Crónicas de Amor a la Mendocina: Cómo no festejar un cumpleaños

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Hay gente que odia el día de su cumpleaños, de hecho intentan que nadie sepa la fecha (sí, existen, lo juro, he conocido varios). También hay gente pasa piola y sale a tomar algo con los amigos y sopla las velitas en la oficina, tranqui. Y luego, estamos los que tiramos la casa por la ventana. Aquellos para los que el día del cumpleaños es el día más importante del año. Le decimos a todos los desconocidos que nos cruzamos en la calle que cumplimos una nueva vuelta al sol (si… literal). Respondemos inmediatamente todos los mensajes en el muro de Facebook, incluso los de esa gente que no vemos hace décadas, pero que nos conmueven con sus buenos deseos. Y revisamos el correo electrónico varias veces al día para ver si algún ex ha recordado de la fecha mágica.

Nosotros, los del tercer grupo, pasamos meses pensando en cómo festejar el natalicio. Hacemos fiestas de disfraces, cumpleaños temáticos y menús estrambóticos (como preparar sushi casero para 30 personas, o cocinar recetas tibetanas para los amigos celíacos, o comida húngara en México para todos los compañeros de clase). El punto es que el periodo de planear el festejo de cumpleaños es más importante que el festejo en sí. Porque la verdad es que durante la fiesta uno tiene que andar charlando un ratito con cada grupo y se la pasa nervioso revisando que todos tengan algo para tomar y para comer y que estén cómodos, y al final se pasa la noche y uno no se da cuenta (supongo que algo parecido debe pasar con los casamientos, pero no lo he corroborado aún).

A pesar de que amo mi cumpleaños, hay algo que nunca, por ningún motivo, hay que hacer: planear una fiesta sorpresa. A una compañera del colegio le festejaron los 15 años con una fiesta así (siempre le tuve lástima). Los padres le dijeron que no había plata para una fiesta como la que ella quería (algo que yo entendía porque tuve que aceptar las mismas limitaciones económicas). La hicieron pasar por todo un año de fiestas de 15 como invitada, sufriendo por dentro por no poder tener la fiesta propia (bueno, eso me pasaba a mí). Y un viernes antes de su cumpleaños (¡¡¡antes!!! Trae mala suerte. Como si no fuera suficientemente malo la fiesta sorpresa de por sí) le dijeron que tenían una fiesta cualquiera, y resultó ser su propio festejo en salón y todo. ¿Se imaginan algo peor? ¡Crueles! La dejaron sin poder elegir el vestido, ni los invitados. Ni seleccionar amigas para la tradición de las 15 velitas y los discursos melosos ensayados infinitas veces.

En fin, a los 15 una depende mucho de los padres y su buena voluntad. Pero a los 25, ya no hay margen para que una fiesta sorpresa sea una buena idea. Y menos como estrategia para salvar una relación que hace agua por todos lados. Y menos si la cosa implica viajar desde Chile el fin de semana previo al día mágico (y por lo tanto, festejar antes: ¿qué parte no entendiste? ¡mala suerte!). Y menos aún si no conocés a los amigos de tu amorcito, y terminás invitando personas a las que hace años que tu pareja no ve. Lo peor, claro, es involucrar a la familia y ponerla en el compromiso de seguirte la corriente, cuando llevan más de una semana escuchando a tu novia decir que quiere cortar con vos. Una vez más, lo digo por experiencia propia.

Otra mala idea, a la hora de enfrentar el cumpleaños de una persona que es fanática de su propio natalicio, es creerle cuando te dice que “está bien si estás cansado y no querés hacer nada ese día”. ¡Mentira! La magnitud del daño, en este caso, dependerá de la estrechez del vínculo. Si sos compañero de la facultad, asumí que probablemente no te pasen los apuntes de la clase que faltaste por estudiar para ese parcial, y que tampoco serás considerado para los trabajos grupales por lo que resta del semestre. Si sos una amiga cercana, y tu excusa para faltar al festejo fue cualquiera menos estar internada con un caso gravísimo de alguna enfermedad incurable en el hospital, prepárate para meses de vistos en el whatsapp, y una que otra echada en cara en el momento menos esperado.

Pero si sos el desprevenido novio que todavía no sabía lo que significa el cumpleaños propio para tu amorcito, y caíste con el confuso mensaje del “no pasa nada si estás cansado”, créeme que deberías reconsiderar si vale la pena mantener la relación. Sobretodo considerando los meses que tendrás que remarla para reparar el daño. Sí, lo admito, somos un poco insoportables con el tema, pero el que avisa no traiciona. Y a mi favor puedo decir que la misma onda que le ponemos al cumpleaños propio se la ponemos al festejo de la gente cercana.

Pensamos los regalos especiales por meses. Claro, eso no nos salva de algunos descuidos. Como encontrar por fin el libro de nuestra media naranja nos comentó en el verano que quería, y dárselo con todo el orgullo del mundo, sintiendo que nos ganamos el cielo. Y que ante todo pronóstico, el festejado, después de agradecernos muy amablemente, nos pregunte si no recordamos cuando nos contó que lo había encontrado por internet. Que pensaba comprarlo. Que lo había comprado. Que llegó y nos lo mostró. El mismo libro. Pero en una edición más cuidada.

Bueno, en mi defensa puedo apelar a que soy de piscis (siempre es bueno poder recurrir al horoscópo cuando me conviene, aunque nunca lo admitiré en voz alta). Mas allá del despiste, en verdad le ponemos onda. Hacemos las tortas para los festejos de los demás, preparamos las pizzas, reservamos bares, hacemos los grupos de whatsapp para organizar el regalo grupal o el video de saludos en épocas de cuarentena. Reservamos los desayunos a domicilio cuando estamos lejos, y llamamos a las 12 de la noche aunque haya diferencia horaria. Seguimos escribiendo en los muros de Facebook aunque ya casi nadie lo haga, y hasta pintamos carteles a pesar de que nunca debimos haber aprobado plástica en la primaria.

Hay quien dice que eso de festejar el cumpleaños a lo grande es propio de la juventud, cuando se tienen muchos amigos, mucho tiempo y poca plata. Es cierto lo del tiempo y la plata. Pero estoy convencida de que quien no tiene amigos de toda la vida, y no entiende el valor aprovechar las ocasiones cada vez más escasas para reunir a toda la gente que quiere y reírse un buen rato, pues no entiende cómo funciona el mundo.