La penumbra de la mente | Cuarta Parte: Lamento del Pasado

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Las pesadillas acosaron al inspector en la primera noche después del interrogatorio. Soñaba que estaba encerrado en la casa, y que el homicida de Clarisa yacía oculto en las sombras, esperándolo, para darle el mismo final. El mal sueño concluyó con su cabeza colocada frente a la de la joven, sin embargo y por suerte, las primeras luces del alba borraron de la mente de Cornejo tan macabra imagen.

“En la literatura, el crimen es tan antiguo como el amor.
Pierre Lamaitre”.

***

Escena uno:

Cornejo fue el primero en llegar ese día a la comisaria, estuvo alrededor de dos horas estudiando las cartas sin poder entender que era lo que estaba impreso en ellas. Cerca de las ocho de la mañana, el oficial Estrada arribó a la sala de interrogatorios y se sorprendió de encontrar al anciano estudiando los tres papeles que Fernández había dejado el día anterior.

―Buen día, señor ―saludó cordialmente Estrada.

―Buen día ―respondió Cornejo sin prestarle mucha atención.

―¿Estuvo toda la noche acá? ―inquirió Estrada intentando entablar una conversación. Cornejo lo observó de soslayo, por encima de los papeles y contestó:

―No, pero me vine temprano porque no podía dormir.

―¿Por lo qué le dijo a Fernández?

―Mmm… no ―respondió pensativo―. Tuve muchas pesadillas, por suerte no las recuerdo, pero por cómo me desperté, sé que fueron horribles.

―A todos no pasa. ―El oficial no podía dejar de mirar al inspector, por algún motivo para el desconocido, le tenía cierta admiración―. No creo que ahí haya algo. Es más, estoy seguro que es correo basura.

―¿Correo basura?

―Sí, se le llama spam. Son correos que traen virus o publicidades, casi nadie los ve.

Cornejo frunció su frente, enseñando más arrugas de las que le gustaría tener y luego de meditar unos segundos, supuso que lo que le decía Fernández podía ser verdad. Sin embargo, decidió estudiar las cartas antes de que el próximo sospechoso llegara.

―No creo que sean correos basuras, como vos le decís. ¿Leíste el informe?

―Sí, ¿qué tiene?

―En serio lo leíste. ―Estrada se quedó callado asintiendo con la mirada, sintiéndose un poco avergonzado porque en realidad solo había visto la caratula del informe forense―. Es más que obvio que no lo leíste y no importa, después de todo trabajaste mucho ayer. Por suerte me tenés a mí para resumírtelo rápidamente. Solo hay dos detalles importantes en este informe que pueden servir para resolver el caso, y estos son:

Primero, el asesino tuvo un particular ensañamiento con la víctima, fue muy astuto, sin embargo, es un enfermo mental y por experiencia te digo que hay que ir con cuidado con esas personas. ―Estrada fruncía la frente sin terminar de entender lo que Cornejo quería explicarle―. El tipo ―continuó el ex inspector― se llevó la parte inferior del torso.

―¿La vagina? ―preguntó Estrada estupefacto.

―Sí, es un necrófilo o, en el mejor de los casos, se lo llevó a modo de trofeo.

―Entonces, puede que sea un asesino en serie, ¿no?

―Hay una posibilidad muy remota, pero estoy más seguro de que se trate de un crimen pasional, simplemente, porque lo único que faltaba en la casa, además del pedazo de cuerpo de Clarisa es el ―cornejo abrió el expediente y leyó lentamente― CPU. Por lo que me explicaron ahí se guarda todo.

―O sea que, si desciframos quien mandó las cartas, atraparemos al asesino.

―Exactamente ―respondió Cornejo sonriendo al ver que Estrada se sentaba a su lado y tomaba una de las cartas. Pasaron un rato leyendo la primera carta que redactaban lo siguiente:

“IimuBmutetu. Oasiciñunaoiqmieamuomuenuway,taroaatuctutatdiñejueañamgiñeiefuoeaqusuunañuibouñeufaoeweteuusui,tucatnozcoiñroamitiwañatuoqeei. Ninaqieatañhuous, qisguwis,eikunaamusus,ñadateuiwatuaztañuesuadinidouñeiasunitkiwañat. Uaunieanuteutei”.

―Sigo creyendo que se trata de correo basura, esto es indescifrable.

