A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 8

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—No pudieron ser otros más que los judíos —dijo el hombre haciendo un gran esfuerzo—.Cuidá a tu madre y a tu hermana—tomó su última bocanada de oxígeno—. Ahora sos el hombre de la casa.

—No, papá… —el niño apoyó la cara sobre el pecho de Doménico Belfiore—. No me deje solo papá.

En pocos minutos Santos Belfiore estuvo rodeado de todos quienes iban llegando hasta el monumento al ejército de Los Andes.

El habitual paseo de los sábados, que esa tarde iba a terminar en la cima del cerro de la Gloria, transformó la vida del hijo de aquel hombre que había llegado a la Argentina en mayo de 1910 procedente de Ravanusa, una pequeña localidad de Sicilia.

Se habían sentado a descansar después de la larga caminata.

Santos tomó un generoso trago del agua fresca de la cantimplora que le gustaba llevar colgada al hombro para refrescar los paseos con su padre.

—Mire papá —dijo Santos apuntando con su dedo—, que bonita la moto que viene ahí con un carrito al lado.

—Se les llama sidecar —comentó siempre dispuesto a charlar con su primogénito Doménico Belfiore—, y significa justo lo que vos decís: carro de al lado.

El niño pasó la cantimplora a su padre y recibió con gusto el recién preparado sanguchito de jamón cocido y queso con el pan francés que olía como los dioses. Le clavó los dientes con ganas.

—Mmmm, esto está especial —dijo sin sacar la vista de la moto amarilla que se acercaba.

Para cuando ambos descubrieron la escopeta que empuñaba la rubia del sidecar, ya era demasiado tarde. Doménico se abalanzó sobre Santos cinco segundos antes de que los impiadosos perdigones encontraran un blanco fácil en su espalda.

***

Tendría que transcurrir una semana desde el día en el que despidieron los restos del cabeza de familia para que Eligia Trovato, viuda de Belfiore, se sentara con su hijo de diez años con el objeto de darle a conocer quién en realidad había sido ese hombre bueno y cariñoso al que todos en el barrio conocían como el bicicletero.

Su padrino, el tío Juan, viajó desde Rosario para pasar unos días con ellos. Llegó colmado de regalos y de a ratos consiguió que las risas y los buenos recuerdos se confundieran con la rabia y las lágrimas que tan enorme pérdida provocaba. La casa se llenó de gente que quería saludarlo y él, siempre amable, respondía a la frase:

—Su bendición don Chicho.

El local contiguo a la vivienda dejó de albergar pedales, punteras, cables de frenos y otros elementos ciclísticos para dar paso a estanterías repletas de todo lo que alguien pudiera necesitar en cuestión de alimentos.

Juan Galiffi se aseguró de que la familia de su amigo estuviera tranquila antes de regresar a Rosario para ponerse otra vez al frente de las actividades que tenían como epicentro al barrio Pichincha con sus casas de tolerancia.

Una década antes de que Ágata Cruz Califfi, la flor de la mafia, fuera condenada y recluida en un manicomio por traficar moneda falsa, y asaltar el banco de Tucumán, Eligia Trovato manejó con mano dura los asuntos relacionados a juego clandestino, prostitución y carreras de caballos.

—Mirá que sos chambón —dijo Eligia sonriendo mientras ponía sobre la mesa un inmejorable plato de tallarines coronado con salsa portuguesa—. Irte en cana por una bicicleta de mala muerte.

Santos mojó el enorme pedazo de pan casero en la salsa antes de hablar:

—No se haga problema mamá —dijo todavía con la boca llena—. Como decía papá: no hay mal que por bien no venga.

La animada conversación que madre e hijo tuvieron ese mediodía iba a fundar un nuevo y lucrativo negocio familiar que muchos años después se cobraría la vida de Lorenza, hermana menor de Santos y su esposo, iniciando una maldición que alcanzaría también a sus hijos provocándoles la muerte a manos de Luciano Rinaldi.

***

El calabozo era como todo calabozo que se precie: frío y húmedo. El olor a humo de miles de cigarrillos, mezclado con orines y moho hizo que Santos no pudiese evitar arrugar de tanto en tanto la nariz. Entró en el reducido espacio trastabillando debido al brutal empujón que le diera el policía que hacía las veces de carcelero. Al haber dado un nombre falso y declarar que no llevaba documento alguno que acreditara su identidad nadie se dio por enterado, al menos en un principio, del linaje del jovencito de unos dieciséis años, enjuto como un alambre y callado como una puerta —la contracara del hombre en el que se convertiría—, que se acurrucó en un rincón abrazándose las largas piernas flexionadas para dedicarse a mirar el piso de cemento roído hasta que alguien decidiera sacarlo de ahí.

—Che ya que estamos al pedo acá —dijo un tipo petiso que caminaba de un lado para otro con un cigarrillo entre los dedos—, sigamos dándole vueltas al asunto, que por lo menos nos sirva de algo esta encanada.

—El Laucha ya se debe haber rajado con la Estela —comentó un gordo que mordía nervioso un fosforo de madera desparramado sobre el inmundo catre, con los ojos fijos en una mancha de humedad del techo con forma de mariposa.

—Sí con la Estela y con la guita, eso es lo peor.

Los dos presos hablaban como si nadie los oyera. Le dedicaron unos segundos de atención al recién llegado, pero eso fue todo.

—Mirá que te lo repetí una punta de veces —reprochó el petiso sin dejar de moverse—, no vayamos a lo de Madame Margot…

Claro pelotudo —Ahora era el turno del gordo para hacer reclamos—, vos la tenés fácil porque mojás cuando se te canta…

—Y uno tiene su pinta —declaró muy ufano el petiso metiendo los pulgares por debajo de los tirantes—. Además el gil ese que hizo correr la bola sobre los petisos, sea quien sea, es un capo.

—Sí, lástima que la Zulma me confesó las otras noches que en tu caso la regla no se cumple.

Marcial Sotelo, el gordo, dejó escapar una de sus atronadoras carcajadas.

—Dejala vos nomas a la Zulma que ya va a venir a pedir la escupidera.

Sotelo se incorporó para estirarse, como si acabara de terminar una siesta, con un sonoro grito.

—Justo esta noche se les tenía que ocurrir a estos mugrientos hacer una razia.

—Estamos jodidos —comentó Miguel Ángel Ludueña, el petiso—, sin la mosca del Laucha, chau laburo.

Santos Belfiore que desde su ignorada esquina había tenido que morderse el labio para no reírse con los comentarios de sus compañeros de celda, dijo con voz firme y segura:

—Sí lo que necesitan en plata, se las puedo conseguir.

—Los dos hombres volvieron la mirada hacía el muchacho con el mismo gesto de incredulidad que hubieran mostrado en sus caras si la mariposa del techo hubiera de golpe hecho batir sus alas.

—Y vos por qué carajo te peinás para una foto en la que no vas a salir —dijo Marcial Sotelo— ¿De qué la jugás, vos quién mierda sos?

—Soy el hijo de Doménico Belfiore —respondió Santos.