La penumbra de la mente | Octava Parte: encrucijada

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Escena dos

Los primeros segundos luego de la entrada del oficial Estrada a la sala de interrogatorios fueron de lo más normal para Carla y serían los únicos apacibles del interrogatorio. Ella ya estaba acostumbrada a ese tipo de reacciones y en el fondo le gustaba saber que tenía esa clase de poder sobre las personas, más puntualmente sobre los hombres. Estrada le pasó la taza de café temblando, como si estuviera a punto de morir de frio, y la joven le sonrió gentilmente al recibirla. Si Estrada no hubiese conocido el tortuoso y macabro pasado de la joven, en ese instante  sehubiese enamorado inmediatamente.

Cornejo observaba la escena como si se tratase de un testigo, lejos de enojarse con el oficial  lo comprendió. Se encontraban frente a una mujer bella y seductora. Cornejo no podía afirmar si lo hacía inconscientemente; no obstante, estaba seguro de que Carla era del tipo de mujer que puede lograr que dejes a tu familia, tu trabajo y tu vida por la falsa promesa de un romance que, como suele suceder la mayoría de las veces, sólo dura unos cuantos meses.

El oficial Estrada tomó su posición colocándose frente a la puerta. Mientras tanto, Cornejo sostenía el expediente y releía lo que aprendió casi de memoria cuando lo leyó por primera vez. Lo aberrante del pasado de Carla era muy impactante, casi tanto como el horrible asesinato de Clarisa.

―Bueno, señorita. ¿Calculo qué sabe por qué la mandamos a llamar?

―Sí, lo sé, y por eso mismo vine a declarar. Quiero que encuentren al hijo de puta que la mató y que quiten las sospechas sobre mi persona.

Cornejo sonrió elevando levemente la comisura de los labios. Giró un poco para observar a Estrada, quien lo miró impasible. Tomó un poco de aire y le preguntó:

―¿Qué clase de relación tenía usted con Clarisa?

―Fuimos amantes por unos seis meses, más o menos ―declaró la joven rompiendo en llanto. Cornejo creyó percibir un poco de sobreactuación en el gesto. Intentó visualizar la cara de Estrada ante dicha escena y se imaginó que el oficial respondía de la misma manera. “Los dos pensamos lo mismo, lo más probable es que ella sea la culpable”.

―¿Quiere tomarse un momento?

―No, estoy bien, hace dos días que vengo llorando sin parar, tarde o temprano voy a terminar de desahogarme.

―Está bien, continuemos… Según percibo, señorita, creo que usted estaba enamorada de Clarisa.

―Sí, estaba muy enamorada, ella era como la luz en la oscuridad. Me encantaba cómo me trataba y me miraba.

―¿Siempre le gustaron las mujeres?

―¿Y eso que tiene que ver? ―inquirió la joven enojada.

―Estoy intentando establecer un perfil ―respondió Cornejo ruborizado.

La joven no se vio muy convencida, al contrario, su rostro dejaba en evidencia que en cualquier momento podría explotar.

―No, me gustan tanto los hombres como las mujeres, pero prefiero estar más con mujeres; no son tan arrogantes como los hombres.

Cornejoelevó un poco la vista y aceptó el insulto.

―Si usted estaba tan enamorada, ¿por qué la amenazó cuando ella decidió romper la relación?

―Fue un impulso estúpido y egoísta, tuve problemas de ira en mi adolescencia; es más, estuve internada en un hospital psiquiátrico.

―Lo sé ―afirmó Cornejo―, por eso mismo es que usted, después del señor Fernández, es la principal sospechosa.

―¿Qué tiene que ver? ―cuestionó la joven llena de ira. La belleza de su rostro se había acentuado, a pesar de que su mirada era fría e intimidante.

―Usted es la que tiene el perfil más violento de los tres sospechosos.

―¿Ah? ―dijo la joven comenzando a hablar sarcásticamente―, ¿me va decir entonces que el hijo de puta, el golpeador, el borracho de Laiseca es menos sospechosos que yo y que Matías? Discúlpeme, pero usted es un viejo cínico ―Cornejo demostró a través de su expresión facial que había sido ofendido―. Yo sería incapaz de hacerle daño a alguien y Matías, mucho menos. La verdadera razón por la que la amenacé fue porque ella engañaba mucho a Mati y me daba pena que le vieran tanto la cara de boludo.

―Tengo entendido que usted la amenazó de muerte, Carla. Sinceramente no le creo que se preocupara en lo más mínimo por el señor Fernández. Es más, estoy seguro de que usted es ese tipo de mujer caprichosa y egoísta que nunca acepta un no por respuesta.

Carla comenzó a bramar de ira y Estrada se preparó para actuar.

―Usted no tiene ni idea por lo que yo pasé. Tendría que quedarse callado.

La joven cambio de semblante, las lágrimas se escapaban solas y no podía contenerse. Su aspecto amenazador se perdió por completo y Cornejo notó que sólo era cuestión de tiempo para que ella se quebrara y confesara. El llanto se intensificó más y Cornejo sintió un poco de pena; entonces decidió calmarla un poco, de lo contrario, sería imposible seguir el interrogatorio.

―Señorita, tranquilícese, todavía no se la acusa formalmente de nada pero comprenda que su perfil es el más impactante de todos. Usted es la única que tiene muertos en su haber. Además, hay una frase suya remarcada en una de sus terapias que me inquieta mucho. Después de que confesó el crimen dijo textualmente “me encantaría volverlo a a hacer”. Cornejo frotó sus ojos intentando disolver las imágenes de su mente, su estómago era cada vez más débil y casi no podía soportar la sangre―. Lo que hizo con ese hombre es muy similar a lo que le pasó a Clarisa

―Es imposible que sepa eso, todo lo que me pasó allá es confidencial.

―No lo crea, cuando hay una investigación policial, sobre todo de este tipo, los organismos privados y gubernamentales están obligados a darnos toda la información, ya que no sabemos si el crimen cometido solo es puntal o el primero de muchos.

Clarisa parecía estar perdida en un mar de tortuosos pensamientos. Las lágrimas no dejaban de lavarle la cara y solo miraba a la nada inexpresiva. Después de unos segundos, tomó un sorbo de café, lo miró directamente a los ojos y le preguntó:

―Dice ahí ―repuso mirándolo con una expresión vacía―, en el expediente, por qué los maté…

Continuará…

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