―No, estás equivocado, Claudio. Matías Fernández tenía razón. Es mucha casualidad que el perpetrador solo se llevara la computadora, sabía que la evidencia estaba ahí.

―Podría haber borrado los correos y listo.

―No es tan simple, un policía de la parte forense me explicó que esos correos quedan guardados en una base de datos, es decir que, el asesino sabía muy bien lo que hacía y sabia además que la computadora era la única evidencia que nos podía conducir directamente a él. ―Cornejo suspiró lentamente y dijo: ―no son ni las diez de la mañana y ya estoy agotado.

Escena dos.

―Hoy vienen el padre y el hermano de Clarisa. Su papá está afuera, llegó hace cinco minutos.

―Hacelo pasar, después seguimos con las cartas. Indagué un poco en el pasado de este hombre y es muy triste. Voy a intentar no llevarlo al extremo como a Fernández.

Estrada asintió y el eco del oficial pronunciando el nombre de José Luis Olivera rompió el silencio en el recinto. El hombre, de solo cincuenta y cuatro años, tenía un aspecto más envejecido que el de Cornejo, a pesar de que éste era diez años más joven.

El cuerpo de José Luis Olivera se movía como si en su espalda cargara una enorme piedra. La imagen le recordó a Cornejo el castigo que le impusieron a Atlas en el monte Olimpo.

El hombre se sentó inclinándose en un ángulo casi imposible, se acomodó en la silla y se movió hacia adelante, colocando la mayor parte de su peso sobre la mesa. Estrada pensó que Olivera estaba exagerando.

―¿Se encuentra bien? ―preguntó Cornejo.

―Sí, y por favor ―respondió Olivera de forma monótona y casi inaudible―. Tutéeme, usted es mayor que yo, aunque no lo parezca.

―Está bien, José ―respondió Cornejo sonriendo―. Discúlpame, son formalidades del oficio.

Olivera blanqueó los ojos denotando así el cansancio mental y físico del que había sido víctima a lo largo de los años.

―¿Qué relación tenías con Clarisa?

―Era poca y casi nula. Ella me odia por lo que pasó con su madre.

Cornejo notó como él se refirió a su hija como si todavía estuviese con vida. Observó al hombre con pena y éste pareció entender lo que el inspector había pensado. Entonces, José Luis tomó aire, reprimió un poco la depresión que su sumía y elevó más el tono de su voz.

―Que estúpido, ella ya no está. Me odiaba ―corrigió, volviendo el ambiente tenso e incómodo.

―Lo que queremos, señor ―sentenció Estrada desviando la importancia del ultimo cometario―. Es reconstruir las últimas horas y lo que pudo haber pasado. Sabemos, por el informe forense que, se trató de un asesino con alevosía, probablemente por de índole pasional. Ya que se sabe que su hija no tenía problemas con las drogas o con dinero, solo sabemos que tenía más de un amante. Su novio declaró ayer y nos comentó está teoría, además de que nos dejó unos correos electrónicos en los que él dice que hay una amenaza.

¿Usted sabe quién pudiera querer hacerle daño?

―Sí, me imagino quien puede ser. ―La voz de José se perdía entorno a sus dientes. La capacidad del hombre estaba tan reducida que se le hacía imposible hablar―. Ella salía con otro tipo, un tal Laiseca de apellido, yo lo conocía, el tipo es un borracho y un tirado.

Cornejo se sonrojó un poco y aclaró la garganta por la semejanza con su vida―. Decime, José, ¿por qué la relación padre e hija era mala?

―Cuando eran chicos, ella y su hermano, se portaban mal. Y yo los castigaba con mano dura, viste como era antes, en el tiempo de nuestros viejos. Nos hacían re cagar y los acompañábamos toda la vida. A ellos los insultas un poco o decidís separarte de una relación de mierda y te crucifican de por vida.

―Sí, se a lo que se refiere ―agregó el inspector, recordando su mala relación con su ex pareja y con su hijo―. Le voy a ser sincero, se algo de lo que le pasó en el pasado y no quiero hacer mella en eso porque sería como meter el dedo en la llaga.

―No, está bien, yo lo tengo re asumido. ¿Esto le sirve para la investigación?

―No es muy importante, pero ayuda para aclarar un poco el entorno familiar y entablar móvil, si es qué lo hay.

Olivera tomó aire por décima vez en la conversación y se preparó para comenzar a contarles su triste y funesto pasado…

Continuará…