A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 17

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Gracias por todo —exclamó el hombre apretando con fuerza la diestra de quien acababa de entregarle su equipaje—. La próxima seguro irá mejor.

Dios te oiga hermano —respondió uno de los choferes del ómnibus de la cooperativa T.A.C. que había arribado a destino desde la estación Retiro con más de seis horas de retraso.

En el viaje hasta el Triangulo sentado atrás en la doble cabina Toyota Stout RK 10, Juan José Samudio —el menor de la familia y el único sobreviviente de los cinco hermanos de Orlando que no había caído ante las balas de la Guardia Republicana como miembros de un escuadrón de Sendero Luminoso que intentaba rescatar a una compañera custodiada en el hospital del valle de Ayacucho, ya que ellos creían, como muchos otros, que la única alternativa posible si pretendían derrotar a una falsa democracia, a un Estado burgués y así conseguir imponer el gobierno de los trabajadores era levantarse en armas, sacrificando, de ser necesario, la propia vida—, relataría con lujo de detalles las peripecias que había tenido que sufrir durante el viaje desde Buenos Aires.

¿Qué haces causa? —dijo Juanjo Samudio utilizando el término que los peruanos emplean para comunicarse con alguien cercano y abriendo los brazos a todo lo ancho, en cruz, se confundió con Orlando en un abrazo sonoro de palmadas en la espalda.

Por fin llegaste boludo —respondió el hermano mayor con la palabra equivalente a causa en Argentina usando el mismo tono de padre con el que siempre buscó protegerlo en los años en los que enfrentaron la vida juntos y unidos como los dedos de una mano y también en todas las oportunidades que tuvo en aquellas cada vez menos frecuentes visitas a su tierra.

Aunque Orlando pronto iba a descubrir que nadie protege a nadie a la distancia y que cada cual debe seguir su camino. Por esos días en que los únicos que todavía portaban el apellido de su padre se volvieron a ver, Juanjo ya había elegido uno, difícil y peligroso, por el que caminar.

Hola viejo —se presentó Enrique Balbuena estirando la mano derecha—. Un gustazo conocerte al fin.

Lo mismo digo causa —Juanjo, fiel a su costumbre acompañó el estrujado de la mano con una sonrisa grande y franca.

Pasaron unos minutos más antes de que el trío se decidiera por fin a ponerse en movimiento. Empezaba a caer la tarde de domingo. Los amigos habían matado el tiempo de la espera con varios cafés y un par de paquetes de Rumba. También habían dado cuenta de todos los Jockey que tenían encima. A eso de las dos y media y todavía sin ninguna noticia sobre la llegada de Juanjo, Orlando llamó desde un teléfono público, en realidad el único que encontró funcionando después de recorrer toda la terminal de ómnibus, a Marisa.

Ya sé…, Ya sé —decía tratando de repeler los gritos de su esposa desde el otro lado de la línea— ¿Qué querés que haga si todavía no llega?

Orlando alejó un poco el tubo de su oreja y esperó a que la mujer que había trabajado durante horas para que todo estuviera diez puntos se desahogara.

No… Te digo que no mujer… Nadie nos informa nada… Nadie sabe nada. No nos queda otra más que esperar.

***

Dos o tres lugares más atrás de Juanjo, en la fila que se había formado para retirar el equipaje, un hombre alto que sobrepasaba el metro ochenta, de cabeza rapada levantó un poco los anteojos de sol que siempre usaba para dedicarle una atenta mirada a los tres hombres que se saludaban con alegría. Algo le resultaba familiar, aunque no podía precisar qué. Su memoria, su más útil herramienta para el oficio, podía estar empezando a jugarle una mala pasada.

El hombre calvo recibió el bolso de cuero negro. Entregó una suculenta propina de billetes verdes que el chofer celebró con un largo y agudo silbido, antes de decidir obedecer, una vez más, el llamado de su instinto. Un instinto depurado en la base del Cuerpo de Marines de los Estados Unidos en Quantico; en Arlington, Virginia frente al Pentágono durante diez años.

Siguió a los hombres hasta una camioneta blanca, Toyota de doble cabina. El riguroso entrenamiento, como de costumbre, le rindió jugosos frutos. M 462013 repitió un par de veces a media voz hasta estar seguro de que la letra y los seis dígitos impresos de color blanco en relieve sobre un fondo negro habían quedado archivadas en su base de datos mental.

