A la ciudad y al mundo | Final

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Capítulo setenta y tres

Era miércoles, quince minutos después del mediodía. Si no lo hacía ahora no lo haría nunca. Tenía que reconocer que era una bendición que Amelia durmiera como si estuviera en trance. Las llaves que le había robado la noche anterior, eran muchas, más de diez. No pudo evitar ponerse celosa. Su cuñada tenía acceso a más de diez puertas que ella, la hermana del Sumo Pontífice, desconocía. Probó una y nada, dos y nada, tres y nada. No fue hasta la séptima que la llave giró dentro de la cerradura. Está vez cerró desde adentro. Fue derecho hacía la computadora. La encendió y en unos instantes la pantalla le solicitó una contraseña. Intentó con Santo Padre, fue denegada. La segunda clave fue Santidad.

—La tercera es la vencida —dijo en voz alta y tecleó:

SAMPIETRO

El monitor se oscureció un momento hasta que apareció una frase:

HOLA SIMÓN.

Natalia sonrió ante una prueba más del humor inteligente que siempre manejaba Rafael. Simón Sampietro, no era otro que Pedro, el pescador.

Los Evangelios nos dicen que el principal discípulo de Jesucristo y según la tradición, primer Obispo de Roma y primer Papa, nació con el nombre de Simón. El nombre Pedro, que en griego significa piedra, hace referencia a que Cristo eligió a Simón para ser la piedra fundamental de su Iglesia.

En los archivos la mujer encontró detallados informes en relación con cada una de las organizaciones criminales alrededor del mundo y la operación Urbi et orbi. Supo que los pagos depositados, superaban con creces las cifras que ella manejaba. También encontró una dirección de un sitio web y una serie de números. Sin dudas se trataba de la clave.

Ingresó a la pagina y de inmediato marcó los dígitos, ocho en total. Lo que vio y lo que leyó, la llevaron a cambiar la formula básica de su producto y los siguientes embarques que salieron de la Ciudad Amurallada pusieron en movimiento su venganza.

Jesús Domínguez la miraba con verdadero amor en los ojos. No perdía las esperanzas de conquistarla. Tenía todavía una hora más para disfrutar de su compañía. Estaban en uno de los cafés dentro del Aeropuerto Internacional Benito Juárez. Tomaban cerveza acompañada por papas fritas, aceitunas y maní.

— Quédate tranquila —declaró—.  Mis hombres ya se hicieron cargo de tu problema.

—Te lo agradezco mucho —respondió Natalia y le acarició las manos que tenía sobre la mesa—. Necesito pedirte un último favor.

— Lo que quieras.

—Estoy precisando un arma. Una que no sea detectada, para embarcar.

— ¡Un arma! ¿Para qué quieres un arma? Y de esas características.

—No puedo contestarte esa pregunta ahora. Pero pronto vas a saber de mí y te prometo que te recompensaré por todo.

Capítulo setenta y cuatro

Cuando la hermana de Rafael Ferrara llegó a Mendoza. Abordó el primer taxi de la fila que esperaba captar pasajeros a la salida del aeropuerto. La mujer que lo conducía, una jovencita de cara ovalada y cabello castaño claro que usaba muy corto, con unos anteojos de sol pasados de moda, esperó a que Natalia acomodara la valija, no demasiado grande, en el asiento de atrás y se ubicara al lado del equipaje. Ya en la puerta del Park Hyatt Mendoza, le entregó un bolso pequeño, de un material que de lejos parecía cuero negro, que contenía una pistola Taurus de 6.35 milímetros y un silenciador de fabricación casera, especialmente adaptado para el arma.

—Jesús le desea suerte. —Fue lo único que dijo la mujer.

—Por favor, dígale que le quedo muy agradecida y que tendrá noticias pronto.

Natalia Ferrara entró al hotel de cinco estrellas que mira a la Plaza Independencia y se registró a nombre de Michelena Fonseca, una mendocina que volvía a casa luego de muchos años de estar lejos.

—Para ¿Qué hacés?

—Yo te amaba —dijo—. Pero parece que nunca entendiste nada y lo peor es que a mi lado lo hubieras tenido todo.

—Te desconozco, mi amor ¿Qué fue lo que pasó?

—Me traicionaste. Paráte imbécil y ojo con lo que hacés porque te mato acá nomás.

Carlo caminó seguido por Natalia. A los pocos pasos lanzó un grito desde el fondo del alma. Se había tropezado con un cuerpo.

Amelia yacía con un cuchillo en el medio del pecho. La hermana de Rafael, lo había robado del hotel.

El silenciador repitió su eficacia y Carlo murió.

El colectivo era seguido de cerca por la camioneta negra. Sus ocupantes habían recibido expresas órdenes de no intervenir. El ómnibus había completado el ochenta por ciento de su recorrido, estaba prácticamente desierto. Los enemigos se miraban, se medían y permanecían atentos para dar primero el siguiente paso. El vehículo llegó a la esquina de San Martín y Corrientes. Giró a la derecha y comenzó a transitar la calle Corrientes en dirección a la costanera.

Cuando sólo restaban dos cuadras para alcanzar el zanjón, lo que los mendocinos llaman: canal Cacique Guaymallén, bajó una señora con un bebé en brazos y dejó solos a Ferrara, Rodríguez y el conductor. Debido al incesante calor, el hombre a cargo del volante abrió ambas puertas del colectivo.

Al llegar a Corrientes y la Costanera, la luz roja obligó al conductor a pisar el freno. Ferrara no dudó y saltó del vehículo por la puerta trasera. Sebastián Rodríguez lo siguió.

—Este tipo o está loco o es medio boludo —declaró el chofer, sabiendo que no había nadie para escucharlo.

Los dos hombres corrían por la orilla del zanjón que separa los departamentos de Capital y Guaymallén. Todavía del lado de Capital.

—Paráte ahí, porque te quemo —gritó Rodríguez.

Ferrara se dio por vencido. No estaba armado y ya había visto a los Monjes Negros.

—Está bien, ganaste…, ganaste.

—Caminá para acá, muy despacio.

Rodríguez indicó con un gesto a los ocupantes de la camioneta que no debían moverse.

—¿Y ahora, qué? —preguntó Ferrara.

—Contestáme unas preguntas.

—Las que quieras.

—¿Por qué lo hiciste?

—Ya te lo había dicho antes. Por la guita, por el puto poder.

Rodríguez perdió la calma.

—Sos el peor de los hijos de puta. Te cagaste en el mundo entero. Nos traicionaste a todos.

—No entiendo por qué estás tan furioso. Vos y yo no somos del todo distintos.

El jesuita había bajado el arma. Desde lejos daban la impresión de ser dos viejos amigos que se encontraron de casualidad y que tenían mucho para charlar.

Ferrara agregó:

—Puedo ser todo lo que vos quieras. Pero me tenés que reconocer que no me fue del todo mal en estos años.

— Según como se lo mire —Le siguió el juego Rodríguez.

—La charla se empieza a poner linda. Pero me deben estar buscando y además se me acaba el tiempo.

—Que no te busquen más —sentenció el veterano espía—. El tiempo ya se te acabó.

Rafael Ferrara levantó la mano, hizo la señal de la cruz y pronunció las palabras de absolución.

—Yo te absuelvo de tus pecados, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo. Amén.

El disparo lo hizo arrodillarse sobre el cemento. Le sangraba la pierna derecha.

—Este es por mi gente —Rodríguez tiró del gatillo otra vez y el proyectil impactó en el lado derecho del pecho. —Está es por mi y por todo en lo que he creído desde siempre.

El tercer trozo de plomo le dejó un cráter rojo en medio de la frente. El cuerpo del Papa Tranquilo cayó hacia atrás despojado de vida.

El espía se aproximó y al comprobar que Ferrara conservaba en su dedo el anillo del pescador, se agachó junto al cuerpo y arrancó el símbolo del poder que la Iglesia de Roma le otorga a un hombre desde hace tantos siglos. Lo dejó en el suelo y luego de contemplarlo por unos segundos lo aplastó con la culata de la Beretta.

Todo había terminado. La Ford Transit negra se adelantó. Los cuatro hombres bajaron y pusieron manos a la obra. Estaban encargados de la limpieza. Rodríguez y sus operativos no intercambiaron palabra.

El cuerpo inerte fue arrojado dentro del furgón. Las vainas se recogieron y la sangre se lavó del cemento.

El equipo de limpieza había actuado con la precisión que le era habitual. El que parecía ser el líder, miró a Sebastián Rodríguez y después pronunció la tradicional frase de su unidad:

—La vida sigue.

— Sí, la vida sigue —respondió el argentino.

Rodríguez se guardó el deformado metal en el bolsillo externo del saco y comenzó a caminar. Se detuvo algunos pasos más adelante, debajo de un farol que derramaba una luz muy fuerte, después de una breve meditación, encendió un cigarrillo. Acababa de decidir que volvía a fumar. La furgoneta pasó a su lado. Creyó ver en el auto que la siguió unos segundos más tarde a una mujer morocha, muy morocha. Le pareció que el conductor era un hombre pelirrojo. Pero no, no podía ser, se dijo, y siguió fumando.

FIN