El Iron Man de la cementera

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Era la tercera o cuarta vez que acudía a la cementera, o para reclamar por un envío de cemento demorado, o para comprar más producto, gracias a los paupérrimos cálculos de mi arquitecto. El enorme galpón tenía buenos precios, los mejores de Mendoza, por esto estaba abarrotado, pero su servicio de atención al público, logística y distribución eran un desastre. La atendían tres empleados entrados en años, cansados de un laburo tan monótono, con más ganas de jubilarse que de vivir. Los dueños estaban en unas oficinas del fondo haciendo negocios y rara vez aparecían para dar la cara. Era habitual las demoras, las diferencias, las discusiones con los clientes y un largo etcétera… pero lo que estaba por vivenciar aquella tarde, dudo que jamás en la historia de la cementara haya sucedido.

Era un miércoles de febrero, cerca de las seis de la tarde, un calor agobiante se filtraba por las cortinas gastadas de la zona de atención al público. Los tres empleados atendían a diversas personas y estábamos en espera cuatro o cinco preocupados más. Sabido es que ahí se compra cemento preparado y éste siempre, pero siempre es caro. Los aires no daban respiro y sin dudas, deduje, que era esta temperatura era uno de los agravantes de la mala onda de los empleados.

El más viejo de ellos atendía a una pareja de mi edad. Él era un muchacho delgado, de estatura media una frondosa barba y se gesticulaba con parsimonia y tranquilidad. Por el contrario ella era una bomba. Curvilínea, de rodete atado arriba, piel blanca y absolutamente histriónica. Alego a tales características porque, obviamente, estaban peleando con el empleado. La situación era sinceramente tragicómica para la pobre pareja.

— A ver Ernesto — le decía con paz el muchacho al empleado — yo vine en Noviembre del año pasado, te compré doce metros cúbicos de cemento en efectivo, te dije que me llevaba diez y te pregunté si me podías acopiar los dos restantes, ¿cierto?

— Cierto — respondió Ernesto inmutable.

— ¡Y me dijiste que mínimo seis meses me lo podías guardar!

— Cierto… y no te he mentido, si pagas la diferencia tus dos metros cúbicos están para que te los lleves hoy.

— ¡A no sos un chanta mal! — gritó la esposa del muchacho, que recibió una mirada de furia por parte de Ernesto y una mano que hacía signos de calma por parte de su marido.

— Es que esto es lo que no entiendo, yo te pagué todo en efectivo, los doce metros…

— ¡Pero ahora salen más del doble! — interrumpió el vendedor — ¡la empresa no puede hacerse cargo!

— ¿Nos estás tomando el pelo, cierto? — refutó indignada la chica y se puso de pié de la ira.

El muchacho se paró para contenerla y se volvió a dirigir al Ernesto, esta vez con un leve aumento en el tono de voz — Ernesto… yo hace tres meses te pagué los doce metros y vos me dijiste que tenía “mínimo seis meses” para buscar los dos restantes… ¡pero están pagos, querido! ¡No podes actualizarme el precio de algo que te dejé cancelado en noviembre!

— Problema de ustedes, el cemento aumentó un 100% desde aquella vez, ¿en qué país viven ustedes? — acotó picante Ernesto y detonó la bomba.

De pronto la chica atinó a abrir la boca para profesar un insulto y su marido directamente apoyó suavemente la palma de su mano en los labios y la miró con unos ojos completamente diferentes… el cambio fue tan rotundo y virulento que pude darme cuenta hasta yo, que no los conocía. De paso, intuyendo que ante tamaña injusticia las cosas no iban a terminar bien, me arrimé un poco a la pobre pareja, con ánimos de saltar en su defensa.

— Ernesto sos un hijo de puta… ¿vos me viste cara de boludo? — dijo el muchacho fuera de sí — ¿vos me queres hacer creer que esto es normal, que es normal actualizarle el precio a los clientes por los productos cuando ustedes nos venden como una ventaja el tema de acopio de materiales? ¿Vos sabes lo que significa acopiar materiales? ¡Llamame ya al encarado o al dueño!

— Esto lo tienen que hablar conmigo — dijo Ernesto parándose lentamente del asiento, lo cual me llevó a intervenir porqué se iba a descontrolar todo.

— Señor los chicos tienen razón — metí bocadito de cagón de fondo. Nadie me dio bola, solo la chica me miró de reojo dando señal de que me había visto.

— ¡Sos un caradura! ¿Para qué te crees que te dejé pagado todo hace tres meses chanta? ¡Para que me congelaras el precio, como hacen todas las empresas a las que les pagas el producto por adelantado!

— Te hubieses llevado el cemento.

El muchacho estaba furioso, su piel se había tornado en un rojizo intenso y gotas de sudor corrían por su frente y cuello. Por el contrario, la chica, se había serenado, estaba colorada, pero miraba fijo a su marido con los ojos como platos.

— ¡Yo a vos te voy a recagar a piñas y me voy a llevar el cemento sin pagarte nada más! — pegó el grito en el cielo el pibe y se le arrimó al vendedor, ahí me adelanté y lo tomé suavemente por el hombro. Ernesto de inmediato retrocedió, el mostrador hacía las veces de barricada. El chico sin mirarme, pero sin seguir su camino gritó — ¡llamame al encargado o cruzo y te reviento!

En ese momento llegó aquella persona, un muchacho joven, bien parecido y sorprendido de los gritos, apenas irrumpió dio señales de calma. Me corrí de la escena y me arrimé a la chica.

— Tranquila, este chico es re piola, es el contador de la empresa — le dije susurrando, ella sin quitar la vista de su marido asintió.

— ¡Este chorro que tenes de empleado me quiere estafar, mirá! — gritaba el chico al tiempo que sacaba el recibo de Noviembre con los doce metros pagados.

— Tienen toda la razón — le dije por lo bajo a su esposa.

— Jamás lo había visto así — me dijo ella impactada por la violencia de su marido, al cual una vena le dividía la frente en dos y un color malbec le teñía la piel, no sé en qué momento se había desprendido dos botones de la camisa y dejaba ver un pecho semi peludo.

— Preparale un té cuando lleguen a tu casa — le recomendé, mientras el chico le mostraba al contador que los doce metros de cemento estaban pagos y le decía que Ernesto pretendía que pagase la diferencia por lo que le faltaba llevarse ahora en febrero.

— Vos no sabes lo que me calienta verlo así — me dijo en un susurro muy bajo la chica cuyo sudor también se había comenzado a notar en los pómulos y frente. Yo me quedé en orsay.

La pelea continuó un rato, al punto de que Ernesto contradijo al contador que, claramente, le daba la razón a la pareja. El muchacho se volvía cada vez más loco y de no haber intermediado éste último la charla se habrían ido a las manos seguro. Pero mi foco ahora estaba en otro lado mucho más entretenido.

La chica miraba a su marido con los ojos incendiados, se pasaba la lengua por los labios y se mordía el inferior. Yo sabía que no era de nervios… aquel tierno muchacho, convertido en el Iron Man del cemento estaba despertando pasiones inéditas en la mujer.

— Qué… ¿me vas a pegar? — se lo apuró cobardemente Ernesto al chico que estaba a más de tres metros del él — ¿siempre se pone así tu marido, nena? — le dijo con ironía a la distraída mujer.

— Es la primera vez que lo veo así y por Dios… — dijo ella entre dientes, abanicándose el pecho, sin sospechar que la alcancé a escuchar y tuve que darme vuelta para contenerme la risa.

Al cabo de unos instantes, el contador puso en su lugar a Ernesto, bajó los cambios del chico y le dijo que se quedase tranquilo, que tenía toda la razón del mundo, que había un error, le darían los dos metros de cemento y no le cobrarían el flete por el mal rato.

Se fueron sin saludar, ella salió prácticamente colgada del hombro de su marido, como una mujer borracha que sale a las seis de la mañana de un bar con el chico que estuvo flirteando toda la noche.

El contador se llevó a Ernesto para el fondo, seguramente se le venía una cagada a pedos suprema, quedaron dos viejos atendiendo y un silencio espectral. Luego de tres clientes me tocó mi turno, fue cuando apareció unos de los empleados del depósito riendo con picardía…

— ¡No saben la garchada que se está pegando una parejita en el estacionamiento de la cementera!

Y yo me reí a carcajadas.

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