La oscuridad de Borges

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—Tenés la presión intraocular muy alta.

—¿Por eso me duelen los ojos?

—Sí. Tenés que hacer descanso ocular. Nada de computadora, celular ni televisión. Te voy a dar unas gotas para lubricar la conjuntiva y otras para la irritación, parece afectada por un tipo de alergia. Además te voy a pedir una tomografía en los ojos.

—¿Cómo hago para controlar la presión?

—Descanso de veinte minutos cada dos horas. Eso es: cerrás los ojos durante veinte minutos. Si podés, masajes suaves y compresas frías.

—¡Eso es mucho tiempo! Mis ojos descansan mientras duermo.

—No sé si te lo dije pero podés quedarte ciega.

—Eso no pasará de un momento a otro y hay instancias antes de que suceda, ¿no? No puedo dejar de escribir, olvidate de que deje la computadora. Le bajo el brillo a cero y la pongo en modo nocturno, igual que el celu; escribo con la luz del día para evitar más impacto o me pongo los lentes de sol para escribir. No voy a dejar de hacerlo.

—Si la presión sube y no baja, se daña el nervio óptico. Eso es irreversible. Y puede pasar paulatinamente o de repente. No podemos saberlo. Si no te cuidas los ojos, van a dejar de serte útiles para escribir.

—De última… para escribir sólo necesito los dedos y que este dolor de cabeza desaparezca.

—Te doy unos analgésicos, pero eso sólo hace que no sientas el dolor, no revierte nada. Existe para saber que algo no anda bien, no ganamos mucho evitándolo.

—Entonces que el analgésico tenga desinflamatorios. No lo hagas más dramático. No me voy a morir por quedar medio ciega, puedo salir a la calle y me atropella un micro, eso sería dramático.

—Si perdés visión y reflejos vas a tener muchas más posibilidades de que eso suceda… —dijo mientras arrancaba las hojas con la receta de los medicamentos, las indicaciones y la orden para la tomografía—. Te veo la semana próxima para controlar la presión.

Lo primero que pensé al salir del consultorio fue en Borges. No porque me sintiera tal, sino porque traté de imaginar cómo se sentiría él, siendo escritor, en el mundo de la oscuridad. Para mí Borges es Dios, así con mayúsculas. Dios podría ver aún ciego, si es que acaso no fuera la ceguera lo que permite precisamente ver y ser un verdadero Dios.

Cuando nos leyeron el Génesis, nos dijeron que Adán y Eva eran ciegos antes de comer el fruto del árbol del bien y del mal. Una página entera podría escribir sobre ese cuento, pero dejémoslo ahí, es sólo un cuento. Sin embargo, la metáfora encierra un símbolo: eran como dioses hasta que pudieron ver.

¿Qué es lo que los humanos perdimos al poder ver? ¿Qué era lo que antes veíamos y ahora no? Borges, por ser Dios, lo supo y también lo escribió. Claro que para entenderlo quizás haya que cerrar los ojos y descifrar a oscuras cada párrafo. Los mundos de un Borges que escribía en la oscuridad de su mente sólo pueden entenderse en ese contexto.

En esas utopías humanas lo había precedido Beethoven, al crear una sinfonía completa sin poder oír. En sus cartas, cuando empezó a quedar sordo, narraba que los murmullos de la gente le resultaban ensordecedores. Escuchaba ruido en las voces humanas pero hizo música sin oír nada.

La recomendación médica para mi caso era clara. Forzar los ojos y sostener la presión ocular podía dañar el nervio óptico. No iba a morir por eso pero podría perder la visión, parcial o totalmente, de manera irreversible. Tuve que dejar de usar mis ojos todo el tiempo posible, con compresas desinflamatorias sobre ellos y analgésicos para lidiar con el dolor de cabeza y la horrible sensación de sentir dos bolas orbitando en el interior de mi cráneo.

Para muchos perder la visión podría ser comparable a la muerte. Una vida sin luz, sin miradas, sin sonrisas, sin flores ni los insectos pululando a su alrededor. Cierta vez, argumentando sobre opuestos complementarios pregunté cómo explicarle a un ciego que la luz es un todo y que la oscuridad es sólo ausencia de luz si, para él, el todo era la oscuridad y la luz simplemente no existía. La respuesta que me dieron fue: que él no pueda ver la luz no significa que la luz no exista.

