…Y cedo

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Es viernes por la noche. El reloj marca un poco más de las diez. Estoy en la penumbra elegante de mi rincón favorito. Sentada en el sillón de cara a la ventana que da a la calle, con los sentidos embotados y el cansancio acumulado de toda una semana. En la radio suena Adele y afuera llovizna.

Él acaba de irse. Se puso la camisa azul con pintitas negras que le queda tan bien. Me dijo que llegaría temprano. Suelo, cuando no está, gastar las noches leyendo hasta dormirme. Es un acto paliativo, una válvula de escape. Otras veces atino a escribir los sentimientos que el corazón pretende ahogar. Pero esta vez quiero que me encuentre despierta.

Abro el libro que tengo en mi regazo y, a pesar de lo mágica que se antoja, empiezo a sobrevivir la noche, otra más de esas noches que merecen todos los olvidos.

Leo tres veces el mismo párrafo sin poder concentrarme. Es inútil insistir. Cierro el libro, me reclino en el sillón y observo las gotas que atraviesan el triángulo de luz proyectado por la farola de la calle. Tengo la sensación de que la lluvia se ríe de mí, y que la rama del almendro me espía cada vez que, al mecerse por el viento, entra en el marco de la ventana.

El reloj avanza lento y lo espero. Once menos cuarto. Ahora suena LSD, casualmente la canción repite la frase “¿a dónde se fue el amor?”. Es lo que justo me pregunto.

Ahora la lluvia cae con saña. Lo cual es bueno en Mendoza después de cinco meses de sequía. Las gruesas gotas dibujan líneas sobre el vidrio, mientras ensayo las palabras adecuadas y sobre todo la manera en que voy a decirlas. ¿Qué pronósticos hay de que me escuche? Pocos. Y estoy siendo optimista. Pero debemos hablar, no quiero otra noche más incurable y rendirme a sus artimañas subrepticias para disuadirme y que este malestar se disperse por sí solo al amanecer. Porque sería ceder una vez más. Y llevo una vida cediendo. Cediéndolo todo. Acomodándome a su voluntad. Me juré mil veces no volver a ceder y las mil veces deshonré el juramento. Ceder quizá sea el problema de mi vida que no logro solucionar.

Hace tanto que no hablamos. Que no nos decimos palabras de amor. Un silencio violento se ha cernido entre nosotros, y he llegado a ese punto en que soportarlo significa un esfuerzo heroico. Palabra que no es fácil.

Lo vengo pensando seriamente. Apenas cruce el umbral voy a decirle que ya no va más este ir y venir del infierno, este morir y renacer constante. O lo resolvemos o se acaba todo. Seguramente me dirá con su voz serena que no pasa nada, que todo está bien, que yo lo exagero, que es muy tarde, que mejor nos vamos a la cama. Pero esta vez no quiero ceder como de costumbre. Tenemos que hablar de esas cosas que no andan muy bien. En especial acerca de lo que dijo hace unos días. Saber qué lo impulsa a herirme de esa manera. Últimamente está siendo áspero de lengua. Y yo debo de estar anestesiada, por mucho menos, en otros tiempos, lo hubiera abandonado.

Supimos amarnos como si no hubiera un mañana y hoy estamos resistiendo lo imposible. Sufriendo un amor que se está pareciendo más a un barco en un mar embravecido, que al caminar sereno de un amor antiguo. En medio de uno de esos pozos profundos en los que solemos caer y todo es una cuesta arriba. Tratando de encontrar el equilibrio. Adormilados por la rutina. Pagando el error humano casi insalvable de adaptarnos. Bajo el peso del conocimiento de un amor añejo que irremediablemente va destruyendo el deseo, como si hubiera partes del amor vencidas. Porque el amor es también una forma de curiosidad, de sorpresa. El motor de la vida es el deseo de novedades. Juro que me he reinventado de mil maneras posibles en un intento de evitar lo predecible y lo automático. Creando una caricia nueva, un beso diferente, una palabra distinta, un susurro inédito, y tengo más de cien maneras de desvestirme y otras tantas de soltarme el pelo. Pero, ¿quién puede decir que el amor es un camino sin obstáculos? ¿Acaso no es cierto que muere y resucita cada tanto, o cada día, o cada minuto?

Miro el reloj, las dos menos diez, ya va siendo hora de que llegue. El sueño me está por vencer. Los párpados se me cierran y me voy quedando dormida.

La llave en el cerrojo de la puerta me despierta. Se sorprendió al verme. Me erguí sobre el sillón y me refregué los ojos. Se sentó a mi lado dejándose caer cansadamente. Luego me miró. Permaneció así unos minutos, sin decir nada. Con esa mirada fulminante que me da todos los motivos por los que iría por mis cosas y escaparía. “Tenemos que hablar” le dije. Hizo un gesto de desgano, guardando silencio. Un relámpago de enojo cruzó por sus hermosos ojos verdes. Respiró hondo, como si no quisiera pronunciarse sobre ningún asunto. Bajó la vista unos instantes y me volvió a mirar. Ahora distinto. Como si volviera cansado de un largo viaje y trajera consigo la calma y por fin nos volviéramos a encontrar. Con ese parpadeo lento que lo redime todo, dejando entrever el mismo dejo de tristeza del que me enamoré ya hace mucho tiempo… mucho. Fue, recuerdo, un instante de perfección, como esos que se gravan a fuego en la memoria y después con los años se vuelven melancolía. No es que la tristeza enamore, pero su mirada serena guarda una tristeza perenne como la que tiene la nostalgia de los atardeceres. Ojos que atraen los deseos de la noche. Cálidos y confiables, capaces de arreglar tanto caos. No sabe el brillo de sus pupilas administrar tanta dulzura, la luce hasta en las pestañas. Una dulzura casi infantil y a la vez convincente, porque no existe en el reino de lo posible, orgullo, por más tenaz, que pueda con ella. Es el tipo de mirada que necesito para vivir, pero sé que no perdura en el tiempo, y sin la mirada amorosa de la persona amada, todo se vuelve oscuro, y ya he muerto ciento de veces.

Esbozó una sonrisa tenue y, como un antídoto de efecto instantáneo, comienzo a sentir que será un intento de charla fallido y la angustia del insoportable vértigo de volver a ceder. No deja de ser siempre la misma escena que se repite una y otra vez. Me corrió con los dedos un mechón de pelo que me caía sobre la cara, y ante la belleza del gesto y la forma balsámica en que me mira, no sé cómo decir lo que quiero decir, ni por dónde empezar, ni siquiera recuerdo lo que había ensayado y siento que caigo de manera irremisible en arenas movedizas. Es que tiene en sus ojos todas las palabras de amor acumuladas y todas las risas de cuando éramos más jóvenes prometiéndome la felicidad eterna, salvándome de los demonios, y entonces se disipa la angustia, se evaporan los rencores y el enojo y las dudas, y camino feliz encima del miedo, y resucito una vez más.

Porque es en esa mirada, tan llena de tanto, donde encuentro todos los motivos para quedarme, aunque sea por un tiempo efímero, en este lugar, en la indómita vigilia de sus brazos… y cedo.