La penumbra de la mente | decimocuarta Parte: El inicio del fin

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“Una vez descartado lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad”.
Arthur Conan Doyle.

Escena uno.

El camino al departamento de Clarisa fue más tortuoso de lo imaginado. La lluvia de invierno se había convertido, extrañamente, en un fenómeno torrencial de verano. El tono lóbrego de las nubes cubría por completo la circunvalación del horizonte. Si no fuera por las luces de mercurio, ubicadas cada cien metros, la oscuridad en la zona sería tan atroz, que nadie se atrevería salir una vez que el febo se ocultara.

Cornejo bajó lo más rápido que pudo de su vehículo y se dirigió a la entrada del departamento con extremo cuidado, ya que el lodo se extendía por todo el frente y pisar en falso, en ese momento, y sobre todo a su edad, podría significar una rotura de cadera. En esa milésima de segundo, su mente lo sugestionó y convirtió el pórtico de ese hogar en la cara de un monstruo horroroso que podría devorarlo a él y los diez efectivos policiales que se encontraban en el lugar.

Ya adentro de la casa, buscó por todos lados al oficial Estrada. Se desplazó hasta la habitación de Clarisa y lo encontró sentado en la cama completamente desarreglado, casi irreconocible; Cornejo estaba acostumbrado a verlo siempre bien vestido con el uniforme.

El oficial elevó la mirada y la solemnidad y la tristeza eran emociones claras y apabullantes en el rostro del joven que, a luz de la luminaria de ciento cincuenta watts, se veía muy envejecido.

Cornejo se acercó más, con timidez, con miedo, como previendo que lo que estaba a punto de oír sería algo imposible; imposible de escuchar e imposible de creer. Cornejo se sentó a su lado, como un padre lo hace al ver que su hijo se encuentra devastado después de sufrir una gran desgracia.

―Me imagino que lo que leíste en el diario te traumatizó ―anunció Cornejo.

―Sí, lamento decírselo, señor; pero yo tuve razón todo el tiempo y usted se equivocó.

―Me estás diciendo que…

―Sí ―interrumpió Estrada cortando la conversación en seco―, era quien usted menos pensaba. Su padre, José Luis, fue quien la mató después de amenazarla muchas veces. Todo está acá, señor. ―Estrada extendió el diario abierto en una página que estaba marcada. Cornejo lo tomó sin poder ocultar su nerviosismo. Estaba temblando, su boca se había secado; un dolor de cabeza, similar al de una resaca, lo invadió abruptamente, sus pies se debilitaron y casi se cayó al suelo.

Las letras se le escapan de los ojos cuando intentaba leerlas, era como cuando intentaba descifrar los códigos que estaban impresos en las cartas que yacían arrugadas en el bolsillo de su sacó. Las palabras plasmadas en el papel rezaban lo siguiente:

“Tengo miedo, muchísimo miedo”. La letra, a pesar de ser prolija y bien formada, era débil e irregular. Como si estuviese temblando al momento de redactar las oraciones. “Otra vez me volvió a amenazar, ya no sé qué hacer. Quiere que me case y que huya con él lejos, donde ‘nuestro supuesto amor’ no va a verse extraño. Todavía me duele mucho lo que me hizo de pequeña y me duele aún más lo que me está haciendo ahora, no sé cómo hacerle entender a mi papá”. Esa última palabra se encontraba desprolija, como si hubiese dudado al escribirla. Cornejo creyó que fue escrita así debido a que ella sabía que, si algo le pasaba, esa sería su confesión. “No puedo huir, no puedo esconderme, él siempre me va a encontrar, no lo aparenta, pero es muy inteligente…”

El ex inspector se quedó pasmado sentado junto a Estrada. Entonces, al inicio murmurando, pero luego hablando con más compostura, dijo:

―Esto es imposible, no puede ser. Él no tenía la capacidad física para matarla de esa forma, su voz no pudo escucharse a tanta distancia y le sacaba casi una cabeza y media a su hija. Los testigos aseguraron que quien entró a la casa era de su misma altura.

―¡No sea terco, señor! ―exclamó Estrada exaltándose más que nunca―. Como dijo usted, era mucho más alto y pesado, un golpe con la mano buena le hubiese bastado para noquearla. Los gritos fueron claramente los de Clarisa y lo de la altura puede explicarse por lo oscura que estaba la noche. Esa noche llovía como hoy, las luces de la calle alumbran poco y nada, cualquiera podía haberse confundido. ―Una traspiración fría comenzó a recorrer la espalda de Cornejo. Se sentía herido, como si hubiese sido atropellado y abandonado a la vera del camino en el medio del campo. El seguía creyendo que eso era imposible.

Cuando estuvo a punto de refutar lo que Estrada le dijo sin ningún argumento claro, la radio del oficial Estrada se activó:

―Adelante Estrada, me copia ―dijo la voz entre la estática.

―Sí, lo copio. Lo encontraron.

―Sí y aceptó los cargos.

Estrada miró fijamente a ex inspector como reclamándole algo, dándole a entender que todo estaba terminado y que el culpable ya había sido atrapado.

Escena dos.

El cuerpo de Clarisa Olivera yacía encerrado en un féretro aún expuesto, esperando a que la oración de piedad por su alma terminara, para ser cubierto por tierra durante algunas décadas.

La mitad de las personas del pueblo estaban ahí despidiendo los restos de una mujer que, a pesar del tipo de vida que llevaba, era muy querida y respetada por los vecinos de la localidad. Cornejo también estaba allí, junto al oficial Estrada. Entre oraciones religiosas, Cornejo inicio el dialogo:

―Trajo lo que pedí.

―¿Va a seguir con esto, señor? Pensé que después de dormir mal toda la noche se iba a levantar sin ganas e iba a desistir.

―No voy a rendirme hasta estar seguro que lo que decía ese diario es cierto. No creo que José Luis sea el culpable. ―Estrada suspiró profundamente y le extendió un trozo de papel.

―Usted tenía razón. La madre de Clarisa todavía está viva. Su casa está entre La Dormida y La Paz. Si se va ahora, tal vez vuelva al anochecer. Tenga cuidado. Está lloviendo en toda la provincia y puede tener un accidente.

―A estas alturas sería lo mejor que pudiera pasarme ―musitó desanimado Cornejo―. Fue un honor trabajar con vos, Claudio. Vas a ser un gran inspector.

―Gracias, señor. Cuando vuelva llámeme. El número de mi casa está al otro lado del papel. No quiero que esté solo cuando se desanime.

Cornejo lo saludó dándole un fuerte apretón de manos y se marchó. Pensado en que no estaba equivocado.

Continuará…