El ascensor re mágico

Mauro Lampiña vivía en el décimo piso de un edificio de Boulevard M. Trusso, ciudad de Los Otarios, Córdoba. Solía volver cerca de las 21:00 tras salir de su trabajo como vendedor de salón en Maxipelelas Baby. Un miércoles como cualquier otro, y con el cansancio típico de alguien que se dedica a vender cosas para gente con el culo chico, llamó al ascensor para ir a su departamento, el 10-D (o «El Diego», como solía llamarle él). Se subió, tocó el botón 10 y comenzó su rutinario viaje vertical.

El ascensor se detuvo en el piso 2 y subió Prudencio, el viejo del 7-B que tenía fama de pirómano por haber desatado un incendio que los bomberos habían atado con una soga pocos días antes, según decía. «Yo no pienso respetar lo que hagan los bomberos —afirmaba—, porque bomberos son los que ponen bombas, y no es casualidad que usen el color rojo, el mismo que usaba el ERP y el teletubbie comunista llamado Po, cuyo nombre es clara alusión al Partido Obrero», eran las palabras que evidenciaban sus problemas psiquiátricos y explicaban su obsesión por comentar en mayúsculas las publicaciones de Maru Botana en facebook. Mauro saludó a Prudencio, sin entender por qué su vecino del 7 estaba en el piso 2 y acababa de tocar el botón 8.

En el piso 3 se sumó la vecina más hermosa de todo el edificio, Pili Escroto, estudiante de la UCA y cantante de la banda de cumbia pop Q’ Mal Q’ Suena <3. Pili era amiga de una vecina del 6-C, así que tenía sentido que subiera desde el tercer piso; lo que no se explicaba era su tendencia a sacarse selfies frente al espejo del ascensor con sus vecinos a bordo. En pocos segundos sacó unas treinta fotos en las cuales Prudencio salió mirando a la cámara con cara de perro cagando. Pili subía las fotos a instagram con los hashtags #ascensor #miercoles #prudencio #vecinoschotos.

La siguiente parada fue en el quinto, desde el cual ingresaron Tomi, Rami y Javi, tres rugbiers a los cuales no les importaba exceder la cantidad máxima de personas permitidas ni forzar a los demás a estar apretados. Eran de la misma casta que Pili, así que empezaron a hacerse los capos para atraerla, cual pavo que realiza la exótica danza de la pelotudez para garantizar la continuidad de la chetoespecie.

—…Así que bueno, me compré alta camisa y me choreé otra jaja —contó Javi.

—Naa qué hijo de puta —comentó Tomi.

—E’ así amigo, yo soy imparable —agregó Javi.

—Imparable la que tenés entre las piernas —batió Rami.

—Preguntale a tu vieja si se me para—respondió Javi.

—Che aflojen que está la chica! —dijo Tomi.

—Chica la que tenés entre las piernas —rebatió Rami.

La situación era incómoda como tampón de virulana. En el sexto piso se bajó Pili. —Chauu —, le dijo Javi, haciéndose el langa. —Bue, la sigo en instagram y ni saluda, alta estúpida —, comentó indignado ante la indiferencia de la joven cantante. Atrás de Pili salió Prudencio, bajándose dos pisos previos al que él había indicado cuando se subió. Mauro lamentaba su suerte de vivir rodeado de subnormales que hacían eterno un simple recorrido de diez pisos. Los rugbiers, que estaban yendo a la terraza para hacer unas hamburguesas, se percataron de haber olvidado la lechuga, por lo que se bajaron en el piso 7 para buscarla (bajaron los tres, fieles a su patológica tendencia de hacer todo en patota).

En el séptimo día Dios descansó de su obra, y en el séptimo piso Dios ubicó a Hernán, quien subió después de que salieran los rugbiers. Hernán vivía al lado de Mauro en el 10-C (o «El Ciego», como solía llamarle él), era santafesino pero vivía ahí porque los viejos le garpaban el alquiler para que estudie psicología, pero él no solo no estudiaba, sino que vivía al pedo escuchando No Te Va Gustar a todo volumen y organizando fiestas que impregnaban el edificio con olor a faso. Hernán tocó el botón del piso 11. «Pegué onda con la del 11-B jaja», le dijo a Mauro, quien recordó que la vecina del 11-B tenía 57 años y vendía productos Avon.

Llegaron al piso 10 pero el ascensor siguió de largo. Hernán se asombró. —Epa! ¿Vos también vas al 11-B? ¿Sale partuza?! —le preguntó a Mauro.

—Eh… no, no. Yo me bajo en el 10, pero capaz entre tanto botoneo el ascensor se mambeó.

—Fa, ni me hables de botoneo bro, acá los vecinos me viven botoneando con el conserje, altos ortiveros—. (“¡Conserje!”). Hernán se bajó en el 11 y volvió a subir Prudencio, cuya rapidez para llegar a esa altura antes que el ascensor era tan inexplicable como el resto de sus conductas.

