A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 3

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A más de tres mil quinientos kilómetros de donde Tito hacía justicia por mano propia, valiéndose de esa honda que su padre le había fabricado con la misma dedicación con la que de niño pegaba suelas, se encuentra Caja de Agua, un barrio levantado en los terrenos desérticos al norte de la Gran Lima. Allí se habían asentado, huyendo de las garras del hambre, todos los campesinos de Ancash que no encontraron otro remedio más que el de enrollar los colchones para apretujarse junto a muchas otras familias en buses que les prometían poner distancia entre ellos y la pobreza.

Una de esas familias era la que formaban Arsenio Samudio y Edelmira Zapata quien para los tiempos en los que llegaron al distrito de San Juan de Lurigancho estaba embarazada por sexta vez en sus, no poco sufridos, treinta y cinco años.

Tendrían que pasar muchos inviernos para que Arsenio y Edelmira dejaran de añorar su Pampas natal. Tal vez fue por eso: para no dejar de perseguir los recuerdos, que hasta la mañana en que murió Edelmira no dejó de hervir en agua: ortiga, manzanilla, menta, panisara, poleo, valeriana, huamanripa, excursionera y cedrón.

La mezcla de olores que se escapaban de la cocina para llegar hasta el último rincón de la casucha en la que vivían la llevaba siempre de regreso a su niñez.

***

Una década después de haberse ido, el 5 de febrero de 1975, Orlando Samudio recorre Lima en busca de su padre. Le son ajenos los saqueos que se están produciendo en la ciudad por causa de la huelga policial. Ha respondido al pedido de auxilio de la familia.  Se fue sin nada y vuelve con los bolsillos abultados y una bella esposa.

—Si te vas —le había dicho Arsenio la noche en que Orlando lo buscó para pedirle su bendición y el abrazo que pocas veces le prodigara en el pasado—, estás muerto para mí.

La ciudad había inoculado en el padre de familia que aprendió a buscarse la vida como albañil y que en pocos años progresó hasta conseguir levantar su casa con los materiales nobles que son: el ladrillo y el cemento, unos males que lo llevarían a aparecer muerto en la puerta de su casa. Estos eran: el férreo amor por la cerveza y las mujeres que ya habían dado el sí quiero a otro hombre.

Al volver al barrio, tan cansado que era incapaz de pensar en otra cosa que no fuera desplomarse sobre una cama, Orlando supo que no podría contarle a su padre todo lo que había vivido en estos años. El cuerpo, como el de un muñeco de trapo, había sido arrojado desde un auto blanco que no demoró en acelerar y perderse para siempre.

Continuará…