Epidemia | Primera parte

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Intenté varias explicaciones. Que yo tenga la famosa peste. Sus efectos en la imaginación: la gente, la música, faustine. En el cuerpo: tal vez lesiones horribles, signos de la muerte, que los efectos anteriores no me dejan ver.
“La invención de Morel” Adolfo Bioy Casares

Capítulo 1: Pánico en Luzuriaga

No podía creer lo que había pasado.

Todo comenzó una noche. Hacía calor, mucho; habían mosquitos, muchos. Creo que la mayoría de la gente no podía dormir, empapados en sudor, con los ventiladores funcionando a todo lo que da.

Primero se escuchó un zumbido que fue subiendo de volumen, hasta convertirse en una especie de rugido. Todo esto fue acompañado por un bólido que se acercaba desde el firmamento hasta la tierra hasta estallar con un bramido y una esfera de fuego que iluminó a todos los barrios de la zona. Al parecer había caído en la Estación Luzuriaga del Metrotranvía, destrozando el lugar, sólo con daños materiales.

Como no podía ser de otra manera la gente comenzó a desplazarse hacia el lugar, para ver lo que había ocurrido. Una multitud se juntó en el sitio y observaron con sorpresa un pequeño cráter humeante. En el interior de éste había una roca del tamaño del puño de una persona, que emitía un leve zumbido.

Un par de avezados se animaron a acercarse, e intentaron levantar a la piedra tornasolada. Los gritos que profirieron fueron desgarradores. Los dos cayeron al piso, entre convulsiones y gritos de dolor. Eran Don Rojas y el Turco, el primero un conocido verdulero de la zona y el segundo uno de los tantos borrachines del lugar. Nadie se animó a auxiliarlos. Desde donde yo estaba se podía ver a los dos hombres retorciéndose en el suelo, con movimientos espasmódicos antinaturales que hacían parecer que sus cuerpos estaban a punto de desmembrarse en cualquier momento.

Ante la mirada atónita de los concurrentes, ocurrió algo que excedía todo lo posible. Las lenguas de los dos afectados salieron de sus bocas, creciendo de una manera desproporcionada, convirtiéndose en unos enormes tentáculos de un tono verdoso. Éstos tomaron un largo de unos tres metros.

Don Rojas y el Turco se levantaron y comenzaron a caminar como marionetas, mientras sus nuevas extremidades se movían hacia todos lados, funcionando como látigos que iban decapitando a las personas que estaban cerca. Caminaban como autómatas, con los ojos inyectados en sangre, sin vida, con las pupilas totalmente dilatadas. Al parecer tenían los huesos de la cara rotos, porque el grosor de la lengua descomunal superaba al tamaño de sus bocas. Emitían un leve gruñido, continuo, que no se detenía. No respondían a sus nombres, es más, parecían no escuchar ni razonar, solamente avanzaban, usando sus lenguas para matar a los que los rodeaban. Como si portasen un látigo, hacían chasquear los tentáculos a diestra y siniestra.

Se armó una desbandada general, la gente se atropellaba para escapar. El desconcierto era generalizado. Algunos efectivos de la policía abrieron fuego contra los dos atacantes, pero los disparos fueron infructuosos. Por más que las fuerzas del orden vaciaron los cargadores en los cuerpos de Don Rojas y el Turco, estos siguieron matando a las personas que tenían cerca del radio de acción de sus tentáculos.

Corrí, corrí varias cuadras; el corazón  me estaba por explotar por el esfuerzo desacostumbrado, pero no podía hacer otra cosa que alejarme. Por todas partes veía a personas tiradas en el piso, convulsionando, gritando al tiempo que sus lenguas se transformaban en largos y gruesos apéndices.

Tuve que detenerme para descansar, estaba totalmente ahogado. Me aferré como pude a un árbol. Entonces la noche se llenó de luces, no tardé en darme cuenta de que eran helicópteros negros. También aparecieron por el carril Sarmiento varios camiones militares, repletos de soldados uniformados con trajes para la guerra química.

Como pude llegué a mi casa y cerré todo, me quedé en la oscuridad tratando de no respirar, de no hacer ningún ruido que delatara mi presencia. Se sentían gritos y disparos, además de otro ruido, el siseo de los latigazos. No me costó identificarlo, era el que producían los tentáculos de los nuevos contagiados.

Los días pasaron y yo no salí de mi casa, las cosas parecían haberse calmado, pero algo me decía que esa tranquilidad era fingida, que lo peor estaba por llegar. Batallones enteros de fuerzas militares patrullaban las calles de Luzuriaga, los escuché hablar entre ellos y lo hacían en inglés. Eran parte de un ejército foráneo, seguramente de Estados Unidos. ¿Cómo hicieron para llegar tan rápido?, ¿qué tenían que ver con lo que estaba pasando? La radio y la TV no daban muchas noticias sobre lo sucedido. Se cortó la electricidad en la zona y quedamos en la nada misma.

Los soldados pasaron casa por casa, dejaban provisiones y un médico examinaba a los integrantes de la familia. Cuando pasaron por mi hogar intenté averiguar qué estaba pasando y cuándo y cómo terminaría todo eso. El oficial que estaba a cargo, un tipo grandote,al que se le adivinaban unos profundos ojos azules detrás de la máscara antigás que usaba, me contestó con su voz gutural y sentenciosa una única  y lapidaria palabra: Cuarentena. Al decirlo blandió su fusil ametralladora y me puso el cañón del arma amenazadoramente en mi pecho.

Lo único que podía hacer era esperar, me sentaba frente a la ventana de la cocina, con las cortinas cerradas, escudriñando lo que pasaba en la calle. Estaba en silencio mirando la cuadra vacía. Cada tanto había una escaramuza entre los contagiados y los soldados. Éstos usaban  granadas contra los primeros, la única arma que parecía tener efecto sobre los otros. Explotaban dejando un charco de sangre y miembros humanos desperdigados. Los militares guardaban los tentáculos laxos en contenedores de metal con sumo cuidado y los subían a los camiones. Los daños colaterales de estos estallidos eran enormes, casas enteras eran destruidas, pero parecía no importarle a los soldados.

La cuarta noche, mientras intentaba dormir, escuché nuevamente ruidos de batalla. Los sonidos de las detonaciones eran atronadores. Entre el caos alcancé a oír la voz de mi vecino, Don Raúl, gritando que los lengudos estaban derrotando a los militares. Miré entre las cortinas y vi bajo la luz de la luna a una multitud de los contaminados luchando con sus tentáculos contra los soldados. Estos últimos estaban siendo claramente derrotados por una horda de lengudos, eran más de quinientos contra un puñado de soldados, que a pesar de ser profesionales se veían avasallados por la superioridad numéricas de sus enemigos. Los militares lanzaban granadas y disparaban sus fusiles sin pausa, pero los lengudos cada vez eran más..

Sopesé la situación, en cuestión de momentos llegaría la pelea a las puertas de mi hogar y estaría a merced de los efectos del combate. Tomé las provisiones que tenía y algunas otras cosas y me aventuré a la calle…

Fin de la primera parte