La penumbra de la mente | decimotercera Parte: una luz en la oscuridad

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Escena tres.

Laiseca y el inspector Cornejo se encontraban en la sala de interrogatorios. Ambos hombres estaban tensos y representando claras sensaciones de incomodidad. Cornejo le permitió ver uno de los mensajes cifrados, el cual, redactaba lo siguiente:

“IImu,Cmuse,atuuatmuómuenuuewatañdeu,ieakutumencádemataiuanuuói. zeuamiayqmeroáoñuwaa,timioñiasnuñi, nasadauoñuiasnuñu. Zoñuiasnuñuqoaeatasqsiuaheeuqisoñiasnuñi. Ianadutizatduqunituáñmohusceiñumakuei,eieeiñueeañitdiñiabu.”

Laiseca llevaba cinco minutos observando los patrones y estudiándolos con detenimiento. Luego de rendirse, suspiró profundamente, elevó la vista a los oficiales que esperaban de forma impaciente y dijo:

―No puedo entender qué es lo que dice, pero estoy seguro que se trata de una amenaza. ―Los ojos del ex inspector se dilataron como si hubiese visto el espectro de Clarisa en la mitad de la noche yendo al baño con la cabeza cercenada.

―¿Estás seguro de lo que decís?

―Sí ―musitó Laiseca, su tono escondía un poco de vergüenza―. Estoy seguro, ella siempre tuvo miedo, mucho miedo. Al principio creí que era una fobia por vivir sola, pero con el pasar de los meses comprendí que había alguien que la acosaba. ―En ese momento su cara de hermeticidad se rompió y comenzó a sollozar―. Si hubiese sido más precavido, tal vez la hubiera salvado ―se lamentó.

Cornejo, al ver el deplorable estado del sospechoso, decidió no sacar las fotos. No valía la pena enseñárselas. Después de unos minutos, tranquilizó al hombre y le preguntó si se sentía bien para manejar. Laiseca respondió que sí y se fue caminando por el largo pasillo que lo llevaba al acceso principal del edificio.

―Ese tipo envejeció diez años desde que llegó ―afirmó Estrada sintiéndose muy mal por el hombre.

―Sí, es verdad ―respondió el inspector cubriéndose la cara con las manos. Estaba cansado, muy cansado y lo peor de todo era que no tenía un sospechoso clave, alguno que parecía ser el culpable. Quien haya sido, pasó por ese interrogatorio, pero fue lo suficientemente listo como para pasar por ahí y no decir nada que lo incriminara más.

Luego de debatir por más de tres horas, los oficiales llegaron a estas conclusiones:

Matías Fernández: tenía motivos de sobra para asesinarla. Podría ser, tal vez, quien más motivos tuviera, sin embargo, él ya había planeado dejarla plantada en el altar y además llevó las fotocopias de los correos a la policía. Cornejo lo descartó, ya que ninguna persona en sus cabales llevaría voluntariamente evidencia a la policía, pudiendo correr el peligro de ser encarcelado. Y otro aspecto a resaltar, es que el joven en cuestión, no disponía de la fuerza necesaria para llevar a cabo semejante atrocidad.

José Luis Olivera: Era uno de los sospechosos más importantes, debido al comentario de su propio hijo que aseguraba que acosó de ellos en toda su infancia. Sin embargo, hay muchas inconsistencias en este punto. La primera y más importante, era la voz del sospechoso. Según el informe forense, se estipulaba que hubo una pelea a las tres de la mañana con gritos que se oyeron hasta tres casas de distancia. José Luis tenía la garganta muy lastimada, no podría haber gritado, a no ser, claro está, que el grito fuese de su hija. Otra inconsistencia es que el hombre se encuentra muy lastimado por el altercado que sufrió cuando se separó de su mujer. No se puede mover con facilidad y carece de fuerza en uno de los miembros superiores. Esto hacía que Cornejo lo descartara como sospechoso; en cambio, Estrada, estaba seguro que se trataba de él.

Ángel Olivera: Se vio apacible en los interrogatorios y aportó mucha información crucial. Pensaban que él sabía mucho acerca de su hermana ya que eran gemelos. A ninguno de los oficiales le cayó bien debido a su forma arrogante de dirigirse a la autoridad, sin embargo, se encontró poca o nula evidencia de este sospechoso al momento del crimen.

