Mi lucha diaria

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Alarma… ¡Vamos que vos podes! Así comienzan mis días, 07:00 de la matina. Despierto de manera esforzada, como si mil kilos me aplastaran, pero no, solo es la sabana y el cubrecama. Abro mis ojos lentamente con una fuerza que solo aquellos como yo entienden. Como un portón levadizo con contrapeso. Comienzo a observar la habitación lentamente, el pantalón en la silla, la remera en un perchero vintage, me encanta ese diseño antiguo, testimonio de horas de trabajo del maestro carpintero. Sigo observando, mis brazos lentamente comienzan a tomar fuerza, el hormigueo se siente más profundo. Contemplo en la pared de la derecha una mancha, salpicada con brutalidad, Té de Tilo. Dicen que el Té de Tilo es buenísimo para calmar los nervios, ese día recuerdo que el dolor me tenía loco y mi vieja me lo acercó con amabilidad en una taza de porcelana. La estampé contra la pared, ¿Con el dolor que siento me vienen a traer un té?

La mancha sobre la pared color verde agua tiene un gran significado para mí, me recuerda lo que viene en mis días. Tengo los brazos ya funcionales, puedo moverlos a la perfección, el dolor en ellos es el habitual, moderado, pero con la seña de “No te olvides que acá estoy”. Me acomodo un poco mientras puedo sentir y tocar mi espalda.

— ¡AHHHH! ¡La concha de la lora! —Grito tapando mi boca para no armar escándalo.

A mí me encantan las películas de la Segunda Guerra Mundial, principalmente por la guerra acorazada, los tanques. Enormes blindados de más o menos 20 toneladas, avanzando a Kursk o a las Ardenas, hay una película muy buena sobre eso, es algo vieja pero la adoro, The Battle Of Bulge. En este momento es palpable que por mi espalda transite una División Panzer IV, o por lo menos así lo siento.

El dolor en el lomo es un verdadero dolor de cabeza, recuerdo cuando niño podía mover el vetusto ropero de mi habitación como si fuera un papel, qué tiempos aquellos, ya no volverán. Masajeo mi espalda, sobándola, tratando de mitigar el suplicio, vamos que ya casi estamos. Ojo, hasta acá pareciera que quien les habla es un veterano de 70 años, pero no, ¡Tengo 24! Suena algo gracioso, y realmente lo es, el joven con un cuerpo que parece amagar a los 90 y pico. Ojo no soy Benjamín Botón.

En una esquina hay un televisor, debajo hay revistas de todo tipo, pesca, ingeniería, una CARAS, la Rumbos. Imaginaba cuando era un pebete y encontré una revista prohibida (O por lo menos en ese entonces era así) ¡Fua! Era como Indiana Jones cuando encontró el Arca de la Alianza, un tesoro que invitaba a volar la imaginación de un niño con su sexualidad. ¡Las horas que pasé sacándole punta a la totora con esa revista!

Hoy en día darle filo es un martirio, y a mi edad complacer a la patrona es bastante complicado. Y si, ahí me pasa por encima el ejército alemán entero. Puedo mover el pie, deja de estar muerto y comienza a tomar vida, es el derecho, con el que pegaba unos puntinazos en el futbol que eran la risa del día, “el ojota”, “el pata de banana”. Lo que me reía con eso.

Ya puedo sentir ambos pies, y un poco las piernas. 07:50, me queda poco para ir a trabajar, entro a las 08:30, cuarenta minutos para bañarme, vestirme, desayunar y partir al laburo. Me siento en el costado de la cama, no puedo ver donde carajos están las ojotas, me levanto a buscarlas. Se me aflojan las piernas y me voy de lleno contra la puerta.

— ¡LA PUTISIMA MADRE QUE LO PARIÓ! – Chillé encolerizado.

