La penumbra de la mente | Quinta Parte: pasado oscuro

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Escena tres

―Antes de empezar quisiera saber exactamente qué es lo que sabés de mi pasado ―preguntó Olivera denotando incomodidad.

―Que abandonó a su esposa y se llevó a sus hijos, aparentemente, porque ella estaba mal de la cabeza.

―Eso es sólo la mitad de la historia ―reflexionó con tristeza―. Voy a recordar ese maldito día una y otra vez hasta que muera ―Suspiró y, sin apartar la vista de sus temblorosas manos, comenzó a narrar su versión de los hechos:

Yo había salido de trabajar en la construcción y me acuerdo que la espalda me dolía más que nunca. Era pleno verano y el calor que hacía era insoportable, tanto que el capataz nos mandó a la casa con la condición de que al día siguiente arrancáramos tempano.

Me volví caminando para que el dolor en la cintura se calmara y por eso me demoré cinco minutos más en llegar. Creo que si me hubiese entretenido con mis amigos tomando una cerveza en ese momento, después me hubiese suicidado por la culpa.

―¿Por qué? ―inquirió Cornejo acercándose más para oír mejor, ya que la voz de José Luis se volvía cada vez más inaudible e ininteligible.

―Cuando llegué nadie me escuchó, supuse que estarían durmiendo la siesta, como es de costumbre. Yo sólo quería llegar y recostarme. Entonces pasó algo para lo que no hubiese estado preparado ni en un millón de años. Mi mujer estaba parada frente a la cama de mis dos hijos…; compartían la misma pieza ―acotó saliéndose un poco de la historia―. Ella sostenía un cuchillo de carnicero muy largo y afilado, y los miraba como si fuera a matarlos. Entonces me dijo: “José Luis, hemos fracasado como padres”. Yo sabía que ella oía voces y que a veces se perdía, pero nunca hasta ese extremo. Entonces le respondí: “¿De qué estás hablando?”. Recuerdo que el cuerpo me temblaba, no sabía qué pensar, se me querían cerrar los ojos y sentía como las rodillas se me debilitaban. Me di cuenta de que Dios me hizo volver antes ese día para salvar a mis hijos.

―¿Qué pasó entonces? ―interrumpió Cornejo sin poder terminar de creer lo que estaba oyendo.

―Ella me dijo: “Son pecadores, le han faltado el respeto a Dios”. Mi señora era muy creyente y solía alucinar con ángeles y cosas por el estilo. Después de ese punto no recuerdo muy bien, es como si todo se volviera oscuro, creo que cuando vivimos una situación de mierda, como esa, el cerebro bloquea lo que puede.

―Sí, es normal ―interrumpió Cornejo―, es un mecanismo de defensa.

―Sí, dejame terminar ―refutó Olivera aumentando la velocidad en la que hablaba para evitar que el recuerdo se esfumara en la maraña de pensamientos tóxicos que era su mente―. Entonces, en ese momento, mi hijo Ángel se despertó y me observó con la misma mirada que mi señora. No porque él también tuviese problemas ―argumentó mirando fijamente a los ojos al oficial―, sino porque tenía miedo. Entonces, creo que forcejeé con ella y nos caímos al suelo; saqué a mis hijos a la calle y un vecino que me vio gritando me auxilió. Llegó la policía y nos llevaron al hospital. Ella me cortó cerca de la columna y me daño un poco los nervios, por eso es que camino así.

―Ya veo ―dijo Cornejo tomándose el rostro, digiriendo lo surrealista de lo sucedido―, y con su esposa, ¿qué pasó?

―Cuando la policía entró vio que ella quiso cortarse las venas.

Cornejo frunció el ceño denotando cierta cara de asco. Le provocaba un poco de pudor la situación, ya que su estómago se había vuelto muy débil después del caso del noventa y dos.

―¿Murió? Digo… su esposa.

―No, se salvó, a pesar de que se ensartó el cuchillo en vertical entre los huesos de mano y lo arrastró cortando hasta llegar al codo. Después de eso ella volvió a La Paz a vivir con su mamá y yo me quedé con la custodia de los chicos. Hice lo mejor que pude, te lo juro, pero mis hijos me culpan por como manejé todo. Siempre me echan en cara que nunca la llevé al hospital Pereyra para que la trataran. Puede que tengan razón pero yo, sinceramente, no sabía qué hacer. ―Concluyó José Luis al borde del llanto―. Si sólo pudiera volver haría todo diferente, buscaría ayuda. Creo que no lo hice porque no sabía, o porque no creía que una enfermedad así existiera.

―Su esposa, ¿todavía vive?

―Sí ―respondió tocándose la nariz y desviando la mirada―, mis hijos suelen ir a verla. Después de lo que pasó, el estado se hizo cargo y ahora está controlada. Yo nunca pude volver a verla por la vergüenza que me causa haberla descuidado tanto.

Cornejo sintió como el nudo que yacía en su estómago subía y se instalaba en su garganta. Necesitaba más que nunca un trago. La similitud con su vida era evidente, aunque no a tal extremo.

―Bueno, José Luis ―apresuró la conversación para terminar el interrogatorio cuanto antes―, eso es todo lo que quería saber. Cuando su yerno vino nos dijo y, siento decírselo, que su hija tenía muchos amantes.

―Lo sé, siempre peleaba con ella por ese motivo, pero no me hacía caso. Es más, me decía que la aconsejara cuando mi vida fuera un ejemplo. ―Tras estas palabras el ex inspector sintió que el nudo se hacía cada vez más grande.

―¿Cree que algún amante pudo haberla matado?

―Y… se iba a casar dentro de poco, ella tenía esa chispa de alegría que hacía que todos se enamoraran de ella. No se me hace difícil creer que alguno no la quisiera perder. Hay un tipo, de apellido Laiseca, y una compañera de trabajo que salía con ella.

―¡¿Cómo?!

―Sí, mi hija también gustaba de mujeres. Le tenía miedo a esta chica porque me dijo que la acosaba. Probó y no le gustó, pero se ve que la otra chica no lo entendió.

―¿Recuerda el nombre?

―Carla Aliotta.

Cornejo anotó el nombre en el margen del expediente y siguió con el dialogo.

―Mire, en el expediente dice que robaron la computadora y que los vecinos vieron entrar a alguien, aparentemente un hombre, de la altura de su hija; y que, alrededor de las tres de la mañana, se oyó una discusión, pero como era común oír gritos en el departamento, nadie llamó a la policía. Es difícil de corroborar, porque era de noche, pero es lo mejor que tenemos. Creemos que esa persona envió unos correos amenazando, además sabemos que el horario en el que ingresó fue un par de horas antes del crimen.

―También falta la parte de abajo de mi hija, ¿no? ―respondió José Luis, ignorando completamente los hechos que eran de mayor relevancia para la investigación.

―¿Cómo sabe?

―Fui a reconocerla a la morgue.

―Bueno ―dijo Cornejo intentando cortar el diálogo, ya se sentía muy incómodo por el reflejo de si propia vida y por ver como ese pobre hombre luchaba para oprimir el llanto que lo atacaba sin piedad―. Si recuerda otra cosa, José Luis, llámeme.

El hombre sólo asintió, ya que si se tomaba el atrevimiento de hablar se quebraría con la misma facilidad que una rama delgada después de sufrir el castigo de una helada.

Continuará…