A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 1

  •  
  •  
  •  
  • 40
  •  
  •  
    40
    Shares

—No hay ni rastro en ningún lado, patrón.

El hombre gordo disfrutaba de su cena. No era una buena idea interrumpirlo y menos con semejantes novedades.

—Así que se rajó nomás el infeliz —dijo el hombre gordo arrancándose del cuello el enorme repasador de cuadros que usaba para evitar que su camisa de seda blanca se manchara con los restos de boloñesa.

—Eso parece, patrón —el empleado mantenía cierta distancia. No sería la primera vez que su jefe decidía matar al mensajero.

Alberto «Tito» Samudio, el hombre gordo, el patrón, empujó su silla hacia atrás. No le resultó fácil ponerse de pie: los kilos que debía mover y sostener representaban un problema.

—¿Dejaste a alguien de campana en lo de la abuela? —quiso saber.

—Sí patrón.

—De todas maneras no creo que vaya a aparecer por ahí.

—Yo tampoco.

—Acaso te pregunté tu opinión, infeliz.

—No patrón —respondió el empleado bajando la cabeza como un alumno al que han sorprendido tirando una tiza.

—Bueno andá —señaló la puerta de salida de la cocina con el dedo índice y el brazo izquierdo extendido—. Búsquenlo por todos lados. No dejen ni una piedra por levantar.

—Sí patrón —dijo el empleado dando algunos pasos lentos marcha atrás—. Como usted mande.

—Ah y lo quiero vivo —sentenció—. Dejales eso muy clarito a los muchachos.

—Sí patrón —repitió el empleado.

—Con la pendeja desagradecida esa, siéntanse libres de hacer lo que se les cante.

Esta vez el empleado no emitió sonido. Giró sobre los talones, empujó la puerta de vaivén para ganar la calle lo antes posible.

No sé cómo mierda vamos a salir de semejante quilombo, se dijo.

Cuando Tito Samudio volvió a quedarse solo se cubrió la cara con las manos y lloró.

Lloró como no se había permitido hacerlo nunca antes.

***

El Narigón Valdés: el empleado. Apoyó la espalda contra el poste del semáforo. Encendió un Parisiennes, le dio una calada a fondo y dejó escapar el humo despacio con la vista puesta en las quebradas baldosas de la vereda.

El celular vibró en el bolsillo derecho de su campera. Tiró el inconcluso cigarrillo para pisotearlo dos o tres veces, antes de atender.

—Ni un pucho en paz se puede disfrutar la re puta madre.

Supuso que la pantalla le mostraría el nombre de Samudio, se equivocó.

—Hola —dijo.

Escuchó con ganas de seguir fumando.

—Y cómo voy a estar Galleguito hijo de puta, encima me lo preguntás. Cruzó la calle enarbolando el dedo medio de la mano izquierda como respuesta a un insolente bocinazo.

—Si hago mi laburo te van a cagar matando y si me sigo haciendo el pelotudo, el que voy a perder, tarde o temprano, voy a ser yo.

Continuará…