A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 10

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—Me voy por unos días y ponés todo patas arriba —ironizó Orlando Samudio mezclando palabras y risa—. No hay caso, no te puedo dejar solo.

Enrique Balbuena llenó los vasos con la cerveza que acababa de sacar del congelador. Se metió dos capsulas, verde y blancas, en la boca antes de ver el fondo del vaso de un solo trago.

—¿Estás seguro que no te va a hacer mal empujar los remedios con eso?

—Así de paso me atonto del todo y me olvido por un rato del dolor de mierda este —Balbuena señaló el vendaje inclinando la cabeza para ese lado—. Lo que si te pido por el amor de dios, no se te ocurra decirle nada a Ponce cuando venga.

Samudio zambulló la mano en el plato lleno de papas fritas y se llevó un puñado a la boca que masticó con paciencia.

—Sí, claro porque ahora resulta que yo soy un estomago resfriado—comentó con fingida indignación—. Ah me olvidaba. —Se golpeó la frente con la palma de la mano como un gesto que lo ayudaba a recordar—, el asunto del taxi ya está solucionado.

—¿Qué dijo don Adolfo? Debe estar furioso.

—Toda furia se puede aplacar con plata, no te preocupés.

—Te agradezco hermano. No tengo ni puta idea de cómo te lo voy a devolver, pero…

—Dejate de joder ahora con eso —. Lo interrumpió su vecino y amigo—. Con todo lo que ustedes nos han ayudado siempre.

Los dos hombres estaban solos en la cocina. Sus familias habían acatado la sugerencia de Rinaldi para alejarse por un tiempo. Esa temporada en un hotel en Carlos Paz que, con gustoso agradecimiento, solventó Luciano construyó los cimientos de una amistad irrompible entre los hijos de las tres parejas. Decir que esa edificación fue sencilla, sería lo mismo que afirmar que Miguel Ángel cumplió sin problemas con el encargo del Papa Guerrero, pero las madres eran conocedoras de su oficio y supieron dirigir la obra con: amor, inteligencia, buen humor y una importante cantidad de paciencia.

—Che, tuvimos suerte de que las chicas se tomaron bastante bien todo este quilombo —dijo Orlando yendo ahora en busca del plato de los maníes.

—Los pibes deben estar contentos, unas flores de vacaciones se ligaron.

—Resultó ser un pingazo este Rinaldi —dijo Orlando.

—La verdad que sí aunque la primera vez que lo vi me pareció flor de pelotudo y ahora me parece más o menos lo mismo. ¿Dónde fueron a comprar las pizzas… A Nápoles?

—Los mandé a lo de doña Margarita, pero debe estar hasta las manos de gente —Orlando se limpió la boca con la servilleta de hilo que Aitana había bordado—, Y decime loco de mierda que se te dio por jugarla de héroe.

—Vos sabés que es el día de hoy que yo mismo me lo pregunto…

Enrique Balbuena tuvo que dejar de hablar. En pocos segundos una tranquila reunión de amigos, de los de toda la vida y de los recién llegados, en una noche de sábado que nada más perseguía volver un poco, aunque nada más fuera un poco, a los días y las noches de tranquilidad iba a convertirse a los ojos del taxista otra vez en una película de tiros con muertos en ambos bandos.

Primero fue la frenada con un chirrido de gomas poco habitual para la tranquilidad del barrio. Después las ventanas del comedor estallaron bajo una ráfaga de balas que sabían muy bien cuál era su objetivo: destruir sin miramientos.

—Ah la reputa madre —gritó Orlando— ¿Qué mierda pasa?

Los amigos, para protegerse, fueron a dar con la cara contra el piso cerámico. Gracias a la experiencia de encontrar y ultimar a los asesinos de su padre Orlando había recibido de sus familiares en Caja de Agua un entrenamiento acelerado en el manejo de armas cortas, pero no le pareció necesario llevar encima la pistola Tokarev con la que vengó la muerte de Arsenio, su padre, teniendo en cuenta que el plan era comer unas pizzas y reírse un rato.

—Salgan cagones hijos de mil putas —ordenó la voz de Neco Belfiore desde la vereda.

—Vení a buscarnos ya que sos tan macho —respondió Balbuena con otro grito no menos feroz.

Continuará…