A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 5

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El sábado 8 de febrero de 1975, entre muchas otras noticias, podía leerse en la primera plana del diario local de mayor tirada que, en Tucumán, se había enfrentado un grupo de guerrilleros contra las fuerzas militares; que Francisco Franco había designado a Fernando Herrero Tejedor en el cargo de ministro secretario general del Movimiento; que un choque de película entre un taxi y un Chevrolet azul, había convulsionado el tránsito matutino del pasado viernes, con el broche de oro de varios disparos en donde resultaron heridos no sólo el taxista que según relataron los testigos había  impactado de lleno la puerta del lado del conductor del Chevy si no también tres desafortunados transeúntes que fueron trasladados de inmediato al hospital Central.

En la radio se repitió —palabras más, palabras menos— la misma información, poniendo énfasis en el dato curioso de un hombre que vestía un diminuto traje de baño amarillo y al que se lo vio alejarse de la escena llevando a la rastra al taxista que se supone inició todo.

—Cuando el primer móvil policial se hizo presente sólo tenía a su disposición a los dos vehículos para poner bajo los focos de la interrogación —comentó el periodista detrás del micrófono.

***

Carlos Ponce silbaba a pesar de la molesta y gruesa lluvia de febrero que lo había empapado en cuanto salió del supermercado. Recordó a cada uno de los antepasados de Antonio, el mecánico, que una vez más, no había terminado con las reparaciones necesarias en su, siempre débil, R12. Lejanos quedaban los días en los que los talleres oficiales de las más renombradas firmas automotrices lo recibían como una celebridad. Se había permitido contratar el servicio de entrega a domicilio que la cajera, rellenita y de bonitos ojos azules, le ofreció.

Se movía libre sin lidiar con las muchas bolsas que hubiera tenido que transportar a pulso las quince cuadras que lo separaban del departamento que alquilara después de la noche en que su vida se oscureció como un túnel sin salida.

***

La pareja que conformaban Carlos Ponce y Lorena Arguello contaba con todos los ingredientes para ser eterna como el amor que se juraron. Tuvo un inicio con fuegos artificiales que ni el arquitecto Callinicos de Heliópolis podría haber llegado a imaginar.

En la Semana Santa de 1972, pocos días antes del estallido del Mendozazo, el hombre que se había labrado una reputación gracias a los éxitos obtenidos en el campo de la cirugía cardiovascular en la clínica Cleveland en Ohio secundando a René Favaloro, le propuso a Lorena partir en el auto sin rumbo fijo para disfrutar de unos días juntos, ya que al regresar debía decidir, entre varias suculentas ofertas, cuál sería su futuro profesional. En el lujoso hotel a pocos metros del lago Lacar en San Martín de los Andes, Carlos supo que iba a ser padre. Bailó y lloró de alegría.

La dicha, una montaña rusa que se eleva hasta lo más alto no puede hacer otra cosa más que caer en picada en algún momento, y esa cuesta abajo, esa desdicha fiel a su costumbre llegó sin previo aviso.

La casa que gobernaba la esquina de República del Líbano y Serú en el barrio Bombal había sido soñada, planificada y construida por Carlos con la ayuda de su padre y su hermano mayor.

El BMW 2500 rojo se detuvo frente al portón de cedro de tres hojas. Ninguno de los Bullmastiffs ladró como solían hacerlo en respuesta al familiar sonido del motor. El dueño de casa le restó importancia, atribuyendo el mutismo canino a lo entrado de la noche.

Carlos y Lorena estaban a pocos pasos de comprobar que no hacia falta dormir para disfrutar de una pesadilla.

—Dios mío —gritó Lorena apenas la luz de la cocina puso claridad a la escena.

Al llegar hasta ella alertado por el espanto en la voz de la mujer, Carlos cayó de rodillas agarrándose la cabeza con ambas manos.

El cuerpo desnudo de Teresa, la empleada doméstica, había sido atado a una silla usando corbatas. El orificio en la frente de la muchacha iniciaba un reguero de sangre que iba a terminar en los cerámicos del piso.

Los perros aparecerían acribillados en el jardín de atrás para sumar desconsuelo y terror al espectáculo con el que habían sido recibidos.

Todo lo que podía estar roto en cada espacio de la casa, estaba roto, incluyendo el teléfono. Pero la cuesta abajo de la desdicha no había alcanzado aún su nivel más profundo.

—El tipo apareció de la nada —relató Carlos la mañana siguiente a un cabo que ya lo había visto y escuchado todo—. Me golpeó con una pala en la cabeza, la debe haber sacado del cuartito de las herramientas —sin darse cuenta había utilizado la misma palabra que empleaba su madre para referirse al espacio en donde guardaban de todo un poco—, quedé aturdido. En cuanto me repuse volví a entrar en la casa y ahí la encontré —tuvo que hacer silencio. La emoción pudo más y las lágrimas aparecieron.

—No se preocupe —lo tranquilizó una agente que se había acercado con un vaso descartable con agua—. Tómese su tiempo.

Entre hipos y sollozos declaró los hechos que como epílogo le apagaran la vida a su primer gran amor.