El recién llegado, el que había viajado con él desde Buenos Aires, metió su equipaje en la parte de atrás con cuidado como si en su interior hubiese algo de mucho valor o de mucha fragilidad. Luego se acomodó cerrando la puerta con un golpe seco.

El más bajo de los otros dos, quien era sin duda un pariente del visitante, tomó el control del volante mientras que su amigo subió del lado derecho de la camioneta como todo un buen copiloto.

***

Los siguió con la mirada, molesto por no lograr unir las piezas de su rompecabezas. Iba a quedarse con la esperanza de saber algo más cuando tuviera los datos que el número de patente le proporcionase, cuando a pocos pasos de donde se había quedado parado se detuvo un taxi del que descendió una pareja de señoras muy arregladas que daban la impresión de estar peleándose por haber llegado tarde a la estación. Sin pensarlo dos veces lo abordó. Pronunció la frase que el cansado chofer había escuchado miles de veces en televisión:

Siga aquella camioneta blanca.

La puta, creí que me iba a morir en este oficio sin haber podido escuchar nunca esas palabras —comentó el taxista con tono alegre antes de poner la primera—. Muy agradecido jefe.

***

Che, qué onda con ese taxi, me parece que nos viene siguiendo —anunció Orlando volviendo a mirar por el espejo retrovisor de su lado.

Sí, seguro —comentó con sorna Enrique—. Para qué carajo nos iba a seguir nadie.

Juanjo, cuyos músculos se habían crispado como los de un gato al acecho, se giró para comprobar si había algo de cierto en las sospechas de su hermano. La fila que tenían a la espalda era breve: un R 12 blanco tuerto y con el guardabarros delantero izquierdo arremangado, un taxi que viajaba lento y cerrando la caravana un Fiat 600 rojo que cada tanto se abría rompiendo la formación con ansias de ocupar el primer lugar. No se preocupó demasiado atribuyendo el suceso a una casualidad.

No pasa nada causa —comentó tranquilo.

No me huele nada bien ese taxi —dijo Orlando—. Lo traemos pegado desde allá, haceme caso.

Si te deja más tranquilo desviémonos —propuso el que una vez había sido taxista y ahora ostentaba la dirección de una pequeña remisería—, demos un par de vueltas a ver qué pasa.

Y si se nos viene a al humo te parás en seco, lo encaramos y a otra cosa —agregó Juanjo.

Qué lo pario —dijo su hermano meneando la cabeza como solía hacerlo su madre—, no hace ni una hora que llegaste y ya estás buscando meterte en algún problema.

Es la costumbre causa —respondió sonriente—. Es la costumbre.

El albañil giró a la izquierda en la primera oportunidad alejándose así de su destino. La Toyota se movió de aquí para allá durante quince minutos y el molesto apéndice seguía firme como una mancha que se resiste a abandonar esa camisa que ha sido lavada varias veces.

***

Me parece que estos tipos se avivaron jefe —dijo el hombre detrás del volante que se había visto obligado a frenar ante la luz roja—. Yo no tengo problema de seguirlos hasta mañana, pero… —golpeó tres veces el taxímetro con el índice derecho como dando a entender que la aventura no le iba a salir barata.

El pasajero dictó una dirección en la ciudad dando la razón al chofer. Por ahora lo mejor iba a ser conformarse con la patente de la camioneta.

***

Sí, quién es —preguntó una voz de mujer detrás de la puerta.

Buenas noches señora —dijo el hombre que un segundo antes de tocar el timbre había apoyado en el piso de baldosas frías un bolso de cuero negro—. Disculpe la molestia, necesitaría ver a Darío.

De parte…

De un amigo dígale.

Unos minutos pasaron antes de que pudiera oírse el sonido que produce una llave girando en la cerradura. La puerta se abrió todo lo que la cadena de seguridad se lo permitió. Asomaron unos ojos enrojecidos y una voz extenuada de tanto festejar goles preguntó:

¿Con quién tengo el gusto?

Tano soy yo, Guillermo. —Se presentó el recién llegado—. Guillermo Salerno.