Flor de padre

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¡Qué rápido pasa el tiempo! Ya hace dos años que tengo las cenizas de mi padre guardadas en un frasco de café en la alacena. Ya sé que no es el mejor lugar para tener las cenizas de un padre, pero era provisorio. Pensaba arrojarlas en algún lugar. Pero me he demorado pensando donde sería el lugar adecuado, sin poder decidirme.

Una tarde de verano mi padre nos dejó a mi madre y a mí, y también nos dejó una deuda que recién hace poco pudimos terminar de pagar. Muchos pensarán que es una falta de respeto haberlo puesto en ese frasco, pero al fin y al cabo eso fue lo que lo mató, el café, y por más que el médico le advertía: “¡Cuídese, no tome tanto, tiene la presión muy alta!”, a él le entraba por un oído y le salía por el otro. Seguía tomando  y le gustaba el fuerte. Solía decir: “¡Un día me voy a ir a Colombia y me voy a comprar el mejor café del mundo! ¡Ah, qué rico!!”. Bueno, al menos fue feliz antes de morir.

Muchos recuerdos se agolpan en mi mente, recuerdos de mi infancia, cómo era él, lo que solía hacer. Van pasando uno a uno. Recuerdo que era romántico, siempre pensando en mamá.

—¡Vieja! —decía— ¡Esta noche es para vos! —y llamaba al delivery— ¡Dos muzza por favor, y con mucho queso!

Y la vieja que le decía —¡Me podrías haber comprado flores!, ¿no?.

—¡Y acá tenés las flores! —le contestaba— ¡Flores de muzza que encargué! ¡Están buenísimas! —mientras se chupaba los dedos y agregaba guiñando un ojo —¡Y si querés flores, las dejamos para el postre! —Al rato se levantaba, se iba al dormitorio y se quedaba profundamente dormido. Desde  la cocina podíamos oír sus ronquidos.

También pensaba en mí. Un día le dije “¡Papá, comprame una Barbie!”,”¡Te voy a traer la mejor Barbie que hayas conocido!”, me respondió. “¡Taráaaaan!”, me dijo al otro día, y me dio una caja con botines de fútbol y de su número. ¡Ay, a mi papá le gustaba tanto el fútbol…!

El hecho es que sigo pensando dónde tirar sus cenizas. Tendría que ser un lugar que le gustara, un lugar donde soliese ir. ¿Qué lugares le gustaban? Quizás podría ser la canchita donde jugaba de pibe con los chicos del barrio, o ¡ya sé!, ¡la cancha del Tomba, donde solía ir los domingos! ¡Le encantaba ir a ver los partidos! Recuerdo que se iba y nos dejaba a la vieja y a mí con el mate y un bizcochuelo preparado por ella, y nos decía “me voy a la cancha a ver el partido, ustedes véanlo por televisión. ¡Va a ser como si estuviéramos juntos!

Me acuerdo cuando se fue a ver a la Lepra, mientras la vieja estaba en cama enferma con 40º de fiebre. ¡Ay, cómo le gustaba el fútbol! He pensado en esos lugares como opción para arrojar sus cenizas, solo que me parece un tanto arriesgado, porque, no sé si por ahí me ve un policía, ahora que a los hinchas les da por arrojar cosas, puede parecer un tanto sospechoso. Mejor pienso en otra opción más segura.

Me acuerdo también que le gustaban las películas de Clint Eastwood. “¡Fuuua!” decía, “¡qué grande Clint Eastwood! ¡Cuando me muera, me gustaría que me enterraran en el lejano oeste, entre balazos y pólvora!, y salía a la calle en plena siesta, en pedo y con un revólver que tenía guardado por ahí, gritando “¡Soy Clint Eastwood!, ¡yiiihaaa!!”, y disparaba al aire: ¡pam!, ¡pam!. Los vecinos se quejaban. Uno le gritó  “¡Y yo soy John Wayne!, ¡silencio, que trato de dormir, infeliz!” Y otro “¡Casi me matas al gato, desgraciado!” Pero pienso con tristeza que está demasiado lejos ese oeste, no va a poder ser.

¿Qué otra cosa le gustaba? ¡Ahhh, el barcito de la esquina! Solía ir a tomar unas cervecitas con los muchachos, y no aparecía hasta las doce de la noche. De todas maneras, donde estaba el barcito, ahora hay un movimiento extraño. Entran y salen mujeres a toda hora con poca ropa, ¡aun en invierno! Me inquieta un poco.

También le gustaba la timba. “¡Si no es por plata, yo no juego!”, decía, y siempre alguien se prendía. ¡Eso!, podría tirar las cenizas en el Casino. ¡Pero qué digo si de la timba no pasó!

También pensé en tirarlo en la montaña, en algún paisaje, aunque nunca nos llevaba a ningún lado. Claro, yo entiendo, no tenía plata el viejo. Era muy ahorrativo. Guardaba todos los envases de cerveza, para que después no tuviera que pagar uno. En invierno, de noche, apagaba las estufas. “¡Abríguense bien, y ya está! ¡Qué tanto gasto!”, decía. Una vez arregló una canilla atándola con un alambre en vez de llamar al plomero. “¡Andá! ¿No ven? ¡Qué tanto lío!”

Ahora que me acuerdo, una vez salimos al Cerro de la Gloria con los chicos de la escuela. Él decía que era para acompañarnos, y que fuéramos más seguros, pero en todo el camino no paró de mirar a la maestra. Creo que le gustaba.

Con tantos recuerdos, no sé dónde tirar sus restos. ¿Dónde podría descansar en paz? ¿En qué lugar? Porque pensándolo bien, ¿qué hizo? ¿Qué hizo en su vida? ¿Qué hiciste de bueno, papá? ¿Qué hiciste de bueno, pedazo de pelotudo, hijo de mil puta? ¡Egoísta, amarrete, borracho, ojo alegre! ¡Fuiste una mierda, papá! ¡Ya sé donde te voy a tirar! ¡En el lugar que te merecés! ¡En el inodoro te voy a tirar! ¡Te vas a ir como el sorete que fuiste! ¡Ahí va! ¡Ahí va! ¡Chau, papá!

¡Ay, ¡¿qué hice?! ¡Quizás algo de bueno tuvo! Bueno, de todas maneras, ya es tarde… ya apreté el botón… ¡Chau, papá, chau! ¡Que te juzgue la cloaca!

Escrito por Claudia para la sección: