Memorias del gordero virgo

  •  
  •  
  •  
  • 98
  •  
  •  
    98
    Shares

Esta es la historia de Luis, un pibe de 19 años, recién egresado de la escuela técnica, y con una afinidad insana por los videojuegos, lo que hacía que el contacto humano con el sexo opuesto fuese prácticamente nulo.

Una tarde, como todas, mientras disfrutaba de una partida durísima de Fortnite en la cual solo quedaban 6 participantes de 100, decidió, como todo jugador falto de códigos, esconderse y “campear” un rato. El rato se prolongó, de manera tal que se tomó una media tarde de campeones: Manaos de uva y unas Pitusas, como Dios manda. Cuando ya solo quedaban 3 participantes y él disfrutaba de ese brebaje cósmico, en un descuido, la madre golpeó con la aspiradora el enchufe del router y chau, la decepción, sin internet… a cantarle a Gardel.

Luis no ocultó su enojo, maldijo a su madre a los gritos, tiró la Manaos al piso (provocando daños irremediables a las baldosas) y estroló las Pitusas contra la pantalla. Obviamente, la señora no se quedó en el molde, berrinche, chancletazo, y castigo. Sin Play hasta nuevo aviso.

El mundo se le vino abajo, se dijo a sí mismo “¿qué hago ahora?, este celu es una poronga para viciar, así que bueno, tendré que intentar relacionarme con seres humanos”.

Luis tenía un fetiche, denominado “anastimafilia”, en criollo, obsesión por señoritas voluptuosas. No había actriz porno mayor a 100 kg que él no conociera con nombre y apellido. Cansado de masajear la rata, ya con 19 años, decidió intentar salir de su prolongada virginidad. Cerró la pestaña incógnita del Chrome de Xvideos, fue al Play Store y se instaló Tinder, selfie de por medio, registro, y listo, ¡estamos en el ruedo!

Como todo gamer, consiguió un cheat (truco) para que la aplicación “desbloquee” los filtros ocultos, y en los “ajustes de descubrimiento” colocó:

  • Mostrarme: Mujeres.
  • Edad: entre 18 y 25.
  • Distancia de búsqueda: radio de 5 km (andaba en bici/bondi).

//Filtros cheateados//

  • Altura: de 1,5 m a 1,7 m.
  • Peso: 85 a 120 kg.
  • Color de piel: indistinto.
  • Tipo de encuentro: casual.

La búsqueda solo arrojó unos pocos resultados, de todas, solo una, Virginia, llamó poderosamente su atención. Foto desde muy arriba, probablemente utilizando un palo selfie de 3 metros en un ángulo vergonzosamente satisfactorio para la captura, pelo rubio, tez blanca rozagante y mejillas rojizas, le dio al icono del corazón y se sentó a esperar respuesta.

Al cabo de unos minutos hubo “match”, la felicidad fue total, acompañada de un tremendo temor por ser su primera vez, así que agarró el celular y empezó la aventura.

Primer Paso: El chat

Fácil, concretar la cita vía Instagram, no hubo dramas, por suerte chateando somos todos una mezcla de Borges y Brad Pitt con los atributos de Luciano Castro.

Virginia era tremendamente simpática, 23 años y, dándose cuenta de que trataba con un pibe adolescente, accedió a una salida “económica” en la alameda tipo 7 de la tarde, un jueves.

Segundo paso: El encuentro

Luis, muy delgado y alto, se puso el perfume que tenía desde los 12 años: Paco. Medio rancio, pero tapaba el hedor que emanaba por su nerviosismo, sus mejores zapatillas, unas Fila deportivas que jamás se usaron para hacer actividad física, jeans dos talles más grandes de lo que corresponde, así la madre ahorraba en ropa, una remera del Minecraft y la camisa a cuadrillé desprendida.

Salió puntual, a paso acelerado, hacia la parada del micro. Llevaba en su billetera 200 pesos que había robado de la cartera de su mamá, un preservativo que lo tomó del cajón de medias del padre y el celular con la batería al 99%.

Al fin en el colectivo, sentado en el último asiento, empezó a maquinar lo que todos, pero a la inversa, “¿y si es una flaca y me la hizo con la foto? ¿Y si la alameda es demasiado careta? ¿El perfume será demasiado?” Varios interrogantes surgieron en el viaje, hasta que llegó a destino, caminó dos cuadras y ahí estaba ella, en el lugar que habían acordado, sentada en el flamante Manso Pancho, abajo de una sombrilla atestada de caca de paloma.

La reacción de Luis fue inmediata, por su cabeza pasaron mil cosas, Virginia había mentido en absolutamente todo en su perfil, en vez de rubia era morocha, de tez trigueña, petisa de metro y medio como mucho y la mentira más evidente era su peso: había colocado 85 kg, a ojo de buen cubero esa muchacha sobrepasaba los 120 kg. Volviendo a la reacción de Luis, y contra cualquier pronóstico, fue un flechazo, amor a primera vista, no podía emitir sonidos, estaba encandilado de tanta belleza, quedó atónito, petrificado. Era su gordita hermosa.

Ella se dio cuenta del nerviosismo del joven e intentó trabajosamente pararse y saludarlo, la silla se levantó junto con ella y con dos golpecitos con el codo la dejó en el suelo como corresponde. Se dirigió a Luis, le dio un abrazo y un beso en la mejilla, lo tomó del brazo, y mientras lo charlaba, se dirigieron a pedir la comida. Mientras esperaban haciendo la fila, Virginia habló de todo, esto tranquilizó a Luis. Empezaron a entablar una conexión y los nervios se fueron diluyendo.

Tercer Paso: La cita

Increíblemente ella nunca había comido un pancho en ese tipo de lugares, así que era todo nuevo, y al momento de realizar el pedido, Virginia le preguntó al vendedor —¿Cuántas salsas le puedo poner al pancho?

El joven que atendía tenía la cara colmada de piercings blancos, parecía que había estado jugando con tergopol. Respondió concreto — Las que quieras.

La cara de felicidad de Virginia fue inexplicable, era como si la respuesta se la hubiera susurrado al oído George Clooney. Exaltada pidió tres panchos con coca y le dijo —¡Ponele TODO!

El muchacho replicó atónito — ¿Con papas?

— ¡POR SUPUESTO! — casi gritó Virgi.

Luis hizo su humilde pedido… un panchito con Fanta, sin papas ni salsa y se fueron a sentar. Gracias al cielo para él, Virginia era habladora y carismática, lo que hacía el trabajo de Luis más sencillo. Ya entrados en confianza, terminaron los panchos cuando se hacía de noche y pidieron un par de cervezas. Dato curioso: él nunca había tomado alcohol, por lo que una simple cerveza lo desestabilizó completamente y quedó a merced de la susodicha.

Terminadas las cervezas, la charla calentaba motores. Las manos de Virgi circulaban las piernas esqueléticas de Luis, lo que provocaba una erección imposible de disimular, tampoco lo intentaba por su borrachera. Entonces, por fin, lo propuso… ella tomó la posta y le dijo — ¿vamos a mi casa? Vivo con una amiga a un par de cuadras, pero está de viaje.

— Si, vamos — dijo él, entregado.

Cuarto paso: La intimidad

Abrazados, llegaron a la casa. Ella tomó la iniciativa y se lo devoró de un beso, lo levantó como un muñeco de trapo y lo tiró al sillón, se le subió encima y el sillón lamentablemente cedió, las patas no aguantaron y se reventaron, lo que hizo que la velada prosiguiera en la cama.

Ella lo desvistió completamente y le dio tremendo sexo oral, la borrachera lo ayudó a no terminar. Durante la felatio le quitaba sus enormes ropas a Virginia. Cuando la excitación fue máxima, ella se recostó completamente desnuda en la cama y lo invitó a completar el acto. Todo lo bueno que aportó la borrachera hasta ese momento se terminó en ese instante. Luis contemplaba a la trigueña mujer recostada, ocupando la inmensidad de un colchón tamaño King completamente desnuda y, medio mareado, se preguntó a sí mismo ante tal escenario “¿Por dónde?” —¿No es lo que todos nos preguntamos?—.

Ávido consumidor de porno, pensó, “bueno la saliva siempre ayuda”, entonces se puso en posición de practicar un dudoso sexo oral y empezó a escupir de manera exagerada y ordinaria, pensando “bueno, donde salgan burbujas la meto”, como si le buscara la pinchadura a la bicicleta. Ante el nerviosismo de tan denigrante situación, avistó algo de formación espumante y decidió penetrar. Luis en la gloria, después de los 20 segundos más apasionantes de su vida, acabó, logrando así el mayor orgasmo de su vida, una eyaculación infinita, se olvidó en ese momento del Fortnite, del PUBG, de la Manaos de uva, de su madre… de todo. Entonces en ese momento, se acordó y exclamó:

— ¡¡¡EL PRESERVATIVO!!! ¡NO ME LO PUSE!

A lo que ella respondió con voz muy calma — Tranquilo, me garchaste el pupo…

TAGS: