Crónicas de amor a la mendocina, mi enamorado Indio de Punjab

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El fuego mantiene alejadas a las bestias de noche, lo sabe todo el mundo. Aunque sea la llama de una velita que tiembla ante cada ráfaga de aire caliente y húmedo que llega desde la selva a través de los palos endebles del quincho donde colgamos las hamacas. Los aullidos no son de jaguares ni otros seres desconocidos causantes de la desaparición de los mayas. Lo dijo el puberto que nos cobró en la entrada y nos pasó estos pedazos de tela que ahora son nuestras camas. Son monitos aulladores, que entran en la palma de una mano, y obviamente no son peligrosos. No tengo repelente para los insectos de la selva. Ni para ningún tipo de insecto. Debí traer un tul. ¿Quién anda con tul en la mochila? Bueno, los que andan de mochileros en la selva, obvio. Eso tiene que haber sido un monito. La llama tiembla. Eso no fue una serpiente, no puede ser. Rita tampoco duerme, pero no quiero decirle nada. No quiero hacer ruido. Se está apagando la vela. La hamaca paraguaya me raspa. ¿Por qué en Los Simpsons parecen tan cómodas? ¿Porqué pensé que era buena idea dormir así, solas, en medio de la selva? (Bueno, ya lo sé, porque suelo tomar malas decisiones).

Se apagó la vela. Que sea lo que tenga que ser. Y me quedé dormida.

***

Palenque es realmente un lugar maravilloso. Las pirámides, los museos, la frondosidad de la selva tienen algo fascinante para quienes habitamos el desierto. Pero dormir en hamacas al aire libre, a 100 metros de cualquier otro ser humano, no es recomendable cuando no se está acostumbrada a los ruidos, animales y olores selváticos. Porque claro, una asume que  en el campo la noche se trata de estrellas, tierra pelada, montañas nevadas al fondo y silencio. Por eso, después de dormir poco y transpirar mucho, buscamos un hostel, que además de cobrar lo mismo que el camping y tener camas en cabañas con ventanas y puertas, tenía un bar. Cambiamos los monos aulladores por daikiris de maracuyá, música y turistas jóvenes de casi todo el mundo.Y especialmente una mesa frente a nuestra mesa, desde donde nos miraban un chico alemán y uno israelí muy simpáticos. Eventualmente aparecía y desaparecía un indio medio misterioso (ja, ya saben cuál me gustó). Entre los tragos tropicales, la música en vivo y algunas palabras improvisadas en inglés, decidimos hacer todos juntos una excursión a las cascadas de Agua Azul al día siguiente.

Por una de esas cosas de la vida (juro que no fue a propósito, pero no me crean) quedé sentada en la combi al lado de Mohit. Me empezó a hablar de Punjab, donde ponen rejas en las ventanas para que no entren a las casas los monos que están en los árboles, como nuestras palomas. Y me habló de Bollywood hasta que llegamos a las cascadas. En este caso, especialmente en este caso, creo que la culpa fue del paisaje. Se trata de una serie de pozas de agua turquesa lechosa, que se conectan entre sí con cascadas de diversas alturas, en medio de la selva. Y uno se puede meter en esas piletas naturales de agua tibia y nadar y sentirse en el paraíso.

Bueno, nadar si uno sabe nadar. El indio de Punjab no sabía. Y me pareció tierno, así que mientras mi amiga de Brasil y los otros dos se adelantaban cruzando pozas y escalando cascadas, yo me quedé atrás con él. Improvisando equilibrios imposibles en rocas resbaladizas para pasar de una pileta a la otra, hablamos de la ONU. En Mendoza se hacen modelos de Naciones Unidas, que son simulaciones donde los estudiantes juegan a representar un país y compiten en un debate donde además de usar argumentos vehementesperofalaces sobre la necesidad de terminar con el hambre en el mundo, se hacen rankings de las y los delegados más lindos, se simulan sesiones de rezos con dirección a la meca y se histeriquea mucho, sobre todo entre los delegados de países que no deberían ser amigos, como Corea del Norte y Estados Unidos (bueno… eso era más raro antes de Trump).

En fin, cualquiera que haya participado en un modelo de la ONU alguna vez ha fantaseado con ser diplomático de verdad (¡sólo conozco uno que lo consiguió, felicitaciones!). Y más que con eso, con estar en la ONU de verdad. Resultó que el Indio había hecho una pasantía en la ONU, y sin darse mucha importancia, me dijo que si él había podido llegar (un Indio de Punjab) pues yo también podía hacerlo si realmente lo quería. Y le creí.

Cuando llegó la hora de irse y volver al hostel, nuestros nuevos amigos (emh…) nos invitaron a ver alguna pelia su habitación (ehm…), pero nosotras teníamos el micro para volver a DF esa misma noche, asique nos pasamos el Facebook (ya no era Messenger, pero todavía no era Instagram) y nos fuimos. Chateamos alguna vez y creo que hubo un mal entendido, donde no quedó claro que todos vivíamos en DF. Después me desconecté porque fui a un congreso de Estudiantes en Morelia y tuve ciertos problemas con pintura celeste. Pero tras algunas semanas, me llegó un mensaje de Mohit. Y volvimos a hablar. Me dijo que se había quedado con ganas de invitarme a salir y a mí me pasaba lo mismo. Pero estaba por viajar, se iba a Canadá y después a Punjab. Volvía a México antes de que yo terminara mi intercambio. Podíamos conocernos por Skype mientras tanto. (Con Canadá eran pocas horas de diferencia…  con la India eran 12). Accedí.

Coordinar para charlar a las 8 am/pm, presentarse a la familia a través de fotos viejas. Compartir música y recetas vegetarianas.Enterarse de que los matrimonios arreglados en la India no son sólo cosa de Apu y sus 8 hijos. Cortarse el pelo en honor a cierto dios de muchos brazos para tener buena suerte. Rendir parciales de ética. Problemas con la VISA para volver. Se corre la fecha del viaje. Intentar atrasar mi partida. Multas imposibles por hacer cambios en la tarifa más económica. Chatear mientras meto mis fotocopias en la valija y decido dejar mi ropa para que quepan más libros. Él haciendo conexión en Dallas para llegar al DF después de 3 meses, el mismo día y a la misma hora que sale mi vuelo al sur. Llegar al aeropuerto y ver que mi viaje está atrasado pero no lo suficiente para alcanzar a verlo. Volar. Llegar a casa. Y ver el mensaje en el teléfono que dice que es muy raro estar en DF y que yo no esté.

Volver a la rutina después del intercambio no es tarea sencilla. Falta rendir las últimas materias, y después de las reuniones de bienvenida con tacos y tequila de rigor, todos siguen con su vida y una tiene que acostumbrarse a niveles bajos de adrenalina… o no. El indio escribe. Que se quedó con ganas de conocernos. Que podría buscar trabajo en Argentina. Que tenemos que vernos. Que nos veamos. Que vayamos a Lima que está a medio camino.

Mohit me mandó la foto de que había comprado su pasaje, y yo después compré el mío (algo de prudencia, de vez en cuando). Y me dediqué a estudiar para la materia más difícil de mi carrera, que rendía el día anterior a la fecha de viaje. Fue práctico, porque los nervios de encontrarme con el Indio neutralizaban el miedo a la mesa, y viceversa. Así que rendí, y viajé. Y llegué al aeropuerto en Lima. El Indio no llegó.

Dijo algo de que tuvo un problema con el trabajo porque no había aprendido suficiente español y lo echaron. No que quería gastar plata si no tenía un sueldo…Yo tenía 10 días sola en Perú para hacer algo más que sentir pena por mí misma. Fui a un hostel donde había gente que no me preguntaba porqué estaba sola. Compré y leí un libro que tenía por título “Los hombres que no amaban a las mujeres” (creo que fue por despecho, pero al final me enganché con toda la saga). En el viaje de vuelta conocí un suizo supuestamente multimillonario que me ofreció llevarme del aeropuerto a mi casa con su chofer privado. Le dije que no, obviamente. Pero a la noche siguiente fuimos a comer ostras al restaurante más elegante donde he estado…

El punto es que algunos años más tarde llegué a la ONU de verdad. Ya había decidido que no quería ser diplomática, pero cuando estaba en el estrado donde habló el Che Guevara, mirando todas las mesitas con las pizarras electrónicas con el nombre de cada país, sonreí y le mandé un beso a Mojito el de Agua Azul,adonde sea que estés.