Castrati

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En la música es acaso donde el alma se acerca más al gran fin por el que lucha cuando se siente inspirada por el sentimiento poético: la creación de la belleza sobrenatural.
Edgar Allan Poe

Peralta había soportado por largos años las burlas y el escarnio de sus congéneres cada vez que abría la boca. Las cicatrices de las pullas le surcaban la espalda como lonjasos despiadados, dolorosos e invisibles. No le gustaba hablar, tanto le disgustaba hacerlo que aprendió el lenguaje de señas, pero nadie lo entendía. Entonces estudió el código Morse para poder explayarse mediante el uso de sus parpadeos, pero nadie lo miraba a los ojos. Así que su comunicación con el mundo se limitaba a escribir papelitos, para tales fines llevaba una libretita y un lápiz, con los cuales escribía lo que quería expresar con palabras simples y expeditivas.

A veces no le quedaba otra opción, era necesario hablar y cuando lo hacía su voz brotaba finita, como si viniese desde el fondo del espacio, desde las profundidades del mar. “Tenés voz de nena” le decían, voz de nena se repetía Peralta mientras se apretaba el alma de rabia.

Cuando iba al almacén de Don Corvalán a comprar algo, éste decía que su letra le resultaba indescifrable, también alegaba que su código Morse era muy rápido para poder ser comprendido. Peralta sabía que Don Corvalán fingía y lo hacía con la complicidad de un pequeño público que se juntaba en el almacén para usar el tiempo que les sobraba. Festejaban el momento con risas ahogadas y miradas cómplices en la mofa. Eran siempre los mismos, que se balanceaban cómodos en la desidia: el Anzorena, un morocho de movimientos extrañamente sutiles para su enorme complexión física y el Gringo, un rubio pequeño que decía que sus antepasados eran alemanes, pero que su apellido Pérez decía otra cosa.

Sabía adónde querían llegar los otros tres y por eso Peralta no quería hablar, entonces, para comprar un paquete de arroz, una cebolla y queso rallado hacía con sus manos todos los gestos que se le podían ocurrir. En cambio el almacenero le ofrecía fideos, atún en lata, papas y mayonesa. La negativa desesperada de Peralta sólo traía risas mal disimuladas, hasta que no le quedaba otra posibilidad más que la de hablar y todo llegaba a una carcajada procaz. La voz le manaba como la de una nena, con un tono agudo de caricatura. Y arreciaban los chistes de mal gusto ¿Te comiste un pito? era el más usado, el más requerido, casi el único que decía ante las carcajadas bestiales del Anzorena y el Gringo.

No era  culpa de la naturaleza, la responsable era la desgracia de haber subido al árbol y haber perdido el equilibrio, cayendo desde tres metros de altura. No quedó otra solución que la de extirparle los genitales aplastados para salvar su vida de la infección voraz. A partir de ese momento su voz comenzó a funcionar de otra manera, y el sonido quedó agudo.

Peralta soportaba la vergüenza y el escarnio estoicamente, no le importaba. Él iba a ese lugar sólo por una razón, un argumento contundente, por Lucía, la morocha de piel blanca y sonrisa fugaz, hija de Don Corvalán. Peralta había intentado todas las variables posibles para un probable encuentro con su Lucía, pero ninguna daba resultado. Él seguía aguantando las pullas y el acoso con el único propósito de ver a la mujer distante de mirada pasajera.

Lucía nunca se dejaba ver, era un misterio, solamente unas pocas personas la habían visto en el transcurso de su vida, a pesar de eso había hecho conocer a todo el que quisiera su cuerpo. Sin tapujos ni pudores se entregaba a quien que le brindara un mínimo de seducción. Nunca entre la maraña de carne encontró un orgasmo, se quedaba a medio camino con la piernas pringadas de flujo y la entrepierna vacía de colores.

Don Corvalán un día no pudo estar a cargo del negocio; entonces Lucía, de mala gana, tuvo que hacerse cargo. Pasó la mañana pesando pan, regalando perejil y odiando con todas las tripas a las papas polvorientas que le ensuciaban las uñas pintadas de rosa. Peralta llegó a la hora de cierre, casi arrastrándose por el lastre de su timidez. Se acercó como una babosa bajo una lluvia de sal hasta el mostrador donde irradiaba la presencia de Lucía.

Peralta tenía algo preparado para ese momento desde hacía mucho tiempo, lo había ensayado mirándose en el espejo durante noches enteras, imaginando a Lucía con los ojos entrecerrados y el pelo lleno de estrellas. Peralta nunca se imaginó encontrarse con ella cuando entró al almacén, quedó náufrago en la realidad por unos segundos, su corazón latía como un pulpo en las profundidades de un océano amarillo y no supo qué hacer. Todo su plan se desbarataba como un atardecer bajo la lluvia. Lucía no levantó la mirada de la libreta de fiados, no quería olvidar ninguno de los que pidieron a cuenta esa mañana.

Peralta  estaba a punto de tener el mayor ataque de pánico que una persona pudiese llegar a tener en toda la historia de la Humanidad. Haciendo un esfuerzo desmesurado se sobrepuso, obligando a cada átomo de su cuerpo a relajarse. Carraspeó un poco preparándose, fijó su vista en el piso, para alejar la vergüenza de ser observado y juzgado.Entonces comenzó a cantar y un milagro salió de su boca, un torrente de música que iba purificando el aire a medida que lo traspasaba.

Era la voz de todos los ángeles diciendo que todo estaba bien. La melodía del Ave María hizo levitar a todas las cosas del planeta. Peralta la cantaba sin saber la letra, tarareando en un idioma inventado, pero aún así el portento era de por sí maravilloso. El universo con las cosas que tiene dentro, temblaba de la emoción.

Lucía dejó de hacer cuentas en la libreta, sintió un estremecimiento en la piel desde adentro, algo parecido a la felicidad le hizo ruborizar sus pómulos. El amor la atravesó desde su bajo vientre hasta sus ojos. La rueda que mueve a las circunstancias se salió de su eje cuando ella escuchó esa voz tan finita, tan aniñada; un escozor le sacudió la entrepierna a Lucía, le llenó de saliva la boca y le hizo escupir un gemido. Éso bastó para alborotar a la selva de la mujer. Existía algo en esa voz aflautada que la llevaba a otros niveles, a estratos de lujuria, de ternura y compasión. La voz de contralto, de niño inocente, salió del almacén y se subió a las copas de los almendros que bordeaban la calle y le hizo cosquillas en la panza a las nubes.

Ella lo miró con una sonrisa en sus pupilas, sin decírselo le dijo que siempre le cantara, que lo hiciera por las mañanas cuando tomaran el café, que lo hiciera por las tardes cuando las flores amarillas durmieran la siesta, que lo hiciera por las noches cuando las estrellas roncasen. Que por favor siempre le cantara y nunca dejase de hacerlo y que en el silencio imaginara que cantaba y ella sería feliz.

Nunca pudieron tener hijos pero no les importó, Peralta y Lucía estuvieron juntos por mil años, compartieron las canas, las arrugas y las sábanas arrugadas de su lecho llenas de dos, res, mis, fas, soles, las y sis.