La garganta del Diablo

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Nunca fui un apasionado de los deportes, pero si hubo alguien que me motivó a jugar al fútbol fue Don Fiore, un viejo municipal que llevaba veinte años dando clases de fútbol en el polideportivo del barrio Sarmiento. Era un hombre muy querido y respetado por todo el mundo, apasionado de lo que hacía y capaz de transmitir ese sentimiento a quienes éramos partícipes de sus clases.

Fiore era capaz e inteligente, sabía que para muchos de los que estaban ahí el fútbol era la única oportunidad para escapar de la miseria, por esto mismo era a quienes más exigía. Aún con las limitaciones materiales que sufría, el Poli era un semillero para los grandes clubes de la provincia, y para saber si eran capaces de soportar las exigencias realizaba una prueba de especial rigurosidad: Cuando tenía un grupito lo suficientemente entrenado los sacaba a trotar al pedemonte, en un camino de cinco kilómetros hasta el paredón del dique Maure donde se tomaban media hora para picar algo y emprender el camino de regreso.

Recuerdo como si fuera ayer aquel sábado por la mañana, los más rezagados nos quedamos en el Poli mientras los demás emprendieron la travesía. Todo marchaba con absoluta tranquilidad hasta que dos móviles de la policía subieron a toda velocidad por el camino de ripio, dejando tras de sí una densa polvareda, no entendíamos nada pero no era buen presagio.

Después de un rato vimos una procesión en lento peregrinaje, eran los chicos, esta vez escoltados por dos policías que llevaban a Don Fiore esposado, de los doce niños que se habían ido, regresaron solo diez.

Don Fiore fue trasladado hasta la comisaría del Barrio La Estanzuela y puesto bajo custodia, alrededor del recinto se agolparon las familias de los niños desaparecidos. El fiscal entrevistó al hombre que, sin titubear, contó su versión de los hechos: Mientras el grupo principal descansaba junto a la estructura que coronaba el dique (único lugar con buena sombra), los hermanos Guajardo habían ido a hacer sus necesidades, y,  desoyendo sus órdenes, se alejaron de más y nunca regresaron.

Los niños contaban una versión algo diferente, según ellos fue Don Fiore les había advertido que no se alejaran demasiado, pero un rato antes les había contado que si descendían a la “Garganta del Diablo” podrían verlo en persona. Cualquiera de las dos versiones terminaba con los niños desaparecidos, una dotación de bomberos y todos los policías buscando en el pedemonte godoycruceño.

Tras dos semanas de intensa búsqueda se dieron por muertos a los dos niños de nueve y once años, el pedemonte se había cobrado dos nuevas víctimas.

El dique Maure compone junto al dique Papagayos y Frías, las barreras de contención en caso de aluviones. Durante la mayor parte del año permanece seco, pero cuando las tormentas de verano arrecian, el agua llega a  los seis o siete metros, momento en que los desagotes empiezan a funcionar y dejan caer el agua con una fuerza bestial. El terreno debajo de estos desagües se erosiona con asombrosa velocidad, generando una profunda y escarpada cárcava. El dique está enclavado en un cauce natural y rodeado por cerros cubiertos de vegetación espinosa donde es fácil perderse y casi imposible encontrar a alguien, por algo es la zona elegida para desechar cuerpos, tanto por delincuentes como por las fuerzas de seguridad.

Sin cuerpos y con versiones contradictorias, a Fiore podía acusársele a lo sumo de negligente, después de todo nunca puso sus manos sobre los chicos. La cosa cambió cuando sus vecinos llamaron a la policía, alertando de un hedor nauseabundo que salía de su casa.

El lugar era una pocilga atestada de diarios, revistas, heces humanas y animales. Una vieja heladera llena de cajas de vino y el congelador repleto de carne descompuesta, la cocina estaba cubierta de una gruesa capa de grasa putrefacta. En el patio había restos de un caballo a medio carnear y lleno de gusanos.

A los macabros hallazgos se le sumaron los comentarios de sus guardias y posteriormente de sus compañeros de celda, el hombre deliraba constantemente, estando dormido gritaba y emitía sonido ilegibles, en un lugar donde las violaciones, palizas y asesinatos eran comunes, los presos se mostraban aterrados ante un septuagenario.

Tras dos meses de encierro, Fiore comenzó a mostrar claros signos de deterioro mental, apenas si comía, no se higienizaba y divagaba durante horas. Una noche los guardias fueron alertados por un gran alboroto en su pabellón. Sin mediar palabra, el hombre se había abalanzado sobre uno de sus compañeros de celda y le había mordido el rostro, sacándole enormes trozos de carne de las mejillas y los labios. Mientras el resto de los reos intentaban separarlo de su presa, el pobre infeliz profería gritos desesperados.

