. Porque eso fuimos en algún tiempo…

—Mí amigo no eras vos. Se trataba de otro hombre, uno a quien creí conocer, al que respetaba y por eso obedecía. Vos me das asco y te juro que te está no zafás.

—Como guste, Eminencia—siguió hablando en tono apacible, Rafael—. Pero creo justo advertirle que tengo planes y usted, ya me ha molestado bastante; además no es posible matar a un muerto.

Rafael Ferrara no pudo evitar reírse y por un instante recordó el día en el que también se rió con ganas dentro del Cuarto de las Lágrimas.

—Te lo repito, te está no zafás, así que despedite.

—Espero que esté equivocado. Créame cuando le digo; que así lo espero.

Carlo volvió del baño y al sentarse, por accidente, dejó caer un tenedor; se agachó para recogerlo.

—Yo me encargo, primo. Te puedes ir tranquilo —anunció Carlo.

— Sabía que Rocco no me podía fallar, carajo; lo sabía —dijo exaltado Rafael —Hasta pronto, Eminencia y muy buen provecho.

—Por qué no le avisas a tu Santo Padre que afuera lo está esperando la gente de Don Capriatti —sugirió Rodríguez con ironía, sin importarle el arma que lo encañonaba bajo la mesa.

Esas palabras fueron para Rafael Ferrara lo mismo que un golpe en medio del estomago.

—De qué hablás, cabrón —dijo levantando la voz y dejando de lado su mansa postura.

—Preguntále a tu primito de que hablo—respondió—. Que te lo cuente él.

— ¡¿Me vendíste?! ¡A mí, a quien te dio de comer toda la vida!

—Perdonáme, fui un idiota —Carlo se mostraba sincero por primera vez en tantos años—. No quería ser un segundón para siempre. Quería progresar, quería ganar, aunque fuera por una vez.

—Te juro que te voy a hacer pagar —Rafael escupía odio con cada sílaba. —Te lo juro.

— Señores por favor, tranquilos. Por favor los invito a mirar hacia el fondo del salón —pidió Sebastián Rodríguez.

Rocco venía hacia ellos con cara de disculpas. Dos hombres lo escoltaban.

— Pagá y vamos —ordenó Rodríguez, mirando a Rafael.

Ya en la calle, el responsable de los servicios secretos del Vaticano, fue al encuentro de Ben Master. Al verlo venir, éste se bajo del auto. Cruzaron dos o tres frases y acto seguido Master indicó con un gesto a los conductores de los otros dos vehículos que se retiraban. Saludó con un firme apretón de manos al argentino, subió al auto y todo terminó. No tenía nada más por hacer allí.

Unos minutos pasaron hasta que apareció una camioneta Ford Transit, negra. Uno de los hombres que acompañaba a Rocco, abrió la puerta trasera. Un segundo después gritó de dolor y cayó al suelo.

— Cubránse —aulló Rodríguez, corriendo a rescatar al agente herido.

Aprovechando la confusión, Carlo se abalanzó sobre el segundo guardián de su hijo, lo obligó a perder el equilibrio y después lo golpeó en la cara repetidas veces, hasta que estuvo seguro de que no se levantaría.

—Corré Rocco. Corré hijo —gritó, todavía montado sobre el inconsciente operativo de La Entidad.

Rocco se dio a la carrera y Rafael lo siguió sin dudar.

—Es mío —alertó a todos Rodríguez.

Carlo trataba de ponerse de pie, cuando un intenso dolor le quemó el hombro derecho, por un acto reflejo se llevó la mano izquierda a la zona afectada para descubrir que sangraba.

Rocco corrió por unas cuatro o cinco cuadras, luego se detuvo, nadie lo seguía. Volvió sobre sus pasos caminando con mucha calma.

Rafael Ferrara alcanzó rápido la calle Chile, se internó en la plaza y la atravesó, yendo hacia Rivadavia. En la puerta de la escuela Normal había un ómnibus verde con un gran número cinco pintando en el frente, levantó los brazos para que el chofer lo esperara y un segundo más tarde estaba arriba. Su perseguidor sin una gota de aire en todo el cuerpo, se atravesó frente al largo vehículo, obligándolo a detenerse de golpe. Subió.

—¿Qué hace, está loco? —Lo increpó el conductor.

—Disculpe, estoy atrasado. No podía esperar el otro.

—Que suerte que sos vos. —Se relajó Carlo.

—Sí; es toda una suerte —dijo Natalia antes de dispararle por sobre la rodilla izquierda.

Capítulo setenta y dos

El trabajo de Natalia estaba siendo reconocido y la prueba no era otra más que los muchos millones que las familias acumulaban gracias a su talento. Pronto la producción estaría en manos de terceros y ella podría regresar a sus pasiones: la investigación y la creación de sustancias.

Una sola cosa empañaba el presente, Carlo no estaba bien, algo le preocupaba. Lo había percibido por primera vez, durante la reunión en Castel Gandolfo. Lo notaba cada vez más lejano y eso era algo que no podía soportar. Se prometió estar alerta, hasta dar con la causa del conflicto.

Como lo había hecho durante todo el proceso que culminó con la obtención de la aspirina Ferrara, cada noche entraba en el laboratorio, descolgaba el guardapolvo que la esperaba con ansias detrás de la puerta y luego de abrocharlo: la primera regla a la que debe ceñirse un científico, se confundía entre tubos de ensayos, vasos de precipitación, probetas, embudos de decantación y mecheros. Se preparaba para dar inicio a la faena cuando se percató de un hecho del todo inusual. La puerta que comunicaba el laboratorio con la habitación que solían utilizar Rafael y Amelia para sus momentos, estaba abierta. En los años que llevaba viviendo en la Ciudad Secreta, había luchado mucho por ganarle a la curiosidad que le despertaba saber cómo era ese rincón del mundo de su hermano, pero era una mujer de ciencia, se dedicaba a investigar y la posibilidad de conocer más allá de las posibilidades le atraía como ninguna otra cosa en el universo.

Dudó, hasta que su espíritu escudriñador venció a la prudencia. La habitación era ni más ni menos la que se puede encontrar en cualquier hotel cinco estrellas de las grandes capitales. Una gran cama gobernaba la estancia. A los pies de esta se ubicaba una suerte de banco en donde se acomodaba la ropa. Las mesas de luz hacían juego con el lecho. En cada una se erguía un velador, sencillo, pero de muy buen gusto. Sin duda una elección de Amelia, pensó Natalia divertida. También había un televisor y un reproductor de películas digitales y un fabuloso centro musical y muchos discos de jazz. En otra sala más pequeña encontró un baño, que contaba con una moderna bañadera de hidromasajes, y con todo lo que se suponía que debía haber en un espacio como ese. Al lado del baño Natalia se topó con la gran sorpresa. Una habitación que daba la impresión de haber sido montada por personal de la C.I.A. Pudo ver una sofisticada computadora. Una impresora, un scanner y sobre la pared una pantalla de plasma de dimensiones impensadas. Miraba todo eso como lo debe haber hecho Alí Baba al entrar en la cueva de los cuarenta ladrones, cuando algo le hizo dar un salto.

Desde alguna parte llegaba la música de la serie de televisión: Misión Imposible. El teléfono celular, tan pequeño y sofisticado, que daba la impresión de haber sido en realidad un producto escapado del exitoso programa, sonaba desde dentro del cajón de una de las mesas de luz, la de la izquierda. Natalia lo sostuvo por un momento esperando que dejara de sonar, como no lo hizo respiró hondo y oprimió el botón para dar inició a la comunicación.

—Hable —dijo.

—Le estamos llamando de la Banca Nazionale del Laboro, para confirmar sus últimas transacciones —anunció la voz de una mujer al parecer joven, con un bonito tono centro americano.

—En este momento, el señor no se encuentra —arriesgó Natalia, aguijoneada ya por una sospecha que no quería aceptar—. Habla su secretaría privada.

—Por favor señorita, si es usted tan amable, comuníquele al señor Sampietro que es necesario que nos envié la contraseña de seguridad. Es un procedimiento que él conoce y sin el cual nos vemos imposibilitados de acreditar los fondos.

—No estoy informada de cuándo regresará el señor Sampietro y como se habrá podido dar cuenta ha dejado olvidado su teléfono celular. Hasta cuándo tiene tiempo de realizar la confirmación.

—Debe hacerla antes de veinticuatro horas, señorita.

—Muy bien. No sé preocupe que le informaré, en cuanto llegue.

—Ha sido muy amable, señorita. Buenos días.

—Buenos días —repitió Natalia.

Dejó el teléfono en donde estaba

—¿Qué hacés acá? —preguntó Amelia

—Disculpáme. —Se excusó Natalia—. Vi que la puerta estaba abierta y la curiosidad pudo más.

—Vos ya sabés lo que siempre dice Rafael sobre la curiosidad.

—¡Eh! Che. Ni que fuera el enemigo.

—Te ruego que salgas, por favor.

Pasaron varios días y la menor de los Ferrara no consiguió averiguar nada sobre lo que suponía sería una cuenta bancaria secreta. Entonces la segunda parte de lo que la llevaría a cambiar su forma de vida se le puso adelante como un cartel luminoso en una ruta que promete el placer de un cigarrillo rubio.

En el Vaticano trabajaban un total de doscientas personas laicas y sin problemas Natalia se movía entre ellos. Llevaba y traía carpetas de un lado a otro y si en alguna ocasión se le consultaba sobre algo, aducía trabajar en un departamento totalmente opuesto. Todo esto le servía para no estar todo el tiempo enclaustrada en la Torre de los Vientos.

Por ese laberinto de pasillos, puertas y escaleras andaba cuando le pareció ver a una persona que ya había visto, pero no recordaba con exactitud a dónde. Solo por esa curiosidad que formaba parte de su sangre, lo mismo que el plasma, los glóbulos rojos y blancos, decidió seguirlo. La sorpresa no fue pequeña al verlo encontrarse con Carlo. En el momento en que las dos diestras se cruzaron, ella supo quién era. Se llamaba Giulliano De Sica y era uno de los más antiguos capitanes de la familia Capriatti.

Creyó que iba a vomitar y antes que nadie pudiera preguntarle qué le sucedía, dio media vuelta para correr todo lo rápido que pudo hasta estar a resguardo en las habitaciones de la torre.

¿Qué tenía para conversar Carlo con uno de los emisarios del peor enemigo de Rafael? ¿Por qué su hermano había montado con tanto cuidado una oficina a la que no tenía acceso? ¿Sería posible que Carlo estuviera cumpliendo un encargo de Rafael para atrapar a Capriatti? ¿Qué otros asuntos le estarían ocultando?

Continuará…