A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 11

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—¿Usted me está diciendo que Alfredo Rinaldi es su primo? —Santos Belfiore se había puesto de pie.

—Así es señor Belfiore —respondió con aplomo Luciano Rinaldi—. Es por su sugerencia que he pedido reunirme con usted —hizo una breve pausa—, con usted y su familia, claro.

Santos Belfiore volvió a tomar asiento en la cabecera de la mesa, el lugar que siempre ocupaba para presidir este tipo de reuniones. Esperó a que Julia volviera a servir café a todos los presentes y no pudo menos que notar cómo su ritmo se aminoró frente a la taza vacía del recién llegado, quien le agradeció con una tenue sonrisa.

—Me veo en la obligación, mí estimado señor, de advertirle que a pesar de portar tan ilustre apellido —tomó un poco de café y lo paladeó por unos segundos antes de proseguir— voy a rechazar su propuesta.

Todas y cada una de las sillas alrededor de la mesa crujieron nerviosas. Neco en su primera reunión del directorio después de salir de la cárcel, estuvo a milímetros de quejarse, pero su padre alzó la palma izquierda en un gesto que se lo impidió justo a tiempo. Julia, como en un trance, no despegaba sus ojos de la figura de Luciano, y sus sobrinos, conocedores y respetuosos de las virtudes empresariales de su tío, esperaban.

—Con todo respeto don Santos —dijo Luciano retirando un poco su silla para poder pararse—podría conocer sus motivos, ya que sin dudas deberé darle explicaciones a mi primo.

La máxima autoridad del banco del hampa terminó de disfrutar su café.

—El motivo es uno solo, mi amigo, lo que usted propone no puede hacerse y el nuestro es un negocio familiar que prefiere pisar suelo seguro.

El plan que Luciano presentó a la familia Belfiore era más que factible. Había sido pensado en interminables noches de desvelo por un hombre nacido en la provincia de Caserta cuyo despiadado prestigio lo haría integrar las sangrientas páginas biográficas de la Camorra. Cada uno de sus vértices había sido revisado cien veces y cada una de las conclusiones obtenidas había ido a parar a un voluminoso cuaderno. Una copia del proyecto manuscrito fue puesta en manos de la Interpol por una madre que buscaba vengar la muerte de su hija, de veinte años, a manos de Alfredo. La misión que la devastada mujer se impuso demoró más de un año en completarse. El primer paso fue sencillo, ya que todo lo que llevara una falda era buen material para la cama de Rinaldi. Conseguir la llave del cofre en donde guardaba el famoso cuaderno resultó bastante más complicado y transcribirlo fue lento, pero una madrugada de enero, con los ronquitos de fondo de Alfredo, al fin puso el punto final a la tarea.

Para la Interpol hacerse con el cuaderno fue encontrar el hilo de Ariadna.

—¿Es esa su última palabra o puedo seguir argumentando a mi favor? —comentó Luciano, buscando que la sensación de fracaso no llegara hasta sus cuerdas vocales.

—Esa es mi última palabra, estimado amigo —dijo Santos acercándose para estrecharle la mano—. Le ruego haga llegar mis saludos a don Alfredo y si en el futuro podemos colaborar con usted, no dude en venir a vernos.

—Les agradezco mucho a todos por su tiempo —Luciano paseó la vista por la habitación—, y su café es delicioso señorita.
Julia correspondió al halago con una sonrisa discreta.

***

Puso en práctica todas y cada una de las estrategias que había aprendido en sus días de entrenamiento. Tras abandonar la casa de la familia Belfiore caminó cinco cuadras, tuvo la precaución de detenerse un par de veces con el pretexto de atar el cordón de su zapato o mirar alguna vidriera. No le resultó nada difícil identificar a su perseguidora: una mujer menuda de cabello ondulado que ahora cubría el uniforme de mucama con un tapado marrón largo.
Se trepó a un colectivo en el preciso momento en que este volvía a moverse y sonrió con admiración cuando su sombra abordó un taxi para no darse por vencida. Un semáforo en rojo fue su cómplice por un par de minutos los cuales Luciano aprovechó para saltar a la calle utilizando la puerta delantera del colectivo y hacerle seña a un taxi que se le acercó enseguida.

—Te pago el doble de lo que marque si le metés pata a fondo— incentivó Luciano desde el asiento trasero—. Dale por acá derecho hasta que te diga.

Cinco o seis cuadras antes de llegar a su destino efectivizó la promesa hecha al taxista. Caminó despacio, entrando y saliendo de varios negocios. La mucama del tapado largo no apareció por ningún lado.

***

Una hora había transcurrido desde que estrechó la mano de Santos Belfiore hasta que puso un pie en la terraza del edificio Gómez. La mujer que lo esperaba, lo saludó con un desabrido beso. En una época habían sido amantes. En esas noches entre besos y caricias, cuatro años atrás, ella le propuso integrar su equipo. Luciano que por pura casualidad compartía su apellido con un dignatario de la región de Campania aceptó ignorante de haber sido elegido para ser una pieza dentro del tablero que conectaría al número uno de la banda más temible de Nápoles con el hijo de un bicicletero que fue muerto por negarse a comerciar con los besos y caricias falsos que debían regalar mujeres aterrorizadas.

Luciano, un agente de policía que pasaba las horas detrás de un escritorio moviendo papeles de aquí para allá, no demoró más de tres segundos en aceptar el ofrecimiento. Imaginó que un futuro repleto de aventuras lo esperaba al final del camino. No todos los días un administrativo era tentado para formar parte de una brigada especial dedicada a combatir al crimen organizado.

—Para todo el mundo vos seguís siendo un taquero —sentenció su acompañante en el lecho—. Haremos pasar tu entrenamiento como servicios extraordinarios—. Ni una palabra de todo esto a nadie… A nadie y mucho menos a tu esposa.

—Pero más vale o te pensás que soy un otario.

***

Tres propuestas más del supuesto primo de don Alfredo fueron rechazadas por Santos. Había algo en ese hombre que le daba mala espina. La imposibilidad de comunicarse con quien era conocido como el rey del panettone en Nápoles, puso a Neco en movimiento.

Para nadie era un secreto el hecho de que su padre buscaba un reemplazo para su puesto dentro del banco. Si concretaba con éxito un enlace con la Camorra, sin intermediarios de ninguna clase, su padre, el gran Santos Belfiore, no tendría más remedio que reconocer su valía y perdonarle de una vez el traspié que lo había confinado a un mugriento pabellón penitenciario.

Una semana más tarde el emisario estuvo de regreso con malas noticias. Alfredo Rinaldi no tenía parientes en Argentina.

—Vayan ya y me traen a ese mentiroso hijo de puta sea como sea—gritó Neco ensayando frente a sus primos su mejor voz de mando.

Continuará…