Pasó por mi cabeza la idea de la correspondencia en el amor: si alguien no puede sentirlo no significa que no suceda. Pasa igual con el dolor que suprimen los analgésicos. Una vida sin dolor, sin amor y sin luz… Debe haber algo más o sería verdad que el poema que le atribuyen a Borges y que él nunca asumió de su autoría, en realidad sería la sentencia radical e indefectible que a pesar de ser Dios, no había sido feliz.

No es tan dramático para mí, quizá porque yo sé que si abro los ojos seguiré viendo. Pero hay algo más atrás del encanto de la oscuridad y no me voy a quedar con la intriga. De manera que hice la prueba. No se trató de un juego, realmente no podía arriesgarme a ver las pantallas de los dispositivos y, sobretodo, debía cuidarme de cualquier tipo de estrés.

Pensé en qué hay del estrés que nos provoca lo que vemos a diario. Uno, ante la ida de la ceguera pone en la balanza las cosas bonitas que dejará de ver, pero… ¿y las feas? Todo lo horrible que se pueda ver, ¿merece la pena a cambio de la mirada de mi madre, de mi hija o la observación del abrazo de dos amantes, la luna con las estrellas a su alrededor o el amanecer de rosa tornasol? No lo sé. Todas eso cosas seguirá existiendo en su belleza y esplendor aunque yo no pueda verlo. ¿Podría sentirlo?

Llamo a  mi hija y le pido que me permita acariciarle el rostro a ciegas. Nunca había pasado por esta experiencia. Mientras ella estaba en mi vientre, podía palpar sus codos, sus hombros, sus piernas, su cabeza, su espalda.  Sin verla en mi interior supe el día que se acostó sobre mis caderas y que, para verla nacer, iban que tener que abrir mi cuerpo y dejar la cicatriz que, de manera indudable, determinaría que había sido madre.  El sábado cumplió años y es el día en el que yo festejo mi día. Única hija, primogénita, heredera de todo lo salvaje que nos habita como mujeres en esta selva.

Palpé los pliegues de sus orejas y los aros que le cuelgan en forma de corazón; su pelo suave y lacio que le llega hasta el final de los omóplatos; los labios con crema de cacao sonreían y los hoyuelos le dibujaban una mueca. Las cejas son gruesas, me recuerdan a las de su padre; las pestañas me acarician las palmas de las manos al moverse, son largas, como las mías. No puedo ver el color de sus ojos aunque lo conozca, pero el suave bamboleo de su rostro a mi caricia me da la pauta de que sus ojos tienen una mirada dulce en este momento. La nariz es perfecta en su recta y levemente redondeada hacia el final. El mentón se afina cuando sonríe, noto que lo hace y, además, puedo oírla.

Le tomo las manos y acaricio también los anillos en sus dedos medios y las pulseras que adornan sus muñecas. Finalmente la abrazo. Eso ya es una sensación más familiar, pues siempre abrazo con los ojos cerrados, no sé por qué. Ahora siento el latido de su corazón y el mío. Sí, quizás antes no lo había sentido de manera tan cercana.

Le pido la computadora. “¡No podés, mamá!”, dijo con una voz que percibí de enojo mezclado con preocupación. “No puedo mirarla, pero puedo tocarla”, respondí. Y eso hice. Puse mis dedos sobre el teclado y empecé a decir en voz alta las letras mientras las tecleaba. Sí, podía reconocer el sitio de las letras, podía formar palabras y podía escribir con sentido. Seguía escribiendo, al menos en la práctica de los ojos cerrados.

¿De qué escribir? Borges… ¿Qué hacía Borges en la oscuridad? Quizás sólo describir lo que las sombras hacían en la oscuridad. ¿Cómo hay sombras si no hay luz? ¿Quién dijo que no hay luz? Es la imaginación, puede haber cualquier cosa.

¿Y si esa comparsa de rostros desconocidos pero familiares que desfilan entre paisajes que desafían las leyes conocidas en este entorno tridimensional no fueran imaginación y realmente habitan en esta oscuridad que no frecuentamos a conciencia?

Los objetos tienen también un ánima que los impulsa. Puedo escribir en la oscuridad. No puedo ver cuántas palabras llevo, ni cuantas hojas, ni cómo se ven las letras al ir poblando la hoja en blanco que muestra la pantalla para quien puede verla. Resisto a la tentación de abrir los ojos.

¿Por qué mejor no me duermo y me olvido de esto? No, quiero sentirlo, como siento la brisa sin ver los árboles moverse, como huelo el aroma a lluvia sin ver las nubes que se aproximan, como escucho los gritos de los chicos de la B-11 tirándose a la pileta.  Aun si abriera los ojos, a los chicos no podría verlos detrás de la medianera pero sé que se divierten, oigo su alegría. Al viento nunca pude verlo, tampoco podría ver el olor a lluvia. Nada de eso afecta el hecho de que ahora estoy viendo todas esas imágenes con los ojos cerrados. Mi percepción ha cambiado.

Cambia la percepción de escuchar los pasos acercarse con la melodiosa cadencia conocida al andar y la voz que me saluda y hace brincar mis células hasta erizarme la piel. No puedo ver a la paloma que estaba en el bacón pero escuché su aleteo al escabullirse por los aires temerosa de perder su libertad.

No podré ver este escrito corregido y, quien quiera que lo haga, se sentará a editarlo sin saber de qué estoy hablando y tampoco por qué habría en él errores de gramática y sintaxis. Es posible que se me hubiera escapado una vocal, un espacio, una coma o las comillas, que hubiera espacios incorrectos en las barras de diálogo, que hubiera párrafos mal puntuados. No sería tan grave, después de todo. Borges tenía a Leonor, su madre; y luego a María. Puedo yo tener también a quien cuide mis palabras con celo y devoción.

Todo es posible en el fluir de situaciones que suceden cuando los ojos se cierran. Mundos paralelos que vale la pena transitar. Sonrío mientras sigo acariciando el teclado y no sé si podré concluir con el texto, si podré transmitir con éxito las percepciones que se esconden tras el velo de la realidad. Creo que escribí “realisas”… Las letras están contiguas, puede entenderse lo que quise escribir.

El cerebro decodifica las imágenes a una velocidad que no somos capaces de seguir. Si no ve, la capacidad de decodificación se amplía hacia los otros sentidos. Escucho la mosca que viene bajando por la escalera, la hormiga que trepa por la rama del limonero y la abeja que está en la lavanda.  Mi piel percibe que está saliendo el sol y decido en este instante que la próxima vez que vaya al mar, lo haré desnuda y con los ojos cerrados. Quiero oír las olas, oler la sal y dejar la huella en la arena húmeda mientras la espuma me hace cosquillas en los tobillos.

Nada me ha impedido encarar el teclado y escribir lo que veía tierras adentro de mis tinieblas. Nada me impide el deseo. Nada me impide la sensación de volver a ser una diosa en el Edén, si aún existiera. ¿Realmente no existe? ¿Será que no podemos verlo y sólo basta cerrar los ojos para volver a ser dioses?

Conozco el Edén. Lo he visto aún con los ojos abiertos. Está en la parte de atrás de una casa en la que he pasado más de mil noches y sus mañanas. Un jardín que también he recorrido con los ojos cerrados y puedo saber cuántos pasos hay desde el porche hasta el nogal y del nogal a los cerezos. Ya he sido diosa a la luz de una luna que yo no veía, pero plateaba mi cuerpo desnudo oliendo las rosas húmedas de rocío. He escuchado el canto de los grillos, he percibido el aroma del amanecer cuando la reinamora lo anuncia tras la ventana, he oído el canto fresco de los álamos y mi piel es sensible al calor de un fuego que siempre me espera bajo el cobertizo.

Decido quedarme con esa imagen en mi mente, cerrar la computadora y tomar el teléfono. Tampoco puedo mirarlo, aunque tenga la pantalla en modo nocturno. Sólo necesito mandar un mensaje para saber cómo está ese jardín en el que transito cada noche sin estar ahí, en el que siento conectar con el centro de mi mundo a las realidades de todas las vidas que preceden a este aquí y este ahora.

Al pulsar la tecla send, no tardó demasiado el sonido que antecede a las puertas abiertas de mi paraíso terrenal.

Es cierto. “Lo esencial es invisible a los ojos” y Borges lo sabía.

Nota: el dolor en los ojos, la sensación de sequedad, el lagrimeo contante y las aureolas alrededor de las luces pueden indicar que la presión intraocular está más alta de lo normal. Visitá a tu oftalmólogo cuanto antes para evitar el riesgo de glaucoma.