A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 6

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—Bajá la puta que te parió.

La mujer detrás del volante del Fiat 600 rojo, sin salir de su estupor por verse encañonada por un hombre que chorreaba lluvia y nada más vestía una especie de calzoncillo, levantó las manos.

—No me haga nada por favor —rogó todavía dentro del auto—. Tengo dos hijos.

Luciano Rinaldi abrió la puerta con su mano libre, la derecha, y sin dejar de apuntar la arrastró hacia afuera. La mujer se desparramó sobre el asfalto mojado.

—Auxilio —gritó con toda la voz mientras un Rastrojero verde maniobraba para esquivarla sin ni siquiera pensar en detenerse.

—Y dale pelotudo, subí —dijo Luciano mirando a su salvador que se apoyaba contra un fresno sin dejar de presionar su camisa sobre la herida.

Enrique Balbuena obedeció cuando el Fiat ya estaba moviéndose para aprovechar la luz verde.

—Lleváme a un hospital —pidió.

—Estás en pedo.

—Y adónde vamos entonces.

—A lo de un amigo —Luciano Rinaldi encendió la radio. La voz de Julio Iglesias apareció para decir que siempre hay porque vivir, porque luchar.

—¿Es médico?

—Una vez lo fue —dijo.

« Al final las obras quedan las gentes se van. Otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual…»

—Este sí que se las sabe todas —comentó Luciano moviendo la cabeza en dirección a la radio.

Pisó el freno. La lluvia empezó otra vez a entorpecer la visión.

—Pero, puede ser la puta madre. —Se lamentó—. Justo nos choreamos un puto auto al que el limpiaparabrisas no le anda.

Enrique Balbuena se rió.

La puntada llegó para recordarle que había destrozado el taxi para ayudar a un desconocido, que los que se lo llevaron nunca más se iban a reír. Este tipo raro que ahora lo llevaba a vaya a saber dónde, les había metido un tiro en la cabeza —apropiándose del arma con la que sus hijos fueron apuntados—, con la misma facilidad con la que él se cepillaba los dientes en las mañanas.

—Al final las obras quedan las gentes se van. Otros que vienen las continuarán, la vida sigue igual —cantaba Rinaldi cuando el gallego Balbuena se desmayó.

***

—Sí, ya sé. Tenés toda la razón del mundo.

Carlos Ponce escuchó los reclamos de la que iba a ser su invitada esa noche. Se protegía, sin éxito, de los impredecibles chaparrones con la ayuda del paraguas que le ofrecía el teléfono público. La cena que había prometido preparar perseguía enmendar otra frustrada cita una semana antes. No tuvo más opción que cancelar el encuentro con María Belén. Cómo podría explicarle que se ganaba la vida transformando, cuando era necesario, el comedor del departamento en el que vivía en una clínica tumbera. Cómo podría explicarle que había tenido que extraer una bala de nueve milímetros del hombro de un desconocido.

***

Después de abandonar la comisaría, el hombre que había jurado dedicar su vida al servicio de la humanidad y velar ante todo por la salud y el bienestar de sus pacientes, dejó de existir como si hubiese sido él quien recibiera el ataque mortal. Estuvo en el cementerio, agradeció las condolencias y regresó a la casa que lo esperaba en silencio.

Primero fue un vaso de vino tinto para acompañar las lágrimas.

La botella vacía pronto cedió su lugar al Old Smuggler quien no tuvo inconvenientes en verse relevado, de tanto en tanto, por el Courvoisier Napoleon. También para acompañar las lágrimas llegaron los temblores en las manos.

***

Con el cabello revuelto, una barba de semanas, un aliento de mil bares y los ojos sin una pizca de paz, se presentó en la clínica ese lunes.

—¿Cómo te atrevés a prohibirme la entrada? —No disimuló su furia—. ¿Acaso sos recién llegada, estúpida?

La enfermera, una mujer madura con muchas batallas encima, no acusó recibo del maltrato.

—Discúlpeme doctor Ponce, pero no hago otra cosa más que seguir las órdenes que diera la directora.

Ponce regresó por el pasillo que comunicaba con el área de quirófanos sin dejar de murmurar con cada paso.

La secretaria no pudo detenerlo y termino de espaldas sobre el piso flotante de madera.

—Después te llamo —dijo la directora que hablaba por teléfono en el preciso momento en que Ponce irrumpió en su despacho—. Bienvenido Carlos, sentate por favor.

El médico se pasó las manos por la cabeza nervioso antes de aceptar la invitación. La secretaria apareció detrás para pedir disculpas.

—Está todo bien Bety —. La tranquilizó la directora—. Por favor tráenos dos cafés bien cargados.

Medía hora más tarde Carlos Ponce se alejaba de la clínica. Cada una de las palabras que había escuchado no podían refutarse.

Don Pepe, el siempre afable encargado de la playa de estacionamiento, lo saludó desde dentro de su garita levantando la mano. Cuando el BMW se detuvo en el primer semáforo las manos sobre el volante eran hojas a merced del más bravo zonda de agosto.

La lógica indicaba que alguien como Carlos Ponce buscaría ayuda, intentaría dejar en lo peor de sus recuerdos este impulso por suicidarse en cuotas, pero esta ciencia formal que estudia la estructura del pensamiento humano no siempre consigue que sus reglas sean respetadas. Tal vez fue por esa falta de respeto para con las leyes y principios que muy en lo profundo de su ser el cirujano entendía que debía acatar, que al cruzarse con un bar se perdió en sus entrañas.

El no haber conseguido frenar a tiempo, con el afán de llegar a una casa en donde nada más los recuerdos la habitaban, lo arrojaría en la cárcel por dos años acusado de homicidio culposo. El gesto de terror del repartidor en bicicleta que no volvería a disfrutar con un nuevo amanecer, iba a perseguirlo cada noche en todas sus pesadillas.

Las costas procesales se encargaron de dejarlo sin nada y Tiqué hizo que fuera alojado en un pabellón en el que con la ayuda de una birome y una chuza volvería a practicar el arte de curar. Su improvisada y oportuna traqueotomía salvó la vida al hijo menor de Santos Belfiore.

Continuará…