Carla Aliotta: Después de José Luis Olivera, ella es la sospechosa más comprometida, ya que tiene un pasado turbulento con cuatro asesinatos en su haber y, según dijo en un informe psiquiátrico: “Le gustaría volverlo a hacer”.

Durante el interrogatorio, Cornejo creyó darse cuenta que mentía, no obstante, aportó información valiosa sobre los diarios que fueron robados. Probablemente en esos cuadernos esté la información que necesitan para encontrar al autor material del crimen.

Alberto Laiseca: De este hombre sólo se encontró una mancha de semen en las sábanas. La mancha fue corroborada por un análisis de ADN. Esto lo convierte a los ojos de la justicia en el sospechoso número uno, ya que esa evidencia demuestra que él fue el único que estuvo ahí ese día. Además de que su matrimonio se terminó cuando inició su relación con Clarisa Olivera. Motivo suficiente para querer hacerle daño.

―Esto está más enredado que antes ―se lamentó Estrada―. No sabría decirle cómo seguir ―concluyó sintiéndose un poco avergonzado por no encontrarle la vuelta de tuerca al caso.

―Sólo podemos pedir un allanamiento en la casa de los cinco sospechosos. Si encontramos el torso, la computadora, o los diarios, podremos determinar quién la mató.

―Y quién le asegura que no se deshicieran de la evidencia. Ya pasaron tres días, señor. Lo más probable es que la hayan tirado. ―Cornejo estaba furioso, bramando de ira, pero el muchacho tenía razón. Se quedó quieto unos minutos, ordenó los papeles y se fue a su casa a descansar. Hicieron los pedidos de allanamiento lo más rápido posible, ya que, al otro día, alrededor de las tres de la tarde, Clarisa iba a ser sepultada en el cementerio de la localidad y él, al igual que muchas personas del pueblo iban a asistir al entierro y a la oración que se iba a celebrar en el suelo santo.

Cornejo estaba devastado, llamó a la casa de su ex para comunicarse con su hijo y al oír su voz colgó inmediatamente. Entonces, se fue a la cocina, sacó una botella de vino a medio tomar. Deseaba perderse en el alcohol, estar sobrio era muy aburrido y trágico, la cabeza no dejaba de darle vueltas. No sabía cómo afrontar su vida y el caso de Clarisa. La idea de concluir con todo cuando terminara la botella comenzó a rodar en su mente.

“Tal vez me tome dos más, después de todo van a ser las últimas. pensó. Sin embargo, a último momento, cuando el frío de la bebida alcohólica ya se había trasladado a sus dedos, el teléfono sonó, provocándole un brinco sobre la cama, por lo que derramó el vino al suelo.

Insultó a más no poder y, después del quinto timbrazo, respondió:

―Hola.

―Sí, inspector Cornejo. Es de la comisaría. Tenemos buenas noticias.

―¿Qué pasó? ―preguntó Cornejo intentando ocultar la exaltación. La taquicardia en ese momento le produjo un leve dolor de cabeza, sin embargo, no le importaba, quería saber de qué se trataba.

―Acaba de llamar Ángel Olivera, dice que su hermana escondía el diario que estaba escribiendo en una trampilla del techo.

―Una trampilla en el techo.

―Sí. ¿Quiere que un móvil lo vaya a buscar o prefiere ver la evidencia mañana en la mañana?

―No es necesario. Voy a la casa de la víctima. Si puede, por favor, podría comunicarse con Estrada para pedirle que vaya también.

―Él ya está allá, señor.

―Ya veo… bueno, muchísimas gracias ―concluyó y cortó la llamada.

―Una trampilla en el techo ―murmuró.

Salió de su casa y la lluvia de invierno era más potente que nunca, los nubarrones lograron que la noche se volviera más oscura aún, como si se tratara del último círculo del infierno. El frío le penetraba los huesos, provocando que su artritis fuese imparable.

Una vez que subió al auto y se dispuso a conducir en dirección al departamento de Clarisa, se arrepintió de no haberle dado un mínimo sorbo a la botella, ya que lo necesitaba más que nunca.

Continuará…