La penumbra de la mente | decimoctava parte: Clímax

Escena final: Clímax.

Solo un segundo después de que el ex inspector Cornejo irrumpió en la casa del asesino se arrepintió completamente. Se dio cuenta de que nunca llegó a entender la locura en la que estaba sumergida la psiquis de Ángel Olivera.

El muchacho yacía parado junto al torso desmembrado de su hermana desnudo manteniendo aún la erección que, a pesar de la situación, parecía volverse más grande y dura que nunca, como si estuviera disfrutando de lo acontecido.

―Debo felicitarlo, inspector ―farfulló Ángel dejando en evidencia su tono fanfarrón―. Así que logró descubrirme. En verdad es que tenía mis dudas. Por favor, le pido que no ofenda ―aclaró ensanchando aún más su mueca frenética al punto de mostrar todas sus encías―, pero cuando supe que usted era el detective a cargo por su experiencia en casos como este ―acotó la palabra experiencia realizando comillas imaginarias en el aire―, me tomé el atrevimiento de estudiar un poco su historia. Ya sabe… su pasado, para saber a quién me enfrentaba. Debo confesarle que lo subestimé, pues al enterarme lo que le pasó en la casa del Altillo, y de saber que lo jubilaron antes de tiempo porque es usted un ebrio incurable, no creí que fuera capaz de dar conmigo.

Cornejo lo miraba detenidamente, esperando a ser atacado. Lo observaba de pies a cabeza y no podía creer que la erección de ese lunático todavía se mantuviera.

“Es un enfermo mental y estoy seguro que me va a matar”, pensó el ex inspector resignado. “Pero no importa, estoy seguro de que vas a querer saber cómo te descubrí, no podés soportar la idea de que alguien sea más inteligente que vos”. Cornejo sonrió al concluir ese pensamiento y supo inmediatamente como actuar. Solo debía lograr espacio suficiente entre los dos para salir corriendo y gritar en plena calle, al fin y al cabo, Ángel estaba desnudo, que probabilidades habían de que lo siguiera así; además, ya no quería seguir viviendo y le había avisado a Estrada todo lo que sabía, en cualquier caso, el saldría ganando; la moneda estaba en el aire.

―Que no seas borracho y que sepas hablar mejor que yo no significa que seas más inteligente.

―¿Está seguro? Yo creí que esa es una señal de que soy superior a usted. Soy más inteligente, más atlético y mejor hombre. ―Cornejo soltó una carcajada que enfureció a Ángel. La sonrisa fanfarrona se borró y ahora el joven había adoptado un color carmesí en sus pómulos; estaba a punto de explotar.

―¿Mejor hombre? ―preguntó Cornejo aún burlándose.

―Por supuesto, yo no perdí a mi familia a causa de un vicio.

―No, en cambio cogiste con tu hermana y le echaste la culpa a tu papá, sos buenísimo ―sentenció riendo a carcajadas.

―¿Cómo lo descubrió? ―espetó el joven conteniéndose.

―Fue sencillo ―remarcó limpiándose las lágrimas, nunca había estado tan seguro de que iba a morir, no obstante, hasta ese pensamiento le parecía gracioso y no podía dejar de sonreír―. Fui a ver a tu mamá.

―¡Imposible que ella le diga algo! ―exclamó furioso acercándose lentamente.

―Es verdad, pero me di cuenta porque tu tía me dijo que ella casi no se expresaba, pero en cuanto le mostré las cartas, su mirada cambió de repente, por fin después de muchos años ella reaccionó a algo, y ahí lo comprendí, reconoció tu código. No creo que lo haya descifrado, pero si lo conocía. Eso me bastó para saber que eras vos.

―Eso no deja de ser más que una suposición, señor. No pudo basarse solo en eso.

―Es verdad ―dijo Cornejo soltando una que otra risita―, fui a un restaurante de camino aquí y nena de ocho años se acercó y me peguntó que estaba haciendo. Le conté que estaba intentando leer una carta y ella me dijo que lo que yo tenía no podía ser una carta porque no comenzaba con la palabra “hola”. Entonces cambie las primeras letras por las de la palabra hola y ¡listo!; código resuelto.

Ángel volvió a reír como un lunático, sin embargo, se notaba que estaba más que furioso. La ira en el interior del muchacho era tan grande que no podía matarlo rápidamente, tenía que desasearse del inspector lentamente, tal vez después de una semana de torturas inimaginables.

―No sé porque es que se ríe, inspector, si después de todo, está aquí solo conmigo.

―¿Y eso que tiene?

―¿Qué si hubiese sido más inteligente, ahora habrían un mínimo de cinco policías, en cambio vino usted solo, como buscando su propia muerte. Eso me da a pensar que solo le aviso a alguien que está durmiendo a estas horas y que no sabrá de su mensaje hasta mañana. ¿Qué sucede, señor? ―inquirió en tono retorico―. Quería suicidarse y no se animó a hacerlo por su cuenta. ―Cornejo retrocedió un poco y comenzó a mirar la puerta de reojo, para darse así una mejor oportunidad para huir.

―No se preocupe, tengo un plan de emergencia. Lo voy a secuestrar en este momento y me lo voy a llevar adonde vive mi tía. Una vez que estemos ahí, ellas y usted van a morir incinerados y yo tendré que huir. Me da pena, pero no me importa, al menos voy a tener a mi hermana para que me acompañe.

―A tu hermana, enfermo de mierda, eso es un pedazo de carne que ese está pudriendo. ―Apenas concluyó la frase, Ángel se avanzó sobre él.

Cornejo, por puro instinto, le propinó un golpe en la cara. El joven perdió el equilibrio y cayó sobre la mesa. El torso de Clarisa terminó en el suelo y rodó hasta los pies de su hermano. Ángel miró el torso y luego al inspector. Una rabia asesina se veía reflejada en sus ojos, como si fuese Dios viendo a Adán comer la fruta prohibida. Enseño los dientes como si se tratara de un animal salvaje, hasta un poco de saliva comenzó a caerle por los lados. Cornejo empezó a correr lo más rápido que podía percibiendo que el diablo lo estaba correteando por un callejón que cada vez de hacía más estrecho. Cuando llegó al medio de la calle, sintió que Ángel lo había tomado de la campera y que estaba tirando de ella.

Entonces, en ese momento, ambos oyeron que un vehículo estaba muy cerca de ellos, mas precisamente a unos escasos metros. El Ford falcón que manaba el oficial Estrada impactó contra los dos hombres y los lanzó por encima del mismo. Un poco más atrás venían un par de patrullas que, al ver lo acontecido, se desviaron a la banquina para no pasarle por encima a los hombres que ya estaban bastante heridos.

Estrada se bajó del auto y corrió hasta dónde estaba el oficial Cornejo. Se arrodilló a su lado y, temblando por el nerviosismo, le sostuvo la cara entre sus manos.

―Pensé que no ibas a venir ―dijo Cornejo entre jadeos.

―Me despertó el ultimo timbre y después de oír el mensaje fui a la estación. Perdón por no venir antes.

―Está bien ―murmuró Cornejo dejándose desvanecer en el barro de la calle mientras que, al fin, después de cuatro días, dejó de llover.

Continuará…