El trono de la vergüenza

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Somos el pueblo que transformó el desierto en un vergel, el que sale a la calle por su agua, el que dio DNI con identidad de género en los 90, el que gestó una Revolución Libertadora en América latina, el que se pone de pie una y otra vez, el que formó a enormes pensadoras, políticas, juezas, artistas, escritoras, guerreras, matemáticas, astrónomas.

Pero también somos el pueblo de un Gran Hermano retrógrado, machista, feroz y extenuante, en el que 17 chicas que pierden su nombre y pasan a llamarse Tunuyán o Malargüe compiten por una sola corona de oro, brillantes y platino. El pueblo que somete a jóvenes a cursos de oratoria, movimientos y ¡Buenos modales!

Qué contraste. Somos el mismo pueblo. Vivimos en la paradoja de ser la cuna de la liberación de los realistas y sostener a una realeza sin voz; con mujeres a las que llaman reina, soberana, majestad.

Su majestad. Esa niña que hace poco salió de la secundaria y que no es dueña de ningún reino, que no tiene poder, que no toma decisiones soberanas. Y digo esa niña porque la realidad aplasta a las leyes políticamente correctas y vacías. Una trans, una menopáusica o un jubilado nunca va a ganarle a una jovencita sometida a la mirada de los machos del reino como en un circo romano.

Esa mujer, que empieza a asomarse sola al mundo, pasa por tres concursos de belleza. El de su barrio, el de su departamento y el del Acto Central. Si tiene suerte y no queda relegada a la comitiva de las “más feas”, escucha sus medidas y su color de ojos a viva voz, y si logra aplastar a todas las demás, consigue el título de embajadora de Mendoza.

Diplomática no, señores. Embajadora. En el universo de los concursos de belleza, esos que le encantan a machirulos de molde como Donald Trump, la embajadora es la que sonríe todo el tiempo, la que habla lo que le dicen y la que está en Corea del Centro cuando le preguntan sobre el derecho al aborto seguro, porque es pura, es santa y tiene una capa parecida a la de la Virgen María.

Corona, capa, toneladas de spray, kilos de rimmel, caminatas con tacos imposibles, sonrisas. Sí, cual princesas de Disney, esas que fueron secuestradas como la Bella Durmiente, asesinadas como Blanca Nieves, esclavizadas como Cenicienta, estereotipadas, calladas, enjauladas, disfrazadas. Pero sin palacios, ni yates, ni siervos, ni herencias.

Alfonsina, Juana Azurduy, Azucena Villaflor, Alicia Moreau, Elvira Rawson, Evita y otras tantas. ¿Qué dirían hoy si asistieran al “Baile de las Reinas”, en el que las chicas deben enfrentarse con la creme de la creme del patriarcado para callar, sonreír y bailar abrazadas a ellosun milimétrico vals de salón?

¿Qué dirían sobre las encuestas de belleza, publicadas una y otra vez en redes sociales que vomitan odio, banalidad denigración y ofensas? ¿Y de la pisada de la uva, con piernas expuestas en altura, minifaldas y público mirando desde abajo?

Ellas, desde Virginia Wolf a Jane Fonda, desde Marie Curie a Simone de Beauvoir, desde Frida Kahlo hasta las aristocráticas hermanas Ocampo, lucharon por la dignidad, el intelecto, la igualdad, la solidaridad, la diversidad, la libertad.

Si creemos que es solidario, igualitario y diverso poner a 17 chicas que compiten entre sí bajo el mismo techo durante días, estamos fallando como sociedad. Si defendemos esas jornadas agotadoras de frases hechas y de sonrisas estereotipadas, estamos anestesiados y anestesiadas.

Ciudad de Mendoza, Turismo, Irrigación, Lincoln, El Bolsón suspenden los concursos, porque además de crueles, representan todo lo que queremos desterrar: machismo, maltrato, destrato, cosificación, anacronismo, sumisión femenina.

Tenemos que recordar que existe una ley -26.485-  que tipifica la violencia simbólica. Es absurdo e ilegal sostener a esas vírgenes mudas cuando una ola verde clama por el derecho a no ser las matronas del El Cuento de la criada, a no matar a las que no tienen plata para abortos clandestinos, a no someter más por clase, condición, sexo o color de piel.

En palabras de Eleonora Lam, “la violencia que se ejerce contra las mujeres a través de patrones estereotipados discriminamos a las mujeres».

«En estos concursos se resalta una belleza hegemónica que a veces tiene que ver con lo genético, que termina cosificando a las mujeres», asegura esta mujer, doctora en derecho y bioética, subdirectora de DDHH de Suprema Corte de Mendoza. Feminista. Parece que la elite mendocina, masculina casi en su totalidad, no toma nota.

En cambio, algunos defienden este certamen que, vaya curiosidad, acaba en un anfiteatro donde una horda llega al sumun de la cosificación. Lo sostienen con argumentos que ya nadie cree: no se elige la belleza, sino la personalidad, la inteligencia, la capacidad.

La capacidad de no sabemos qué, porque mientras están en competenciasus conciencias quedan atrapadas en un chaleco de fuerza medieval. Deben ser tan acartonadas como las figuras en tamaño real que se exhiben en plena calle San Martín.

La elección de la reina nos da un mensaje nefasto: si sos mujer y querés llegar a algo en la vida dejate “tunear”, guionar, someter, maquillar, peinar como a ellos se les antoje. Callate, no digas, no denuncies, no opines. Si la genética no te hizo como dictan los mandatos, quedarás en la banquina de una sociedad del sálvese quien pueda.

«Es bueno que sean las mujeres las que sigan siendo protagonistas de la Vendimia, pero desde otro lugar”, clama Eleonora. Clamamos todas.

No somos resentidas y amamos la belleza, no el estereotipo. Las queremos lindas, pero diversas. Bellas, pero no encorsetadas. Alegres, pero no estresadas. Sonrientes, pero no obligadas. Juntas, pero solidarias. Radiantes, pero no uniformadas. Ambiciosas, pero no sometidas.

Queremos que nos escuchen, a todos y a todas. Queremos una sociedad más justa, madura, equitativa e inclusiva. Queremos que el verdadero homenaje a la mujer sea el fin de la competencia, de la cosificación, del modelo patriarcal y del silencio. Queremos #VendimiaSinReinas

Escrito por Giuli Álvarez para la sección: