La penumbra de la mente | duodécima Parte: Laiseca y Clarisa

Escena dos:

―Todo comenzó hace aproximadamente tres años ―dijo Claudio Laiseca mostrándose risueño a iniciar su relato, parecía que estaba enamorado y que no podía ocultar dicho sentimiento―. Clari llamó por teléfono a la empresa donde trabajo. No sé si lo sabe ―le cuestionó al inspector―, pero trabajo en una empresa que se dedica a reparar lavarropas, heladeras, aires acondicionados, ya sabe, arreglos en general para la casa.

―Si lo sabía ―respondió Cornejo adoptando una postura más cómoda sin dejar de sostener el expediente en la mano―, prosiga…

―Ella llamó porque el calefactor del departamento donde alquilaba había dejado de funcionar. Fui yo; y después de demorarme el tiempo necesario e inventar una avería para justificar mi sueldo, limpié el pico de la estufa a gas y la encendí. Debería ir en invierno, Cornejo, esa casa es muy helada. ―El oficial sonrió cínicamente al recordar lo fría y lúgubre que encontró la casa cuando fue la última vez con el oficial Estrada.

―En fin ―agregó Laiseca―. Le pase mi numero personal, me pareció un poco extraño ver a una joven tan linda viviendo sola, sentí la necesidad de protegerla, ¿no sé si me entiende?  ―inquirió mirando a los ojos del inspector buscando aceptación, quien asintió con la mirada y que con un leve gesto le pidió que continuara―. Y ya se podrá imaginar que pasó. Ella me comenzó a llamar al principio una vez por semana, siempre por estupideces como: el flotante de la mochila del baño, un defecto en la instalación eléctrica, una laucha en la cocina, etc. ―Al recordar este último hecho soltó una leve risa seguida de un llanto aún más corto, pero evidentemente desgarrador―. Yo juro que no me di cuenta, pero sin querer me empecé a enamorar. Al principio lo tomé como trabajo, incluso como horas extras porque, siempre que iba, me quedaba una hora o dos conversando, me di cuenta, entonces, que Clarisa además de vivir sola, se sentía sola y tenía mucho miedo.

―Miedo, ¿de qué?

―No lo sé, pero siempre estaba alerta, revisaba las puertas y las ventanas dos o tres veces antes de acostarse y dormía muy poco. ―Cornejo se quedó pensando mientras que Laiseca seguía con su testimonio―. Una cosa llevó a la otra; y, un día, cuando me llamó para que le cambiara un foco que no se había quemado. Cuando terminé y salí del baño, fui a buscarla a la habitación, ahí la encontré desnuda.

Mi primera impresión fue la de salir corriendo de ese lugar, tenía una esposa e hijos, no quería perder todo por una calentura adolecente; pero, calculo que usted sabe que, después de quince años de casado, la pasión ya no es la misma; y, a decir verdad, yo y mi esposa no teníamos relaciones desde hacía seis meses más o menos. Intenté resistirme, pero fui inútil… muy inútil ―sentenció Laiseca dejando en claro a través de sus gestos que todavía sentía culpa por eso.

―No se aflija, Laiseca, era una joven muy hermosa, hasta el hombre más fuerte hubiese cedido.

―Si, como sea, pero yo era veinticinco años mayor ―concluyó ―. Después la relación se volvió turbulenta, me las arreglaba para ir todos los días escondiéndome de mi señora y del novio de ella. Eso la entretenía, hasta podría decirse que la excitaba. Estuvimos, así como seis meses, hasta que mi señora empezó a sospechar. Se dio cuenta que una mujer llamaba al menos una vez a la semana para una reparación. Un día, me siguió y me vio entrar en la casa, según me dijo mi cuñado, ella se asomó a la ventana ese día y me vio en pleno acto.

Me fui como cualquier otro día y cuando llegué a mi casa se desató el infierno. A una cuadra, vi dos móviles de la policía, y un vecino me dijo que había pasado algo en mi casa, fui corriendo, y al entrar, un oficial me tiró al piso. Me dijo que estaba arrestado por violencia doméstica. Cuando levante la cabeza vi que mi ex mujer ―hizo un uso lascivo al terminó “ex”, como si le diese asco―, se estaba riendo. Ella tenía moretones en los brazos y en la cara. Un tiempo después, mi cuñado, que siempre estuvo en contra de lo que hizo, me contó que se golpeó así dándose cabezazos y topetazos contra el marco de la puerta. Unos vecinos declararon en contra, calculo que se vengó de mi con ellos, si me entiende.

―Sí, por lo general, una mujer despechada suele hacer eso.

―Si ―reconoció con tristeza―, suelen hacerlo. Bueno, después me echaron de mi trabajo, no literalmente por suerte, porque sigo trabajando ahí, pero en negro, porque el juez me sacó casi el cuarenta por ciento del sueldo. Ella conoce gente en el juzgado y logró ese trato… ―En ese momento Laiseca flaqueo un poco, su expresión se volvió iracunda y el sudor volvió a aparecer en su frente.

Apenas me separé, estuve muy mal, tengo que reconocerlo, pero Clari me sacó adelante. Fue más que una amante, fue una gran amiga y compañera.

―¿La amabas? ―preguntó Cornejo sabiendo lo retorica que era esa pregunta.

―Sí, y mucho. Lo negué mucho tiempo porque ella fue la causa de mi separación, pero me di cuenta que era mejor estar sólo o salir a escondidas, que seguir casado con mi ex en un matrimonio sin cariño. ―El inspector sintió una leve epifanía cuando oyó eso y por primera vez desde que estaba sólo se planteó la idea de si él en verdad aún amaba a su ex.

―¿Qué sabe de la relaciones paralelas que tenía?

―No me gustaban, pero no me molestaban. Es decir, ella era una flor libre, jamás podría apropiarme de ella. Al que le disgustaba su forma de ser era a Ángel, su hermano, él decía que ella debía estar con un hombre de bien y formar la familia que nunca tuvo. Más de una vez discutieron por eso. A su papá, sé que lo odiaba, pero nunca supe porque―. “Lo mejor sería que no te enterrases nunca ―pensó Cornejo― ya que si lo hicieras probablemente terminarías matándolo”.

―En cuanto a Matías, su novio, me daba pena, porque él, al igual que yo, la amaba muchísimo. Incluso pensé en dejarla después de que se casó, para que tuviese un feliz matrimonio, al menos al inicio.

A Carla la conocí una vez que fui a su casa de noche, conversamos y tuvimos un trio. La mejor experiencia de mi vida ―agregó sonriendo―, y no conozco otro amante. Aunque sé que cuando salía a bailar, solía terminar la noche con algún muchacho.

Cornejo, al igual que con los demás sospechosos, lo examinó unos segundos y le tendió una de las cartas, la más corta y por ende la más fácil de descifrar. Laiseca, al verla, entrecerró lo ojos, dejando en evidencias dos hechos irrefutables; el primero, su pobre vista y el segundo que no entendía que significaban las letras impresas en el papel.

―¿Sabe qué es eso? ―preguntó el inspector sin apartar la vista.

Continuará…