Las baldosas están heladas, por más que sea verano y tengamos 35 grados de calor en las casas de adobe siempre es mas fresquito. Pero en la casa de mi Nona, donde vivo, es más fresca que las demás, y el piso es lo más semejante a la película Frozen. Digamos que la temperatura no me favorece mucho, la siento amplificada, al igual que el dolor. Logro ponerme de pie, a las puteadas.

Comienzo a vestirme, en Slow Motion, nada de apuradas, para mi vestirme es como si llevara una sábana de plomo sobre mi cuerpo. Camino a la cocina para desayunar, con una pesadez cual vaca en brazos. Y pensar que cuando tenía 13 años levantaba a hombro las bolsas de cemento Minetti, 50kg de puro portland del mejor, podía estar todo el día así, que lindo era eso y zanjear, laburo más hermoso que la construcción no hay, no existe. Sacador de callos tal vez, y de manos hechas percha, pero como un tano dijo una vez “Los callos en las manos son un título de nobleza”.

A tomar el té de cada mañana, bebido, nada de comer algo sólido o me voy a comer un garrón de la gran flauta. No lo había pensado casi, pero antes mi estómago era de perro, hoy en día un fresita el muy maraca. 08:07. Tengo que apurar el tranco, si no me voy a tener que bancar la cagada a pedos de mi viejo y su discurso del esfuerzo y la vagancia. Me peino, me lavo la cara, cepillo los dientes y salgo. 08:25. Minga, dolor de estómago, Ferrum Andina y Scott Doble Hoja. Los retorcijones son insoportables, y tengo que esperar a que el culo deje de ser una Sociedad Abierta.

Se me pasa, clavo Pastilla de Carbón y sigo a mis quehaceres. 09:05. La ola de cagada a pedos de mi viejo no se hace esperar, por lo menos no duró tanto esta vez. Me hubiera encantado que mi viejo hubiera tenido más tiempo para la familia, para los niños, pero la necesidad lo llevo a laburar hasta 12×7 casi siempre, eso lo hizo algo tosco al pelado. Desempeñando mis labores comerciales llega un cliente, 12:30, muy despistado, me tiene a las vueltas con la marca de una pinza. Comienzo a sobar mi pierna derecha la cual comienza a molestarme con el dolor, mientras atiendo al cliente con mi habitual sonrisa por la pierna parece que me subiera una serpiente de lava volcánica. Concluyo con el parroquiano, 13:25. Pasan cinco minutos y cerramos el local, por suerte logro convencer a mi viejo para que atienda él a la tarde, yo voy a ver a unos amigos que hace mil años no veía.

La juntada es a las 16:30, me quedo dormido y llego a las 17:43. Pero ellos ya me conocen y me apoyan, saben que lo mío no es fácil y me apoyan en la situación. También me cargan “Te dejaron agotado a vos”, “¿Queres un viagra puto?”, me alegran mis días con sus gastadas, y los chistes, aunque sea por WhatsApp. 20:30. Ya tengo que regresar a casa, pero mi reina me encargó pañales para Bruno, la mala suerte que me cargo de que la pañalera a la que voy está de vacaciones, tocará Walt-Mart nomas. Una fila de 20 personas, además de los pañales, llevo unas cosas más que noté que hacían falta, de salame lo llevo todo en mis brazos, para mí es como levantar un tubo de gas, y la espalda que ya no da más del dolor. 21:37. Casa, hermosa casa.

Al abrir la puerta hay un pequeñito que deja sus juguetes para recibirme al trote y con su carita feliz, mientras desde la cocina se escucha mi mujer saludando cariñosamente mi llegada. Ahí es cuando el dolor y las molestias pasan, no hay Pregabalina, o Tramadol que puedan con la potencia del amor de la familia.

Así son mis días con Fibromialgia, es mi lucha constante, pero cuando contas con el apoyo de los tuyos, pasa desapercibida. El amor gente, eso cura todo.

Escrito por Erik Da Vila para la sección: