A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 16

—«…La va a tocar para Diego, ahí la tiene Maradona, lo marcan dos, pisa la pelota Maradona, arranca por la derecha el genio del fútbol mundial, deja el tendal y va a tocar para Burruchaga…
¡Siempre Maradona! ¡Genio! ¡Genio! ¡Genio! Ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta-ta… Gooooool… Gooooool… ¡Quiero llorar! ¡Dios Santo, viva el fútbol! ¡Golaaazooo! ¡Diegoooool! ¡Maradona! Es para llorar, perdónenme… Maradona, en recorrida memorable, en la jugada de todos los tiempos… Barrilete cósmico…
¿De qué planeta viniste para dejar en el camino a tanto inglés, para que el país sea un puño apretado gritando por Argentina?
Argentina: dos, Inglaterra: cero.
Diegol, Diegol, Diego Armando Maradona… Gracias, Dios, por el fútbol, por Maradona, por estas lágrimas, por este Argentina: dos, Inglaterra: cero.»

Los gritos, seguidos de los saltos y los abrazos en ese mediodía de domingo fueron una reacción en cadena —similar a la que ocurre cuando una ficha de dominó golpea a su compañera para dar inicio a un recorrido que formará figuras y mecanismos ingeniosos—, en todo el país y en cualquier otro lugar en donde alguien nacido en Argentina tuviese enfrente un televisor o aparato de radio.

A la cocina de los Samudio llegaron los ecos de la alegría de gol multiplicados por cuatro. Las tres madres, que formando un equipo igual o mejor preparado que el que triunfaba por esos momentos en el estadio Azteca, eran capaces de imaginar cómo los muchachos saltaban y se abrazaban frente al televisor como si cada uno de ellos hubiese llevado a cabo la jugada que la historia recordaría como el gol del siglo. La felicidad de su descendencia las hizo sonreír sin dejar de lado sus tareas pendientes para conseguir que el almuerzo fuera un éxito mucho más grande que el de otros domingos anteriores.
Las tres familias, que podrían ser consideradas de esa forma si se tenía en cuenta los diferentes apellidos: Samudio, Balbuena y Rinaldi, conformaban para todos los efectos prácticos un solo núcleo. Fue con ese propósito de unificación y cercanía que Orlando tuvo un sueño y fiel a su costumbre lo compartió con Enrique.

—¿No estaría bueno que pudiésemos vivir todos un poco más cerca? —comentó un domingo en el que habían aceptado la invitación de Enrique para festejar su cumpleaños con un asado en Saucelandia.

—Bueno no —respondió con severidad—. Buenísimo. —Remató la frase dejando escapar su contagiosa sonrisa.
Tres años iban a sumarse a las vidas de todos hasta que la gran familia pudo mudarse a un conjunto de tres viviendas que Orlando, un fiel discípulo de su padre en el oficio de la albañilería, con la ayuda de Enrique, sumado al valioso aporte de su cuadrilla de obreros fueron poniendo de pie en cada momento libre que conseguían robarle al trabajo habitual. Sobre un terreno de tres hectáreas los hombres edificaron tres casas idénticas ubicadas de manera tal que formasen un triangulo equilátero.

El complejo habitacional El triangulo como lo nombraron fue creciendo en vegetación y arboleda. Para los días en que las madres se esforzaban en organizar un almuerzo digno de ser premiado con tres estrellas Michelin el terreno se poblaba con árboles de: nogal, cerezas, olivos, duraznos, damascos, higos y ciruelas.

Ese domingo 22 de junio de 1986 sería recordado por muchos gracias al encuentro futbolístico que disputó Argentina e Inglaterra por los cuartos de final de la Copa del Mundo en la ciudad de México, para los cuatro jóvenes que ahora disfrutaban y sufrían frente al Philco de veinte pulgadas. Esos mismos cuatro que una vez se habían enfrentado por dos bicicletas: una roja, la otra de color tostado. Esos mismos cuatro a quienes los años, el dolor y muchas alegrías habían convertido en hermanos más allá de la sangre, no olvidarían, por supuesto, ese partido, pero por sobre todo atesorarían en la memoria ese domingo de junio. El domingo en el que llegó de Lima el tío Juanjo.