Sueños etéreos

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“Exulansis”: La tendencia a renunciar a hablar acerca de una experiencia porque la gente es incapaz de entenderla.

Esa sería la palabra para decir lo que no puedo explicar en palabras, pero más que la gente sea incapaz de entenderla creo que yo soy el incapaz de explicarlo.  Todavía no empiezo y ya es hice un quilombo de palabras sin sentido.

Últimamente es casi habitué el insomnio en las noches de cuarentena, casi como una visita obligatoria, de esas indeseables que caen en mal momento y uno no puede echarla, aunque quisiera.

Las noches pasan, al principio las contaba sin sentido alguno porque solo era un mero número, y no tenía importancia la cantidad de noches, sino lo que sentía en cada una, y todas tenían algo en común.

Me generaba una sensación algo difícil de explicar, no sé si rara, pero si intensa, tal vez peculiar, da vueltas en mi cabeza una pelea entre si fue real o solo pura imaginación, pura fantasía, y todo eso me incitaba a una violenta lucha entre la cordura y lo vivido.

Son noches inusitadas donde me carcome una intensa emoción, como si cayese en un lugar mental y me hace dudar si en realidad son sueños, o si está pasando y no es acto de un sueño delirante. Ah… la duda me carcome otra vez la cabeza, y lo único seguro es que no tengo certezas de nada.

Debo estar imaginando muchas cosas a la vez, ha de ser por las reiteradas noches de insomnio en las que vengo soñando una catarata de oníricas fantasías con ella. Son como asesinas seriales que me acaban cada noche, me dejan goteando de líquidos, de fluidos personales.

“¿Fue un sueño?” Es la primera pregunta que suelo hacerme al despertar… “¡Pero pareció tan real!” Sigo respondiéndome como un loco, hablándose solo, y me dispongo a ordenar en mi cabeza lo que en cuestión soñé, o creí soñar. “Pero si hasta pude sentir el calor de su respiración agolpándose en mi pecho, crispando mi piel, como quien reposa sobre el sol para sentir ese calor, su saliva sobre mi cuerpo era como un suave y dulce tormento, era un adagio que me quemaba a su tiempo, mis yemas sintieron en cada paseo la contextura de su piel, recuerdo su tez, era tan delicada y suave, me dejó una sensación inmarcesible que no puedo olvidarla”. Y ella sentía mis ganas en cada súbita aceleración de mis agitadas respiraciones, y sus ojos brillosos me miraban, estaban dilatados, y podía saber, a través de esa imborrable mirada, que ella también sentía lo mismo, o quizá lo disfrutaba más que yo.

Podía sentir la firmeza de sus manos agarrándome, sus brazos danzaban sobre mi espalda y me apretaban con una fuerza que sus dedos se tensaban curvos y rígidos, y me hundían levemente sus uñas. Todo parecía tan real, cada sueño tenía su cuota de detalle que lo hacía parecer tan real.

Despierto cada madrugada con la respiración acelerada, respiro hondo, muevo los dedos y estiro las manos a los costados, recién cuando no la siento a mi lado, ahí caigo que solo fue un sueño. “Pero pareció tan real…” me vuelvo a repetir.