La penumbra de la mente | decimosexta Parte: las hermanas Ocaña

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Escena cinco.

―Es inútil ―murmuró Edith. Cornejo, al ver la negativa de la dueña del hogar intentó disimular sin mucho éxito su mal humor.

“Ciento cincuenta kilómetros al pedo”, pensaba el oficial percibiendo que una débil migraña comenzaba a subirle desde el cuello. No quería admitirlo, pero muy en fondo sabía que Edith tenía razón. Hablar con María Ocaña sobre su tortuoso pasado familiar era lo mismo que hablar con una pared. El interrogatorio comenzó prometedor, ya que en un inicio un dejo de conciencia se dio a conocer en la mirada de la mujer, sin embargo, dicha conciencia desapareció luego de unos segundos. No obstante, Cornejo no se rendiría tan fácilmente, necesitaba saber la verdad, más de lo que necesitaba restablecer la relación con su hijo.

―¿Me entiende, María? Si es así, por favor, asienta despacio con la cabeza.

―Es inútil ―repitió Edith. Luego de dos intentos fallidos más Cornejo comenzó a desanimarse y un sentimiento de vacío se apoderó de él. El ex oficial, entonces, como último recurso, sacó las tres cartas, y las colocó frente al rostro inmune e inexpresivo de la mujer y, poco a poco, fue enseñándoselas, con la esperanza de que eso la hiciera reaccionar. Edith permaneció a su lado, sin decir absolutamente nada. Observando de forma muy atenta cada gesto que su hermana impartía.

Luego de “leer” la tercera carta, María comenzó a sollozar y los ojos se le inundaron de lágrimas.

Edith, alarmada, por cómo estaba reaccionando su hermana, se metió en el interrogatorio y le pidió a por favor a Cornejo que desistiera.

―Por supuesto ―dijo Cornejo guardándolas nuevamente― ¿Alguna vez la vio así a su hermana?

―Al principio lloraba mucho, pero después de unos años se calmó y solo se mantenía quieta en ese sillón todo el tiempo. Esta es la primera vez que la veo reaccionar.

―Eso puede significar que comprendió lo que dicen las cartas.

―¿Me estás hablando de los papeles que le mostró?

―Sí, pensamos que esa es una amenaza que Clarisa recibió poco antes de que la mataran.

―No lo estoy entendiendo.

―Yo si ―dijo Cornejo extasiado y lleno de vigor. Había resuelto el caso, ya sabía quién había sido el asesino de Clarisa Olivera, sin embargo, debía demostrarlo. Tenía hallar la manera de hacer caer al asesino o, en su defecto, descifrar que decían las cartas. Le urgía volver a la estación de policía lo más rápido posible y comentarle a Estrada sobre si descubriendo y trazar, en lo posible, un plan de acción para atrapar al culpable. “Aunque no tengo ninguna evidencia”, pensó. Esto lo desanimó un poco y se quedó perplejo uno segundos. Cuando volvió en sí, notó que Edith no dejaba de mirarlo.

―Disculpé, me quedé pensando. Ya es hora de que me vaya, pero antes de hacerlo ¿hay alguna forma en la que la pueda contactar? es posible que necesite hablar con usted cuando todo termine.

―Si ―respondió la señora con cierta timidez que le recordó a Cornejo vagamente a su adolescencia, más puntualmente cuando intentaba salir con una chica―. Yo no tengo fijo en mi casa, pero hay una vecina que si lo tiene. ¿Le sirve?

―No es lo más práctico, pero no hay problema. ―Cornejo la saludo enérgicamente y se volvió corriendo hasta su vehículo, no porque la lluvia fuese más copiosa que antes, que de hecho si lo era; sino porque su corazón rebozaba de felicidad.

Al ingresar al habitáculo de su vehículo se dijo a sí mismo “Si todos sale bien dejo de tomar para siempre y me voy a dedicar a rearmar mi vida de una vez y para siempre”, giró la llave en el tambor y después oír el burro cansado el motor se encendió liberando una gran bocanada de humo por el escape.

Avanzó por el camino lleno de lodo y el cielo nublado le daba al campo un aspecto aterrador, como si fuese la última persona del mundo. Siguió en marcha mínima hasta que por fin llegó al asfalto y continuó su camino a solo cuarenta kilómetros por hora, ya que el barro, el viento y el agua, movían su vehículo de un lado a otro. Cornejo sintió mucha impaciencia y furia, debido a que, si seguía conduciendo en esas condiciones, más en la noche próxima, probablemente tendría un accidente. Decidió en ese momento conducir solo hasta la estación de servicio que encontró en su viaje de ida y se detuvo.

Se sentó en la última mesa de una suerte de restaurante para camioneros y se quedó allí esperando a que le trajeran la cena. Estudió un poco el lugar y le pareció bastante confortable. No era caro y estaba lleno de familias que, al igual que él, esperaban que las condiciones climáticas mejoraran para emprender de nuevo su rumbo.

El tiempo se movía lentamente, como si se resistiese a pasar y la lluvia, en vez de detenerse, arremetía con cada vez más violencia. No sabía cómo matar el tiempo, entonces sacó las cartas de su bolsillo junto con un bolígrafo y comenzó a meditar en lo que había visto María en esos papeles que le permitieron darse cuenta de lo que pasó.

El ex oficial estaba tan sumido en sus pensamientos que no notó que una pequeña niña de unos ocho o nueve años estaba cerca de la mesa mirando lo que él estaba haciendo.

―Señor ―dijo la niña con un tono de inocencia que hizo que Cornejo se estremeciera un poco. Por un segundo casi grita del susto. Se desvió a la niña intentando controlar sus latidos y le preguntó.

―Sí, pequeña ―dijo sonriente―. ¿Qué pasa? ¿Estás perdida?

―No, mi papa está en allá comprando la comida. ―Cornejo elevó la mirada y notó que el padre de su nueva compañera lo miraba con mucha atención. Sin embargo, Cornejo perdió rápido la concentración cuando la niña le preguntó:

―¿Qué es eso?

―Un papel ―respondió divertido.

―No, tonto, lo que dice ahí.

―Es una carta con un acertijo ―sentenció Cornejo con tristeza―, y no sé cómo resolverlo.

―Eso no es una carta. Mi seño nos enseñó que las cartas o epístolas comienzan con la palabra hola o saludando ―aseguró niña con vanidad.

―Es verdad, pero esto no es una carta común. ―En ese momento el padre de la pequeña la llamó y esta se despidió rápidamente para evitar un castigo. Cornejo se quedó meditando luego de unos momentos. Entonces tomó la primera carta y sobre las primeras cuatro letras escribió la palabra “Hola” y lo notó.

 “HolaClarisa…

 “IimuBmutetu. Oasiciñunaoiqmieamuomuenuway,taroaatuctutatdiñejueañamgiñeiefuo eaqusuunañuibouñeufaoeweteuusui,tucatnozcoiñroamitiwañatuoqeei. Ninaqieatañhuous, qisguwis,eikunaamusus,ñadateuiwatuaztañuesuadinidouñeiasunitkiwañat. Uaunieanuteutei”.

Un escalofrió lo envolvió súbitamente y comenzó a traducir la carta, sin dejar de repetir en vos baja una y otra vez:

―Te agarré, hijo de puta, te agarré.

Continuará…