Crónicas de Amor a la mendocina: el día del estudiante Parte 1

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Lo sé, es muy raro pensar en el 21 de septiembre y las formas de festejarlo en junio, pero el tiempo encerrados nos ha tenido a todos un poco nerviosos. Tanto, que muchos estuvimos dispuestos a correr riesgos pandémicos con tal de ir a tomar una cerveza con los pibes aunque sea a dos metros de distancia, con barbijo y en las mesas en la vereda del invierno mendocino. A tiempos desesperados, medidas desesperadas.

Pero esto también va a pasar (probablemente después del invierno), y qué mejor que empezar a planear actividades para septiembre. Y bueno, para todos quienes llevamos demasiados años estudiando, eso significa día de la primavera (ja! queremos pasar la vida entera así. Otra vez, cualquier duda preguntarle a Calamaro). Los festejos han cambiado mucho con los años. En mi época, la posta estaba en ir Potrerillos. También podía ser El Carrizal, El Manzano o Cacheuta. Y cuando no había permiso o plata para irse varios días, quedaba la opción del camping del SUPE, o pasar a los kioskos de Maipú o de última los ranchos en Luján. (Obvio que dependiendo del sujeto que nos hiciera ojitos ese año). A falta de plan mejor, siempre podíamos recurrir al fiel y bien dispuesto Parque General San Martín.

Y si bien debo admitir que algunos años me quedé estudiando para torneos de debate (que luego me darían material de coqueteo con el Indio de Punjab) la verdad es que hubo varios día del estudiante memorables. Por diversas razones. Por ejemplo, en mi colegio estaba la costumbre de que las reinas de la primavera de cada curso desfilaran en frente de todos los estudiantes para elegir a la reina de la escuela (tranquilos, ya no se hace, por suerte). Esa actividad, además de machista (¡también se elegía mariposón!) era jodida porque podías quedar expuesta a no tener ni un voto, lo que de alguna manera era una humillación frente a todo el colegio. O podía pasar algo peor.

Pero no calculé todo eso, y acepté el desafío con hidalguía. Claro que antes de subir al escenario, estaba muy nerviosa (bueno… tenía 15 años. Ja. Mentira. En verdad ahora también me pondría nerviosa). Había estado toda la tarde anterior pensado en qué ponerme. De hecho, revolví todo el ropero de mi madre para encontrar algo que fuera sexy pero no muy provocativo, que me quedara bien pero que no pareciera que me había esforzado demasiado. Vamos, lo mismo que hago ahora antes de una cita importante. La mañana de ese día me levanté una hora antes de lo normal para arreglarme el pelo y hasta me pinté las uñas (eso ya no lo hago). Pero todos mis preparativos no habían hecho más que agregarle estrés a la cuestión, y por eso agradecí cuando, 10 minutos antes del desfile, se acercó a mí el Pedro.

Era mi eterno rival en los campeonatos de debate en otras provincias y de las partidas improvisadas de ajedrez. Además era el chico más lindo y chamullero de todos los de primero de polimodal de ese año. Y del que, cómo no, yo estaba profundamente enamorada. Pero en ese tiempo éramos amigos, y agradecí sinceramente que se acercara para darme ánimos. Fiel a su estilo, me recomendó que me quedara tranquila. Que no tenía sentido estar nerviosa. Porque igual no iba a ganar.

Evidentemente tenía razón, pero en ese preciso momento, como en cámara lenta, juro que escuché el ruido de algo adentro que se me quebraba. Pero tuve que mantener la compostura y con la frente en alto salir a caminar con tacos y sonreírle a toda la escuela. Por suerte sí tuve un voto, lo que me salvó del segundo de los tropezones del día. Después de eso, me fui dignamente al concierto de Babasónicos en el Parque Cívico con las chicas, que demostraron ser, una vez más, el mejor antídoto ante mis constantes desventuras amorosas.

Dos años después, ya estábamos todas de novias (claro que no con el chico de los debates) y la cuestión fue cómo organizar un campamento en Tupungato con nuestros amorcitos. A los 17 pasar la noche con el novio era una aventura de lo más excitante, pero el tema es que los padres no siempre estaban de acuerdo (mamá, te quiero mucho, no sigas leyendo porfa…). Armar la logística demandó un par de mentiras, buena parte de nuestros ahorros y una buena cómplice: la madre de la Juli, que era la más liberal y joven de todas. Por suerte el novio de la Flor tenia auto, el mío tenía una parrilla, yo llevé a escondidas dos carpas, y las chicas se encargaron de las compras.

El plan consistía en encontrarnos en la casa de la Juli, obviamente, y después de un rato llegaría el Pablito a buscarnos para irnos a festejar el día del Estudiante al Valle de Uco. El asado salió bastante bien, y las cervezas acompañadas de las típicas canciones de los enanitos verdes con la guitarra nos mantuvieron contentos y distraídos hasta bien tarde en la noche. Por eso nadie miró el teléfono. No nos dimos cuenta de que no había señal.

Ante la falta de respuesta, los padres de la Flor llamaron al teléfono fijo de la Juli, y pidieron hablar con su hija. La santa Sandra inventó varias excusas, desde que justo estaba en el baño hasta que habíamos salido a comprar puchos. Pero llegó un momento en que la situación se hizo insostenible, y no tenía forma de avisarnos que volviéramos, por lo que tuvo que confesar. Y esa fue la razón de las luces del Renault 12 que interrumpieron justo cuando estábamos en lo mejor del estribillo de “Un amigo es una luuzzzz”. No llegamos a decir que brillaba en la oscuridad, valga la paradoja.

La cara de perro mojado de la Florencia Pérez arrastrada por sus padres al asiento de atrás del auto era proporcional al gesto de terror y culpa extrema del Pablito. En ese momento nada hacía augurar que 15 años después esos dos terminarían casados y establecidos juntos en Barcelona. Esa noche, el 21 de septiembre de 2007, el pobre joven hubiera querido desaparecer para siempre de la faz de la tierra, pero no podía irse porque todos andábamos en su auto, y teníamos las carpas armadas y el fuego todavía prendido. Asique pasamos la noche ahí. Fue tan incómodo que a nadie se le ocurrió aprovechar la privacidad conseguida a pulso y a fuerza de planes maquiavélicos frustrados, y al otro día, sospechosamente temprano, volvimos a nuestras casas cabizbajos y con la honra intacta.

Nuestra amiga estuvo castigada dos meses. Mi querida madre nunca se enteró (confío en que haya detenido la lectura cuando se lo advertí más arriba) y la Sandra siguió siendo la más buena onda de las madres del curso. Definitivamente la hubiéramos invitado al viaje de egresados de haber ido. Si para entonces hubiera sabido cómo sería mi próximo día del estudiante, hubiera cambiado lugar con la Flor de mil amores. Pero en ese momento no había forma de saberlo… y la historia la dejo para la próxima crónica.