La penumbra de la mente | Décima Parte: 35 libros

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Escena cuatro.

El inspector le tendió las fotos lentamente, estudiando cada uno de los gestos que se formaban en el rostro de Carla. Al tomarlas, la joven tendió una leve sonrisa. Cornejo se dio cuenta de ello y pensó:

“Asique la amabas, ¡ja! Era todo teatro como lo suponía, seguro que ahora viene el llanto desgarrador”. Efectivamente, unos segundos después de que pasó por alto la segunda foto que, por cierto, era la más escabrosa, ya que demostraba como la sangre se vertía por las paredes en forma de borbotones; Carla comenzó a llorar sin mesura. Cornejo seguía estudiando cada uno de sus gestos y creía que había encontrado no solo a la perpetradora del hecho, sino también a una potencial asesina en serie.

Carla terminó con las fotos y siguió con las cartas. Cuando llegó a este punto arrugó la frente y miró con especial atención, como si estuviese forzando mucho la vista.

―¿Qué es esto? ―preguntó la joven limpiándose los ojos.

―Es un mensaje, al menos eso creo yo. El oficial Estrada, en cambio ―dijo el ex inspector mirando a su colega―, cree que se trata de correo basura. Para mí, esos papeles contienen una amenaza. Creo que ahí dice que alguien le va a hacer daño. ¿Usted usa computadoras?

Carla comprendió la indirecta y sintió como un estado iracundo la invadió de repente. Estaba más furiosa que nunca, incluso más que cuando mató al pastor que la abuso. Sin embargo, intentó contenerse, aunque la rabia era más que evidente.

―¿De dónde sacó esto?

―El señor Fernández lo trajo, el sospechaba que Clarisa lo estaba engañando. Él cree, al igual que yo, que quién las mandó es el asesino y que debió ser uno de sus amantes. ―Carla sonrió de forma burlesca, como si supiese algo muy evidente que ya tendría haber visto hace tiempo.

―¿Qué es tan gracioso? ―preguntó el inspector indignado.

―Ella tenía sexo casual con muchos hombres, a veces tenía sexo ocasional en la salida de los boliches. Era muy dispersa y depresiva. Estoy segura de que usaba el sexo como medio escape para escapar de su terrible pasado.

Cornejo retomó los mensajes y las fotos. Luego de un suspiro largo y profundo pensó que necesitaba tomar hasta perderse unos días. La presión que ejercía en él cada interrogatorio era abrumadora; además, sentía que, de no poder resolver el caso, el alma de la pobre muchacha, e incluso la suya propia, jamás hallarían la paz.

―No creo que esa sonrisa fuese por eso ―dijo el inspector frunciendo el ceño y mirándola acusatoriamente―. Acabas de decir algo que todos sabemos y acabas de sonreír como si supieras algo que nosotros no.

―No sé nada ―respondió la joven desviando la mirada y rascándose la nuca.

―Estás mintiendo. ¿Qué sabes? ―Carla se dio cuenta de que ya era tarde, la habían atrapado mintiendo y que por más que lo negara ya no había vuelta atrás respecto a la opinión de detective y que dicha opinión la complicaría en un futuro cercano si no podían encontrar al asesino.

―Está bien ―dijo la joven desaminada―. Clari tenía un diario íntimo. Escribía en él todos los días. Creo que llenaba dos por año desde que tenía siete más o menos.

―Es imposible, se registró todo el departamento y no había de diarios.

―Ella los guardaba en un librero de su habitación. ―Cornejo dejó de prestarle atención y, aunque la joven seguía hablando, solo asentía, como si la estuviera escuchando, pero en realidad buscaba desesperadamente las fotos de la habitación. Sus pupilas se dilataron y su boca se secó más que cuando bebía; y es que, efectivamente, había un librero enorme en el que a simpe vista no faltaba nada, ya que los libros que quedaban fueron ubicados estratégicamente para que la presencia de los demás no cayeran en evidencia.

―Son entonces ―calculó Estrada ―, desde los siete a los veinticuatro diecisiete años, eso, por dos nos da treinta y cuatro diarios.

―Treinta y cinco con el que estaba escribiendo ―corrigió Carla.

―Si sabias eso, ¿por qué no me lo dijiste?

―¿Usted cree que habla bien de mí en sus diarios?

―Pero, señorita, si es inocente no tiene a que temerle.

―Yo sé muy bien cómo se maneja la policía, cuando pase un tiempo, van a incriminar a alguno de los sospechosos y, por mis antecedentes, sé que lo más probable es que me incriminen a mí.

―No es tan así ―murmuro Cornejo dudando de sus propias palabras―. Bueno señorita, con esto basta, cualquier cosa la volvemos a llamar.

La hermosa joven se levantó de detrás del escritorio y con una sonrisa fingida se despidió. El oficial Estrada no pudo sacarle la vista de encima hasta que cerró la puerta.

―Es hermosa ―dijo en un suspiro apasionado.

―Sí, pero es muy complicada. Ahora decime, como es que no nos dimos cuenta de esto.

―Era un librero, señor. Vimos que los dos últimos estantes estaban vacíos y, como la parte superior estaba llena de novelas románticas, supusimos que ese era el lugar para futuros libros. ―Cornejo lo observó con cizaña, como si estuviese a punto de insultarlo.

―El asesino entonces se robó: la parte inferior del torso, los diarios y la CPU.

―Sí. ―Estrada lo miró prestándole mucha atención durante un buen rato, intentando percibir que era lo que el inspector pensaba―. ¿Cree que fue ella?

―No lo sé, Claudio. ―Tomó sus ojos entre sus dedos, un gesto muy común que solía hacer cuando se despertaba con una enorme resaca―. Es la única capaz de semejante violencia, al menos eso creo.

―Afuera está esperando Laiseca.

―Hacelo pasar. ―Estrada se volvió a la puerta para que su voz se hiciera oír en el pasillo. Y, mientras que realizaba la acción, vio la cara de Cornejo a contra luz, y pudo notar como las arrugas hacían sombra en su propia cara. Sintió un poco de pena al ver como el alcohol lo había avejentado al menos diez años.

El oficial salió y clamó el nombre del último sospechoso que, al oírlo, ingreso tembloroso a la sala de interrogatorios.

Continuará…