Fútbol radioactivo

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Vasili Trofimovich esperaba ansioso en su despacho desde hacía varios minutos, cuando finalmente golpearon la puerta y el rostro blanco y sonrojado de Anatoliy Shepel, ex goleador del Dinamo de Kiev y del Dínamo de Moscú, se asomó pidiendo permiso para entrar. Vasili se sonrió al verlo, mientras se rascaba su oscuro bigote negro, y le explicó detalladamente cuáles eran sus objetivos para el Stroitel, un modesto equipo de la ciudad de Pripyat, a 15 kilómetros de Chernobyl, con jugadores que además, trabajaban en la central nuclear.

—Quiero jugar en un nivel mas alto —dijo Trofimovich— y para eso he contratado a varios jugadores importantes que simulan ser empleados de la central, y a usted, con el objetivo de llegar a la tercera división y lograr la profesionalidad— y Shepel pudo ver un brillo en sus ojos que denotaba ambición.

El Stroitel de aquellos años crecía a pasos agigantados, y ya para 1984 había logrado algunos campeonatos regionales y buenos resultados los torneos colectivos de la URSS, que daban un boleto a la segunda división soviética, eso que tanto anhelaba Trofimovich.

La campaña de 1985 ilusionaba a todos los hinchas del Stroitel. Comandados por el joven capitán Valentyn Litvin, los resultados empezaron a llegar a la ciudad modelo soviética, y el entusiasmo llenaba las gradas del pequeño estadio. Las ambiciones futbolísticas crecían a la par de la central de Chernobyl, y así como Trofimovich anunciaba la construcción de un quinto reactor, también prometía un nuevo estadio para 1986, el Avanhard Stadium, para el deleite de los líderes soviéticos.

—El nuevo estadio es tan importante para la ciudad como el nuevo reactor— soltaba Trofimovich, dando relevancia al hecho, y en menos de un año el estadio estaba terminado y listo para inaugurarse, un primero de mayo de 1986, por la semifinal de la copa de Kiev contra el Mashinostroitel.

Pero algo detuvo la marcha de las cosas. Cinco días antes, la explosión en el reactor número 4 de la central de Chernobyl daba un giro a las cosas. Casi dos días después, Pripyat amanecía como cualquier día normal, y el capitán Litvin se dirigía a encontrarse con sus compañeros de equipo en vísperas del partido. Al llegar al viejo estadio, lo recibió el ayudante del entrenador en estado de exaltación.

—Llamaron de la base y dijeron que no juguemos— dijo Anyukhina, el ayudante, mientras su voz era sofocada por un helicóptero que aterrizaba en el campo de juego y otro que sobrevolaba la zona.

—¿Que mierda está pasando?— le gritó Litvin.

La ciudad fue evacuada en 5 horas, 36 horas después de la tragedia. Y entre tantas historias truncas de una ciudad paralizada en el tiempo, el Avanhard Stadium nunca se inauguró. Nunca rodó el balón por el verde césped, ni la afición pisó sus tribunas. Quedó ahí, como testimonio de aquel sueño de victoria, hoy devorado por la naturaleza y el olvido.