A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 19

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Pará, qué hacés —lo detuvo el fotógrafo con un gesto con el brazo izquierdo estirado y la palma hacia adelante— ¿Ya te vas?

No boludo —aclaró Guillermo Salerno al tiempo que buscaba algo en el bolsillo trasero del pantalón.

Una rara sensación de familiaridad y desconcierto oprimió el pecho de Darío mucho más de lo que lo hacían los frecuentes ataques de asma que padeció hasta los doce años. La voz que escuchaba era la de un amigo, un hermano, esa persona que llevaba extrañando por una década. Aunque la billetera de cuero negro, así como el resto de sus prendas que rebosaban lujo, buen gusto y opulencia pertenecieran a alguien que no conocía: delgado, con una cabeza afeitada al mejor estilo de Teo Kojac.

Ya con el objeto en la mano Salerno volvió a sentarse, no con poca dificultad, frente a su amigo que lo miraba con el mismo gesto de impaciencia de los días en los que Guillermo se tomara más tiempo del necesario para abrir los paquetes de figuritas. Haciendo a un lado su vaso vacío y la última botella acomodó sobre la rectangular mesa barnizada: una libretita azul sobre la que se veía un dibujo en líneas blancas de un águila que sujetaba en una de sus patas en forma de gancho una rama de olivo y en la otra un manojo de flechas. Encima del ave de rapiña podía leerse en mayúsculas: PASSPORT y en el extremo inferior en cursiva: United States of America

¿Me estás jodiendo? —exclamó el dueño de casa una vez que hubo podido domar la carcajada que le produjo haber abierto el pasaporte—. Así que ahora sos: Robert Maxwell.

Como te decía viejo, es una historia larga.

A todo esto ¿Comiste? —preguntó el Tano mientras cabeceaba hacía donde Yolanda refunfuñando rescataba el asado al horno con verduras.

La última vez fue hace como un día, más o menos.

***

La cena repleta de anécdotas y comentarios laudatorios hacia la cocinera y sus innegables talentos le dejó paso al café y para cuando quisieron darse cuenta la luz del amanecer se colaba por la ventana que daba a la calle.

La pareja había escuchado embelesada los relatos del inesperado comensal como si hubieran vuelto a la niñez y se hallaban sentados con las piernas cruzadas a lo indio frente a un fuego cuyas llamas jamás desfallecíann.

In media res se fueron enterando de todo.

Un viaje desde Buenos Aires que bien podía haberse comparado con el que emprendió el hijo de Laertes y Anticlea para conseguir volver a su tierra. Un viaje que Salerno relató con tal lujo de pormenores que la risa de todos reverberaba en cada rincón del comedor en donde Yolanda —una eficaz y a pesar de todo feliz organizadora—, había puesto una mesa digna de Mirtha Legrand.

La crónica de sus peripecias no incluyó el haber obedecido a su instinto persiguiendo en un taxi a tres desconocidos que no sabía muy bien por qué, y con los efectos del vino lo sabía todavía menos, lo habían puesto en estado de alerta.

Repitió, palabras más palabras menos, los acontecimientos que un par de horas antes le contara a Darío que habían iniciado con la visita el día de su cumpleaños de una mujer rubia con el cabello hasta los hombros, bajita con camisa floreada de varios colores que conocía hasta los detalles más mínimos sobre el hasta ese día subcomisario.

La narración de Guillermo había ilustrado, siempre con un sinfín de importantes pequeñeces, cómo le había sido ofrecido, justo el día en el que cumplía cuarenta y nueve años y el mismo día en el que la cotidianeidad que le era tan familiar terminaba, de regalo: una vida nueva con una apariencia distinta y un nombre diferente. Aunque lo más increíble, lo que hizo que Salerno riera hasta llorar, fue la promesa de poder entrenarse con los agentes de la D.E.A y el F.B.I

Acompáñeme a Quantico —había pedido la mujer rubia con el cabello corto hasta los hombros—, compruebe por usted mismo que lo que le estoy diciendo es real y si después de todo, lo que ve no lo convence, arma las valijas y ya está.

