La penumbra de la mente | Sexta Parte: Un Muchacho Peculiar

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“Uno no quiere creer que detrás de una sonrisa bondadosa se esconde lo inconcebible”.
Víctor del Árbol.

Entonces lo supo, ya era definitivo. Entró en la residencia y se quedó inmediatamente sin oxígeno en la sangre al ver un acto tan repulsivo.

Escena uno

El oficial Estrada y el inspector Cornejo se quedaron pasmados y sin palabras cuando José Luis Olivera se marchó. La vida de aquel hombre resultaba tan surrealista que la misma parecía sacada de un cuento de terror de CliveBarker. Cornejo no hacía más que lamentarse por la vida de aquel hombre y, al mismo tiempo, sentir pena de sí mismo por no poder descifrar las cartas; y por no poder encontrar un panorama claro del desmembrador de Clarisa.

―¿Qué opinas? ―preguntó Cornejo observando un punto en la pared denotando un aire ausente que demarcaba la senilidad que pronto lo avasallaría.

―No sé ―suspiró―. No creo que sea el asesino, pero no quiero descartarlo todavía, ¿no le parece?

―¿Por qué mataría a su hija?

―Hay gente muy de mierda, señor. Esa es versión oficial, lo que él contó, pero los vecinos dicen cosas…

―Chusmerío barato ―refutó Cornejo sonriendo.

―No lo sé, yo no me fio de lo que él dice o de lo que los vecinos dicen, pero cuando el río suena es porque agua trae. Nadie lo considera trigo limpio.

Cornejo miró a su colega fríamente, casi desafiándolo y dijo:

―Que pase Ángel Olivera.

Escena dos

El joven, fornido pero de baja estatura, ingresó a la sala de interrogatorios con un aire petulante y soberbio. El muchacho caminaba con una postura muy firme, claramente lograda después de muchísimas horas de gimnasio. Asimismo, llevaba una musculosa blanca, a pesar del frió y de que la lluvia no había cesado después de tres días.

“Si este nos agarra, nos golpea a los dos”, pensó Cornejo sintiéndose un poco reprimido, ya que la apariencia del joven lo intimidaba. Por otra parte, Estrada adquirió una postura más erecta y cruzó los brazos debajo de sus hombros para agregar unos cuantos centímetros más a su espalda.

―Siéntese ―ordenó Cornejo, intentando dejar en claro su autoridad frente al muchacho que ni se inmutó cuando oyó la voz del ex inspector―. Muy bien, este interrogatorio busca encontrar una pista o indicio que nos lleve a encontrar al asesino de su hermana.

―¡Qué tragicomedia! ¿No lo cree?

―¿Comedia? ―dijo Cornejo enarcando las cejas por la confusión.

―Sí, que mi hermana haya muerto y que llamen a un inspector retirado para poder devanar el misterio. Esto parece una mala obra de Agatha Cristy, ¿no le parece?

―No estoy familiarizado con lo que dice.

Ángel sonrió demostrando una mueca macabra y burlesca.

―Disculpe mis modales, inspector; y permítame presentarme, es menester para mí estrechar la mano de una persona cuando la veo por primera vez en mi vida. No sé si usted lo sabe, pero existe un antiguo proverbio chino, que yo adquirí como dogma ―abrió sus ojos acentuando aún más la mueca ilustrada en su rostro―, el cual dice que: uno conoce mejor a las personas y las relaciones son más sanas y duraderas después de estrecharse las manos ―Cornejo seguía estupefacto, sin poder entender todas las palabras del glosario de Ángel.

―Está bien ―dijo y le estrechó la mano.

El tacto frío del muchacho lo estremeció, el clima era por demás gélido en esos días; sin embargo, él no llevaba ningún tipo de abrigo. Percibió, además, que los ojos del hombre lo penetraban y lo miraba de forma amenazante. Sintió un poco de miedo e intentó zafarse del saludo, sin embargo, Ángel siguió apretando unos segundos más en completa seriedad.

―Es un gusto conocerlo, Inspector Cornejo.

―Ex inspector.

―Ex inspector pero, le repito, usted debe de ser un genio en su profesión ya que le piden consulta luego de su retiro.

―Sí, disculpe que me apresure, pero el tiempo es oro y afuera hay un asesino que está en libertad. ¿Qué tanto conocía el entorno de su hermana?

―Más que nadie diría yo; después de todo, somos hermanos gemelos.

―No lo sabía ―afirmó Cornejo.

―¡Qué extraño! No puede ser que la policía carezca de un dato tan básico como la relación fraternal con mi hermanita. Pero bueno, al menos realizan su mayor esfuerzo y pienso que ya deben de estar cerca de dilucidar quién fue el bastardo que tomó la vida de mi hermana.

―En realidad no, Ángel, estamos un poco estancados.

―Está bien, pregúnteme, le seré lo más útil que pueda y más.

―¿Cuántos amantes tenía su hermana?, sabemos que tenía más de uno y, como el crimen parece de índole pasional, es posible que la hayan matado por celos.

―Qué despilfarro de humanidad, ¿no lo cree, Cornejo? Cómo se puede matar a alguien por querer terminar una relación. Esto me llena de rabia e impotencia ―El joven se rascó la barbilla perdiéndose unos segundos, aparentemente, intentando responder la pregunta que él mismo había establecido―. Sí, efectivamente ―continuó―, mi hermana tenía varios amantes y todos la amenazaban. Ella tenía un carisma único y encantador, de ese que te envuelve y te atrapa. Entre ellos estaban: Matías Fernández, su prometido; Carla Aliotta, una compañera de trabajo con un pasado un tanto turbulento; y Claudio Laiseca, un hombre mayor, calculo que alcohólico. Todos, desde mi perspectiva, me parecen sospechosos.

―¿Por qué piensa eso?

―En el caso de Matías descubrió la infidelidad, dígame entonces: ¿Cuántos casos hay de hombres que matan a sus parejas cuando los descubren? Me imagino que debe ser un número muy alto. Laiseca, por otro lado, un pasado violento, tenía una orden de restricción con respecto a su ex esposa por golpes; y la señorita Aliotta, tiene un pasado por demás macabro. Ella mató a un hombre y estuvo encerrada en un asilo mental casi toda su adolescencia, además de que sé que la amenazaba constantemente.

―¿Cómo la amenazaba?

―Solía enviarle cartas y llamarla por teléfono.

―¿Enviaba correos electrónico? ―preguntó Estrada interrumpiendo el interrogatorio. Ipso facto Cornejo giró de su silla y lo fulminó con la mirada. Estrada retrocedió un poco y volvió a asumir su postura.

Ángel lo miró por unos segundos con escepticismo y agrego sonriendo.

―Supongo que sí, después de todo, ¿qué joven menor de treinta no sabe hoy en día enviar un correo electrónico?

―¿Alguien más de quién sospeche? ―preguntó Cornejo simulando anotar algo.

―Mi padre, obviamente.

―¿Su padre?

―Sí, lo vi antes de llegar, ¿qué les dijo, que nos salvó de morir?

―Más o menos.

―Déjeme decirle que es todo mentira. No sé qué le habrá contado, pero la verdad es que él nos violaba a mí y a mí hermana, y mi mamá no nos defendía. Es más, a veces hasta observaba. Eso la llevó a la locura y a intentar quitarse la vida.

Continuará…

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