Los guardias no tardaron en llegar, la víctima sobrevivió al ataque pero con el rostro totalmente desfigurado, y Fiore mutó en un extraño ser que iba desde el mutismo hasta un salvajismo incontrolable. El caso tuvo cierta relevancia, los medios lo seguían de cerca, puesto que alrededor del hombre se tejían diversas hipótesis: Se decía que era el séptimo hermano varón y que como tal era un lobizón, que había hecho un pacto con el diablo, que había matado otras veces, etc. Tal vez esta publicidad fue la que llamó la atención de dos personas que ayudarían a develar el misterio, sus dos hijastros.

Fiore era oriundo de San Carlos y había llegado a vivir en un puesto de Godoy Cruz en los años ochenta, donde formó pareja con una mujer bastante más joven con dos hijos, la misma que desapareció sin dejar rastros en el año 1993. No se encontró ningún cuerpo, rastros de violencia o algún tipo de prueba que sirviera para incriminar a alguien, sin embargo dio el pie para que uno de los psiquiatras sacara algo de información.

—¿De dónde es usted Don Fiore?

—De San Carlos.

—¿Y hace cuanto vive en Mendoza?

—Más de 25 años.

—¿Y cuánto tiempo lleva viviendo solo?

—Toda la vida.

—Y su esposa.

—¿Mari?

—Sí, Mari.

—Se fue.

—¿Cómo que se fue?

—Mari tenía otro macho y se fue.

—Mari no tenía otro macho, Fiore.

—¿Y usted qué sabe?

—Sé que la gente no desaparece sola.

—Si puede desaparecer.

—¿Como los chicos Guajardo?

Se produjo un silencio incómodo. El hombre miró al techo, al suelo, para los costados. —Sí, como a ellos.

—¿Por qué atacó a su compañero?

—¿ Porque tenía hambre.

—¿Usted tenía hambre?

—No, él tenía hambre.

—¿Quien?

—El diablo doctor, el diablo.

—El diablo no existe.

—Pobre incrédulo, él existe y si no te cuidas de él te lleva, te devora. Es una bestia insaciable a la que una vez que alimentas te pide más y más, si no la satisfacés te termina llevando a vos.

—¿Y vos le das de comer?

—Sí.

—¿Por qué?

—Te lo acabo de decir, sino la alimento me devora a mí.

—¿Y cuando empezaste a hacerlo?

—La Mari era buena mina, pero muy rebelde. Esta hija de puta había conseguido un lindo trabajo en el centro y ya se quería ir de la casa, me quería dejar solo, estaba seguro que tenía otro macho.

Un fin de semana que el padre se había llevado a los pendejos nos chupamos de más y empezamos a discutir, cuando le dije que me estaba guampeando me dio un bofetón, yo le di uno de revés tan fuerte que le partí dos dientes, ella me empujó y escupió los pedazos con sangre en la cara, me dijo: “¿Ves lo que haces hijo de puta? Esto sos, y lo va a saber todo el mundo”. Ella encaró para la puerta de calle, alcanzó a abrirla pero yo la tironeé para atrás, en el piso me senté sobre ella y la ahorqué hasta que dejó de moverse.

Ahí me acordé de la garganta del dique Maure, era sabido por todos que tanto delincuentes como policías desechaban los fiambres ahí, nadie se molestaba en buscarlos. La envolví en bolsas de arpillera y subí a la carretela.

Cuando la tire pude oír un rugido al fondo de la garganta, salí corriendo y volví a mi casa. Ordené todo e hice como si nada pasara. Al otro día quise prepararme el almuerzo pero el solo olor de la comida me descompuso, cuando intente probar un bocado sentí como tragara ripio. ¿Y lo peor de todo sabes lo que era?

—No.

—Cuando tenía que cagar. Sentía como si pedazos de vidrio me destruyera el intestino y el culo, era sangre lo que tiraba, no mierda. Con el pasar de los días fui perdiendo peso, al punto de que los cachetes se me pegaron a los dientes. Nunca me sentí tan mal. Una mañana decidí recuperar el cuerpo de la Mari para darle cristiana sepultura y entregarme, no podía vivir así. ¿Sabe lo que encontré en el fondo de la garganta?

—¿Qué encontró?

—Nada, absolutamente nada, escarbé y escarbé pero no había rastro del cuerpo. Cuando intenté salir del hueco  las paredes empezaron a desmoronarse, los yuyos y cactus me rodearon, no había otra forma de salir que dejando sangre y carne en el lugar. Ahí lo entendí, había despertado a la bestia y tenía que darle de comer. Generalmente bastaba con algún perro o restos de caballos que carneaban por ahí, pero cada tanto pedía más y más.

—¿Por eso mató a los pibes Guajardo?

—No, yo no los maté, es más, les dije que no bajaran porque se iban a encontrar con el diablo.

—Ambos sabemos que esa es la mejor manera de asegurarse de que bajen.

—No sé, yo no soy el psiquiatra.

Fiore permaneció aislado, pasaron semanas completas en las que no probó bocado, lo internaron varias veces pero poco se podía hacer. La última vez que se lo vio con vida estaba en un rincón de su celda, se había arrancado un pedazo de antebrazo y lo masticaba como si se tratase de un exquisito bocado. Falleció horas después de inanición.

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