La mujer rubia se había levantado del sillón que ocupaba para hablarle más de cerca.

Los gastos corren a cuenta del Tío Sam —dijo a manera de coda.

Y así fue nomás —siguió contando Salerno—, fui, vi y me quedé como un miembro más de la G. S. O. U —unidad global de operaciones especiales, según sus siglas en inglés—. Un organismo que depende de Naciones Unidas.

Che qué historia para una película —dijo la mujer.

Viste —afirmó el fotógrafo golpeando la mesa con los dedos juntos—. Lo mismo le dije yo y encima con ese nombrecito que se ha echado ahora.

¿Y a Buenos Aires tuviste que viajar por cuestiones de trabajo entonces? —preguntó Yolanda interrumpiendo el persistente acento de borracho de su esposo que rellenaba las tazas de todos con más café, volcando una buena parte sobre el mantel de hilo blanco y haciendo que Yoli sacudiera la cabeza resignada.

Sí, hace un mes que llegamos. —Se sirvió un poco de soda CHyC—. Le seguimos la pista a un contrabandista que se hace llamar El Tuareg, un argelino que opera en todo el mundo —explicó— y que según la Interpol pensaba sumar a la Argentina como cliente.

Pensaba —repitió Yolanda cargando de interés la palabra.

Después de mucho trabajo —empezó a explicar el agente de la Global Special Operations Unit —conseguimos desarmar la red que con paciencia se tejía en el país y si todo sale según lo previsto aparecerá muerto en alguna calle solitaria…

Qué lo parió —intervino Darío.

¿Y qué pasó, qué pasó, a vos te mandaron a Mendoza por algo relacionado con El Tuareg? — apremió la cocinera abriendo mucho sus ojos del color de la miel—. No lo interrumpás boludo —Yolanda dio un breve y desganado golpe sobre la pierna derecha del hombre sentado a su lado para fortalecer su sugerencia.

Salerno sonrió. Terminó su cuarta taza de café amargo, como siempre lo tomaba, antes de volver a hablar.

No, yo ya hice mi parte en ese asunto —declaró— y en esta oportunidad no me gané el premio de limpiar todo antes de apagar la luz.

En pocas palabras explicó que como una de sus políticas fundamentales la G. S. O. U no tomaba prisioneros.

Volví para verlo al Tano —dijo palmeándole con afecto la mano que descansaba sobre la mesa—. Para pedirle un favor, en realidad.

Para vos lo que sea hermano —respondió el incondicional amigo parándose para ponerse en posición de firme.

Sentate boludo. —Lo reprendió también con cariño Yolanda—. Dejalo hablar, querés.

La sonrisa mostró una vez más los prolijos implantes de Salerno. Iban a pasar varios días, días en los que el que una vez fuera un obeso policía con expectativas de trascender en la fuerza aceptara agradecido la hospitalidad del Tano y de su nueva amiga la Yoli, para que los dueños de casa se fueran enterando de cómo había conseguido una tan radical metamorfosis y de paso qué había sido de su dentadura.

Tal como había hecho horas antes en la cocina Salerno se hizo otra vez con su billetera para sacar un papel doblado en dos, bastante ajado, que Mancinelli reconoció enseguida como una fotografía.

Salerno la alisó con su mano una vez la imagen estuvo sobre la mesa y usando su grueso dedo índice izquierdo como señalador dijo:

Ella es María —apoyó la yema del dedo sobre la cara de una mujer que llevaba el cabello negro atado en una tirante cola de caballo, con unos ojos grandes y oscuros que se coronaban con pestañas largas. Partiendo desde el pómulo izquierdo, a un centímetro escaso del ojo, una cicatriz le atravesaba la mejilla para ir a terminar a la altura del mentón.

Acto seguido el dedo se deslizó hacia la amplia sonrisa de un niño, de unos seis o siete años que bien podría haber sido confundido con Guillermo a esa misma edad.

Y él —dijo sin buscar disimular su feliz orgullo—: es Esteban, nuestro hijo.