De parte del loco Flores

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Había entrado a la cantina quince minutos antes del asalto. Se había sentado cerca de la ventana sin perder de vista: la puerta de entrada y el pasillo que desembocaba en los baños.

Siempre elegía la misma ubicación en lugares como estos, ya fuera que estuviese solo o acompañado. Una novia que tuvo—a la que a veces extrañaba un poco— le preguntó una vez sobre ese asunto y él sólo supo responderle:

—Deformación profesional.

—A mi me parece que es más bien obsesión — había comentado ella.

—Sí, puede ser —reflexionó un momento— en mi negocio si no sos obsesivo se muere gente.

Pensaba en aquella charla cuando el mozo, un hombre gordo que sudaba y cada vez que podía se secaba la frente con un pañuelo, llegó con la botella verde de Stella Artois que había pedido. Además, acomodó sobre la mesa con maestría: un chopp, un plato enlozado grande y los cubiertos.

—Ya nomás sale lo suyo.

—No hay apuro, mi amigo —dijo el recién llegado sin saber que no conseguiría disfrutar de la parrillada para uno—. Está bravo el día.

—Uf, me lo va a decir a mí —dijo el mozo con el escaso aliento que tenía para hablar—. Este calor me va a terminar matando.

El gordo destapó la cerveza y llenó hasta la mitad el vaso.

—Mire, cómo es su nombre —preguntó el cliente con un tono mucho más serio y la vista fija en la puerta de entrada.

—Mario, señor.

—Mario, nos están por asaltar…

—¿Qué dice? ¿Me está jodiendo?

—Hágame caso, yo sé lo que le digo. Páseme su celular.

El mozo, todavía incrédulo, obedeció y con los años cada vez que rememorara esta anécdota remarcaría en el relato que no supo bien por qué lo hizo, pero que fue un golazo haberlo hecho.

El cliente tecleó un número en el aparato y devolvió el teléfono a su dueño.

—Vaya al baño o a la cocina, rápido —ordenó— llamé a este número y pida hablar con el comisario Benítez. Dígale quien es, que están asaltando el bar, que son tres tipos y que llama de parte de: el Loco Flores.

—Sí, por favor con el comisario Benítez —susurró Mario—. Dígale que llamo de parte del Loco Flores, que es urgente; muy urgente.

—¡Todo el mundo quietito que esto es un asalto!

El mozo quedó paralizado al escuchar esas palabras. Buscó refugio en uno de los cubículos.

—Por favor, apúrese señorita —tuvo que contenerse para no gritar— soy Mario, el mozo de parrillada El trébol.

Iban a transcurrir tres interminables minutos antes de que obtuviera una respuesta.

—Hola Mario, soy el comisario Benítez.

Tal como se lo indicará el Loco Flores, el mozo contó lo que sucedía a pocos metros.

—No se preocupe ya salimos para allá.

—Muchas gracias

—De todas maneras—comento Benítez—, si el Loco está ahí; los tipos no la van a pasar nada bien, se lo aseguro.

—Te doy la billetera hermano, te la doy. Quedate tranquilo —dijo Flores.

—Metele pelotudo que este calor me pone un poco nervioso y se me puede escapar un tiro —la Browning calibre 9 se movía inquieta apuntando una vez a la cabeza y otra a las rodillas sin decidirse por un blanco.

—Ya va, ya va —dijo siempre en tono bajo y pausado—. Me puedo parar, la tengo en el bolsillo de atrás.

—Dale, pero no hagas ninguna gilada que te quemo.

Sacó la billetera y la ofreció estirando el brazo derecho con la palma hacia arriba. En el mismo movimiento sujetó la muñeca del asaltante con fuerza y lo atrajo hacia él. La pistola semiautomática fue a dar contra el piso entablonado y una hábil barrida con el pie hizo que Flores consiguiera arrinconarla bajo una mesa solitaria.

—Larguen los fierros ya, porqué a este le rebano la cabeza.

Mario salió con cautela al pasillo después de haber escuchado la sentencia de Flores. Pudo ver como uno de los integrantes del trío huía corriendo. Pudo ver desde donde estaba como Flores tenía agarrado a otro, el más alto, y le rodeaba el cuello con el cuchillo que él había dejado en su mesa un rato antes.

—¿Qué hacés infeliz? —preguntó el tercer ladrón apuntándolo con su revólver—. Soltalo ya, porque te hago mierda.

—Puede ser, puede ser —respondió el Loco Flores—, pero a este me lo llevo conmigo seguro —apretó todavía más la hoja del cuchillo contra el cuello de su presa.

—Ay la puta que te pario, larga el fierro que me está cortando mal.

Mario supo —y así lo contaría durante años y años— que el momento era ahora o nunca.

Se acercó por atrás y golpeó con todas sus fuerzas los riñones del hombre armado. Este cayó de rodillas dando un grito más de sorpresa que de dolor. Mario lo pateó en el suelo varias veces con furia, y haciendo gala de una prodigiosa agilidad para alguien de su volumen, recogió el arma y al mejor estilo de Harry el sucio la empuño antes de decir:

—Dale, hijo de puta, alegrame el día.

El resto de los aterrados clientes vitorearon la hazaña.

—¿Qué haces Loco? —saludó el comisario quien llegaba acompañado por un agente—. Ya sabía yo que íbamos a venir al pedo.