La redención

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Era de noche. Reinaba el silencio. Solo un ladrido se escuchaba a lo lejos. Un grupo de acampantes se refugiaban alrededor de un fogón, contando historias y tomando café para calentarse. De repente un ruido proveniente de los arbustos los sobresaltó. “¿Qué fue? ¿Qué fue ese ruido?”, se preguntaban. Pasado un tiempo, y viendo que todo seguía en silencio, continuaron frente a las llamas chispeantes, hablando y deshilvanando cuentos. Nuevamente los ruidos se escucharon más fuertes y más cerca. Ya los campistas, alarmados, se pusieron en pie y con ojos ansiosos, escudriñaron la maleza. De repente, un hombre desaliñado y de aspecto feroz, apareció ante sus aterrados ojos. Gruñía, emitía sonidos guturales y agitaba los brazos. Tenía la barba crecida, aspecto semi-animal y vista de espanto. Los acampantes dando un grito, huyeron despavoridos. Parece que aquí termina la historia. Pero otro incidente parecido les ocurrió a un grupo de paseantes que caminaban por el bosque. Esta vez el “monstruo” se les apareció royendo una liebre como si fuera un animal. Cara y manos ensangrentadas. Otras veces aparecía con la cara llena de barro, otras montado a un árbol como un mono. Hechos parecidos se sucedieron hasta que llegaron los comentarios a los oídos del alcalde del pueblo. Quedó muy preocupado por el asunto, pues ya eran muchos los que habían presenciado incidentes parecidos. Decidió convocar a una reunión con la gente de la comarca para hablar y definir las medidas a tomar. El día pautado, estaban casi todos, y como era un pueblo chiquito se conocían entre sí.

—¿Qué les parece que puede estar sucediendo? —preguntó el alcalde a la asamblea. Muchas fueron las opiniones y conjeturas, hasta que alguien dijo:

—Esa bestia rara se parece mucho a José.

—¿José? —dijeron todos.

—Sí, José. Todos saben que era un tipo raro. Hace años se encerró en su casa y no quiso salir más. Retrocedamos 50 años atrás. Erase una casita de troncos, en una lomita, en medio del bosque. Un matrimonio que se amaba mucho vivía ahí. Eran muy felices. Esa felicidad fue interrumpida por un lamentable hecho. Cierto día, llegó el hombre y, abriendo la puerta, se encontró con su mujer que yacía en el piso con un puñal en la espalda… ¡¡Oh, tragedia!!, ¡¡oh, espanto!! Se arrodilló al lado del cuerpo yaciente de su amada esposa. Gritó, lloró, se golpeó el pecho, se le nubló la mente. ¡Eso no podía ocurrir! ¡No cabía en su cabeza! Gritó que que los humanos eran malvados y que nunca más volverá a relacionarse con ninguno. La oscuridad de la locura cayó sobre él… Él era José. Hombre bueno y trabajador. Querido por todo el pueblo. Conocido de todos. Solidario. Pero desde aquel desgraciado momento, se abandonó, no hablaba con nadie y sólo salía cuando era imprescindible. Vagaba como un animal, gritando y emitía sonidos, comía animales como si él también lo fuera. Los roía ahí mismo donde los atrapaba, sin sacarles la piel. Sin orientación, ni guía, así vagó José, años.

—Pero —dijo otro habitante —ya han pasado muchos años, ¿cómo podría todavía estar vivo?.

—Quizás —dijo otro —se trata de su espíritu, que vaga por ahí, como alma en pena, ¡ay, pobre José!

—No lo podemos saber —dijo el alcalde —quizás el indígena Nehuen, sabio y chamán del pueblo pueda saber qué hacer, consultémosle.

***

El chamán escucho atentamente. “Yo sé qué hacer, no se preocupen”, dijo y preparó un ritual invocando  a José. Al tiempo, un espectro pálido y desaliñado apareció.

—¿Qué quieres?, ¿a qué me traes? —preguntó. —José —dijo el chamán—, ¿por qué vagas de esa manera, asustando a la gente?

—A mí la gente no me importa —lanzó.

—José —dijo dulcemente el chamán— ni tú, ni tus semejantes tienen la culpa de lo que te ocurrió, deja atrás el pasado y permite que tu alma descanse en paz.

—¿Por qué me molestas? ¿Por qué me lo recuerdas? ¡No quiero recordar, no quiero saber! ¡No tienes derecho a hacerme esto!

El espectro cayó de rodillas, lanzó un grito agudo, largo y fuerte que se escuchó en muchos metros a la redonda. Lloró y lágrimas de sangre, roja, como la sangre derramada de su mujer, manaron de sus ojos cansados. Exhausto y como herido por un rayo cayó al piso. El chamán, se acercó despacio, lo cubrió de pétalos y cantó una canción mapuche. Poco a poco, el aspecto del espectro cambió, se suavizaron sus rasgos y su figura entera se desvaneció en el aire.

A partir de aquel momento la tranquilidad volvió al lugar. Nunca más volvieron a repetirse estos incidentes. Nunca más su fantasma vagó por ahí. El alma de José, estaba en paz.

Escrito por Claudia Sartori para la sección