La histeria colectiva por el coronavirus

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El domingo 15 de marzo terminé de comer un asado en la casa de mi mamá (a dos cuadras de la mía) y me acosté a dormir la siesta. Cuando me levanté habían cambiado algunas cosas, el presidente había decretado el cierre de las fronteras y una cuarentena de quince días, y yo, como lo sospechaba, no empezaría las clases en la facultad el día que estaba previsto. Hasta ahí todo normal, había intentado conseguir un poco de alcohol en gel los días anteriores, sin demasiado éxito, pero el sábado había podido hacer las compras mensuales en un hipermercado cercano. Todo normal.

El lunes pasó lo que hace el argentino promedio: entró en un estado de histeria colectiva. Gente haciendo cola de KILÓMETROS para entrar a mayoristas, desabasteciendo supermercados (todos, mayoristas, minoristas, hasta el átomo que tengo a dos cuadras) y entrando en crisis.

Yo no lo podía creer. Cuando la epidemia de gripe A pasó yo era chica, y recuerdo que a los menores de edad no nos dejaban entrar a shoppings y supermercados, y nada más.

La situación se puede tornar más grave muy rápidamente, la misma gente que no respeta la cuarentena yendo a gastar todo su dinero a víveres, es la misma que también está evitando que gente que no tiene el dinero que ellos gastan (por ejemplo mi madre o yo que trabajamos por día, y como nosotras miles de personas) acceda a productos básicos para combatir la pandemia, esto es, jabón, por ejemplo.

En los grupos de compraventa gente ofreciendo alcohol en gel de dudosa procedencia a precios irrisorios, gente que fabrica alcohol en gel casero (y encima lo vende), sin importar que cientos de veces se les haya informado de lo peligroso que es intentar jugar al farmacéutico cuando no se tiene idea de química, o de productos inflamables.

¿Realmente necesitan un pallet de papel higiénico? ¿Realmente necesitan una estantería completa de harina? El egoísmo es uno de los problemas de la pandemia, estamos en el país del “no me importan los demás, solo mi familia y yo”. Esto me recuerda a la imagen que se ve cada vez que se anuncia un aumento en los combustibles, gente haciendo colas de kilómetros para ahorrarse $5 por litro de nafta.

Gente que piensa que la cuarentena es una versión similar de las vacaciones de invierno, llevando a niños a shoppings, locales de comida rápida, plazas llenas en los juegos y no se dan cuenta que gracias a ellos un problema que se busca evitar, va a pasar de todos modos.

Voy a sacar a relucir mis conocimientos en microbiología y epidemiología (estoy en quinto año de medicina veterinaria) para decir que el coronavirus es un virus extremadamente curioso, no por la patología que causa en sí, sino por lo que genera en las personas: histeria colectiva y egoísmo, igual que el del entrenador de rugby que le dio una paliza al guardia que intentó detenerlo y decirle que debía cumplir con la cuarentena.

“A mis contactos de Latinoamérica que me siguen les digo, quedaos en casa por favor, nosotros no lo hicimos y así estamos ahora” decía Jorge Cremades (un comediante español) vía historias de facebook, alertando a los demás. No es muy difícil, para comprar pueden ir a una despensa de barrio (todos tenemos al menos una cerca) pero no, es más importante generar una fuente de contagio en la cola de un supermercado para ahorrarse cinco pesos de una caja de tomate triturado.

¿Saben quién necesita barbijos y alcohol en gel? Spoiler alert: la gente común NO.

La necesitan las personas inmunodeprimidas, gente con VIH/SIDA, con cáncer de cualquier índole (haciendo y no haciendo quimioterapia), personas con patologías que, si les agarra coronavirus (o cualquier otro virus circulante en el ambiente) les hace peligrar seriamente su vida.

Para el resto de nosotros las cosas son simples: Quédense en sus casas, lávense las manos y tosan en el codo. Pero no, es más fácil vaciar los supermercados y pelearse con la gente por un paquete de papel higiénico.

El coronavirus es un virus que ha sacado a relucir lo importante que es la empatía por el otro. El pensar en que no todos tenemos el mismo poder adquisitivo para “abastecerse”, el quedarse en la casa, el no salir como locos a las guardias saturando a médicos y enfermeros que hacen (como siempre) lo mejor que pueden en una situación que los desborda, y encima, pagándoles poco.

Pongámonos un poquito la mano en el corazón, dejemos a los chicos adentro de la casa, no hagan fiestas como si no hubiese mañana, respeten la cuarentena, y quizá, con algo de suerte, el coronavirus hará lo mismo que hace cualquier agente infeccioso después de cumplir su ciclo: se irá.