La mujer del cuadro

“¿Qué es el arte? Si lo supiera, tendría buen cuidado de no revelarlo. Yo no lo busco, encuentro”
Pablo Picasso

Entró a su cuarto, cerró con traba y se escondió bajo las sábanas, sosteniendo una de las novelas sobre su pecho.

***

Virginio Zabala era un hombre nonagenario que vivía solo en una mansión muy deteriorada por el tiempo, quizás un tanto más que él. Su vida era normal, no obstante, había algo que lo inquietaba de sobre manera en el estudio que fuera alguna vez de su padre.

Cuando Virginio transitaba la corta y tierna edad de los cuatro años, sintió por primera vez el flechazo del miedo, que suele ser, la mayoría de las veces, más potente que el del amor. Se encontraba jugando con autitos de madera que su padre le había comprado en su último cumpleaños y, cuando se disponía a chocarlos frente a la gran chimenea, elevó su vista y vio que la mujer semidesnuda en el cuadro lo observaba directamente. En ese momento, sólo tragó saliva y se fue caminando de espaldas hasta la puerta, con tanto miedo y desesperación que olvidó sus autos de madera.

Los episodios nefastos en relación a ese cuadro siguieron pasando. El miedo en lugar de desaparecer, prevalecía cada vez con más fuerza. Era como si el tiempo le permitiese a esa mujer perseguir a Virginio por cada uno de los rincones de la casa.

En una ocasión, a los dieciséis años, intentó incendiar la pintura, sin embargo, no lo logró, porque su padre detectó el humo y apagó el micro incendio antes de que este se esparciera. Luego de este episodio, las pesadillas de la mujer parada en los pies de su cama viéndolo dormir fueron cada vez más frecuentes y tenebrosas. En algunos casos, llegó hasta a soñar con que la mujer se subía sobre él y no le hacía absolutamente nada, sólo lo observaba, impasible e inexpresiva, con una mirada tan profunda que llevaría hasta al más cuerdo a la demencia absoluta. El pavor, ante este hecho, ocasionó que él no pudiese ni siquiera entrar al estudio.

Los años pasaron y Virginio se casó, tuvo una esposa, un hijo y el miedo al cuadro desapareció, tanto así que convirtió el viejo estudio de su padre en su biblioteca personal, llena de novelas, ensayos, libros de filosofía, etc.

Su vida en su adultez fue muy feliz, era un hombre que lo tenía prácticamente todo. Sin embargo, y por desgracia, la alegría no es para siempre y, en una tarde nublada y muy fría de invierno, su esposa falleció, dejándolo completamente devastado. Virginio sintió que parte de su ser murió también ese día. Al poco tiempo comenzó a sufrir de insomnio, al principio se despertaba a la seis, luego a las cinco y media; y, por último, a las cinco. El miedo irracional a la mujer del cuadro estaba volviendo, no obstante, podía hacerle frente; hasta que un día su hijo abandonó la casa paterna para formar su propia familia.

En este punto, la vida de Virginio cayó en picada, el insomnio se intensificó. De despertarse a las cinco, pasó a despertarse a las cuatro y media, para luego pasar a las cuatro y terminar así, sin sueño a las tres y media.

Las excursiones a la biblioteca se volvían cada vez más rápidas. Virginio entraba a toda velocidad y sacaba una o dos novelas, percibiendo que la presencia lo perseguía muy de cerca, tanto que a veces podía asegurar que lo llamaban delicadamente por su nombre:

―Virginio. ―Oía en un susurro, como si su nombre fuera arrastrado por una delicada brisa. Esto lo llenaba de pavor, intentaba debatirse entre su mente racional e irracional que su temor era estúpido e infantil, intentaba convencerse a sí mismo de que no había nada malo en la biblioteca, sin embargo, no podía ignorar la presencia de la mujer del cuadro que lo acosaba día y noche en cada rincón de su casa. Llegó a un punto de inflexión en que no se animaba ni siquiera a dormir por el pánico que tenía.

Entonces, una tormenta poderosa comenzó a cernirse lentamente sobre la mansión. La electricidad se fue luego de que un resplandor potente iluminara el interior de su habitación como el sol en pleno día. Luego de eso, un aguacero intenso se liberó y los truenos se hacían oír una y otra vez, parecía que el mundo se estaba acabando.

Virginio no pudo conciliar el sueño en toda la noche y sentía que el tiempo se había ralentizado absurdamente. No hacía más que mirar su reloj una y otra vez consultando la hora. La noche parecía interminable, y más porque se había quedado sin material de lectura. Miró su reloj por última vez, y vio que eran las dos de la mañana. Se llenó de valor y con lágrimas en sus ojos salió corriendo de su habitación lo más rápido que pudo, teniendo en cuenta la precaria movilidad de su cuerpo. Al entrar al estudio, tomó las primeras tres novelas que vio sin distinguir siquiera el título. Cuando llegó a la puerta, escuchó como si un gran trozó de tela se rasgara. Entonces, un relámpago iluminó el recinto y Virginio se dio vuelta para ver si su temor era verdadero. Cuando observó al cuadro sobre la chimenea, casi se desmayó al ver que la mujer en el mismo había abandonado el marco donde había reposado por más de cien años.

El nonagenario corrió lo más rápido que pudo, sintiendo cómo la mujer le susurraba al oído una y otra vez que era imposible huir. Entró a su cuarto, cerró con traba y se escondió bajo las sábanas, sosteniendo una de las novelas sobre su pecho.

Después de unos segundos, su vista se ajustó a la oscuridad y pudo notar, para su horror, que la mujer del cuadro estaba pasando por debajo de la hendidura de la puerta. Ella caminó seductora hasta la cama y miró fijo a los ojos de Virginio. Un rayo cayó a escasos metros de la propiedad y la mujer se recostó sobre el anciano que intentó gritar y defenderse en un esfuerzo inútil.

Por la mañana, el niño que le hacia los recados a don Virginio, notó que el anciano no salía después de insistir un rato llamando a la puerta. Al no tener repuesta y al conocer la condición del anciano, pensó en lo peor, por ende, decidió llamar a la policía que no tardó en llegar y en inspeccionar toda la casa. La policía buscó en cada rincón, sin encontrar absolutamente nada, sólo hallaron una novela vieja en el centro de la cama desarreglada.

Lo que ningún uniformado notó fue que, en la chimenea, donde reposaba un viejo cuadro, la mujer que algún día lo adornó, también había desaparecido.

Fin.

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