El momento preciso

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La puerta entreabierta lo paralizó. Durante el trayecto desde lo de Morales hasta su casa rogó para que sólo se tratara de una mala broma, pero una vez que se atrevió a entrar supo que la voz cascada y anónima no había mentido.

Todo había comenzado seis meses antes, la misma mañana en que la conoció. Hoy sabía, luego de lo ocurrido, que su casual encuentro había sido tan ensayado como una obra de teatro.

Diego Escalante, ese era su nombre, se había forjado con poco más de treinta años una reputación dentro de su mundo. Con el apoyo de la beca otorgada por la comisión Fulbright había sido aceptado en las instalaciones al norte del río Charles, en Boston. Obtuvo el doctorado en ciencias de la computación en el Massachusetts Institute of Technology y en poco tiempo dejó muy claro, a todo aquel que quisiera saberlo, que su capacidad para crear un programa no conocía límites.

No fueron pocas las ofertas que recibió, invitándolo a permanecer en el país que lo había educado. Hasta el mismísimo fundador de Microsoft lo tentó para unirse a sus huestes. El hombre de cabello negro ondulado y ojos como noche cerrada, las declinó todas y cada una.

Su programa para ser usado por la aviación civil, cuya tarea específica era la de evitar tragedias como la ocurrida en el Aeropuerto Allen Dulles, cuando en el 2006 colisionaron dos aviones debido al error de uno de los controladores de vuelo, le había proporcionado a su cuenta bancaria los ceros necesarios para no preocuparse por sus ingresos, al menos por una temporada.

Con la misma avidez con la que se dedicaba a la actividad profesional buscaba todo aquello en lo que le fuese posible realizar una apuesta. Sus aficiones iban desde el pócker hasta las carreras de caballos o de galgos, y en un par de oportunidades había enfrentado algunos problemas por no saber elegir al gallo vencedor.

La noticia que consiguió transformarlo en un asesino llegó hasta su puerta a través de la imagen de una mujer de rostro ovalado, de tez mate y unos ojos grandes protegidos por cejas para nada delgadas. Llevaba el cabello castaño corto y hasta podría decirse que desprolijo. Lucía un vestido de color claro, no demasiado ajustado, sólo lo necesario para que quienes la observaran, o sería más apropiado, tal vez decir, para que quienes la disfrutaran pudieran admirar sus formas precisas y bien ubicadas.

La visita de Patricia Gómez Urrutia, ese era el nombre de la chica según supo después, tenía el objetivo de ofrecerle formar parte de la familia de Medicalis, una empresa de asistencia médica privada.

—Disculpame, ¿tenés algo que hacer esta noche? —preguntó Diego, mientras ella acomodaba con esmero los documentos dentro de una carpeta.

La mujer levantó la cabeza y fijó sus ojos en él con marcada seriedad. Diego esperó lo peor.

—No, por qué… —respondió por fin después de unos duros segundos.

—Estoy invitado a una fiesta a la que no pensaba ir, pero…

—¡¿Una fiesta?! Dale vamos; me interesa.

En las cuatro semanas siguientes hubo muchas otras salidas. Ambos sabían o creían saber todo el uno del otro. Diego le había hablado de un ambicioso proyecto en el que se encontraba trabajando desde hacía más de un año. Hizo hincapié en el secreto del mismo y ella agradeció con su amplia y pareja sonrisa la confianza que se le dispensaba.

Todo olía a perfección entre ambos y, buscando que esa perfección se prolongase, Patricia fue de a poco dejando sus cosas en lo de Diego. Una tarde de domingo al declarar un empate en la extenuante y bella lucha entre labios, brazos y piernas la muchacha se tendió boca arriba, como siempre lo hacía y como siempre extendió la mano derecha en busca del paquete de Virginia Slims. El muchacho como siempre frunció la nariz, pero como siempre no dijo nada.

—Hoy en la oficina supe de algo que te puede llegar a interesar —comentó ella, exhalando el humo con paciencia sin saber que sus palabras iniciaban la cuenta atrás de lo que serían sus últimos días.

—¿Y qué es eso tan interesante? —dijo con tono divertido sin dejar de acariciarle el estomago con la punta de los dedos de su mamo izquierda.

—Parece que en lo de Morales van a organizar un torneo de pool y hay muy, pero muy buena plata para el ganador.

Las palabras pronunciadas consiguieron el efecto buscado. La falsa enamorada no había dejado de notar, en su primera visita, la majestuosa mesa que ocupaba un rincón del comedor.

El torneo se desarrolló con resultados mágicos para el genio en informática: tres de cada cinco de sus tiros daban en el blanco perdiéndose en lo profundo de las buchacas. No se preocupó cuando su amada no respondió a sus llamadas ni a los mensajes de texto. En cambio, sí lo hizo al responder una llamada de número desconocido donde una voz cansada de fumador profesional dijo:

—Yo que vos, salgo de raje para tu casa. Te están afanando.

Se produjo un silencio completo al que se le sumó de a poco un doloroso miedo. El jugador, hasta hace unos minutos exultante, se obligó a no imaginar una traición, pero con cada cuadra que el Audi A8 se tragaba el miedo crecía más y más. Entró en la casa. Buscó en todas y en cada una de las habitaciones, revolvió y vació los cajones y nada. No había rastro alguno que evidenciara que en los ciento ochenta días pasados una mujer hubiese estado allí. Patricia lo había abandonado llevándose con ella el prototipo del proyecto en el que trabajaba, en el que había centrado sus esperanzas de alcanzar de una vez y para siempre la cima de su oficio.

Cayó de rodillas y cubriéndose la cara con ambas manos lloró, con el mismo desconsuelo con el que lo hiciera la noche en la que supo que su abuela había muerto.

El viento que hinchaba las velas de su vida dejó de soplar y todo se oscureció.

La agencia federal de inteligencia gracias a una tarea conjunta con la dirección general de seguridad exterior de Francia supo que el software había sido vendido a un representante de la Societé Nationale Industrielle Aerospatiale, la misma que construyera los misiles Exocets que se utilizaron durante la guerra de Malvinas. La transacción se llevó adelante sin visos de irregularidad, por lo que el gobierno argentino estuvo imposibilitado de realizar algún reclamo y el doctor en ciencias de la computación que una vez fuese una leyenda en el M.I.T., perdió de un solo golpe cualquier prestigio alcanzado, hasta ser dejado de lado como un papel arrugado y sucio.

La noticia apareció durante algunos días en la radio y la televisión, aunque nadie le otorgó demasiada importancia. Los accidentes de tránsito son algo tan habitual como la noche y el día en las grandes ciudades.

Una mañana invernal de lunes, por pura casualidad, Diego Escalante, ahora profesor en una escuela secundaria, se topó con quien fuera su más doloroso amor. Estaba algo cambiada pero sin duda era ella. La persiguió, la alcanzó en la calle, la enfrentó y en el momento preciso la empujó viéndola caer bajo las ruedas de un colectivo.