—El caos es la materia prima del cosmos —, dijo Prudencio guiñándole un ojo a Mauro antes de volver a bajarse en el 12.

Mauro había quedado solo. Tocó el botón del 10 varias veces pero el ascensor continuó elevándose hasta el decimoquinto y último piso del edificio. Enorme fue su sorpresa al ver que el botón 15 dejó de estar iluminado y pasó a iluminarse nuevamente el botón 1, pero sin que el ascensor se detuviera en ningún momento. Hubiera sido razonable una falla en el sistema o en la iluminación de los botones, pero que el ascensor no dejase de subir era absurdo y perturbador. Después del botón 1 se iluminó el 2, luego el 3… Mauro tocaba distintos botones pero el ascensor no se detenía. Ansiaba que alguien llame al ascensor para bajarse en cualquier piso y usar las escaleras. Hasta la reaparición de los rugbiers hubiera sido un alivio (“también sería un alivio dejarlos encerrados acá para siempre”, pensó Mauro, tal vez alimentando su karma). El ascensor y la desesperación no dejaban de subir. Mauro sacó su celular para pedir ayuda pero no tenía señal, consideró que eso podía deberse a la elevada altura que estaría alcanzando. Al llegar otra vez al 15 el ascensor volvió a marcar el 1, y así varias veces en terrorífico loop.

«¿Es el ascensor o es mi cerebro?», pensó tratando de calmarse, solo y sin escape. «¿Es el celular o son mis sentidos?», «¿son los rugbiers o soy yo?», comenzó a cuestionarse respecto de las cosas que le parecían equivocadas o disfuncionales. «Tal vez la mente no es más que un niño caprichoso que deposita en otros la culpa de sus desaciertos, porque toda responsabilidad es una carga, y mucha carga puede jorobar hasta la espalda más férrea. Quizás las ‘fallas’ en los sistemas no son tales, sino meras proyecciones de las fallas en los mecanismos internos de quienes percibimos, fallas que el ego no admite, pero cuyas consecuencias padece, por lo que busca atenuar la angustia asignando la responsabilidad a algún objeto externo: los ascensores, los rugbiers, el Estado, Nik…» —reflexionaba Mauro agotando sus últimos megabytes de cordura.

«El caos es la materia prima del cosmos», resonó en su cabeza la voz de Prudencio. «Cosmos significa orden, y el orden no es más que una cierta disposición de cosas —siguió cavilando— ¿pero dónde se establece que las cosas deben disponerse de una determinada manera? Ordenar no es más que desordenar de otro modo, generalmente en base a la decisión subjetiva de alguien que ni junamos. La relación entre el dólar y el guaraní y la necesidad de aplicar anestesia antes de arrancar una muela son igual de arbitrarias o azarosas. Boludeces. Lo mismo que para hacer un asado, ¿quién dice que no me puedo comer la carne cruda y después meterme yo en la parrilla con fuego y todo? El orden es sólo un caos socialmente aceptado. Y si vamos a las teorías de universos paralelos, mecánica cuántica y todas esas forradas inentendibles, seguro admitimos que en otra conjunción de espacio-tiempo las cosas son muy distintas, y no están ni bien ni mal, porque no hay una moral divina o única para toda la galaxia, sino solo construcciones, interpretaciones y convenciones. Capaz que en otro universo Espert existe con pelo largo… y capaz hasta es un copado, why not?»

Estos pensamientos calmaron a Mauro, quien aceptó que el ascensor no estaba fallando, sino que solo estaba actualizando una de las tantas potencialidades contenidas en su ascensoriedad y que él, cegado por condicionamientos culturales, no estaba pudiendo entenderlo. Luego pensó en Nietzsche (al cual jamás leyó) y asumió también que el ascensor estaba teniendo un recorrido cíclico de eterno retorno. «Todo movimiento es circular, pero nuestra percepción es limitada y por eso calibra el mundo a su limitación. No podemos concebir lo enorme, lo perfecto o lo infinito desde nuestra naturaleza diminuta, imperfecta y finita. El ascensor pareciera subir sin cesar, pero en realidad está girando, igual que los planetas, igual que la sangre, como un Yoyo en el aire o un CD de La Beriso (también en el aire, como corresponde)».

Ya bastante relajado y en armonía con el universo, vio cómo ese ascensor cuasi-borgeano se detuvo en el décimo piso y abrió sus puertas, como por efecto y recompensa de un desbloqueo espiritual. Pero al entrar a su departamento se encontró con un hombre en ojotas y pantalón de Nueva Chicago, quien, tras un intercambio de palabras un poco tenso, le explicó que ese departamento no era el 10-D, sino el 5780-D, y que el ascensor tenía solo 15 botones por una cuestión de sencillez y eficiencia. Mauro entendió entonces que en realidad sí había estado subiendo durante cientos y miles de pisos, solo que él ignoraba la verdadera altura del edificio (un edificio también medio borgeano), por lo que le pidió disculpas a su vecino del 5780-D y, para ahorrarse otro papelón, bajó por las escaleras durante 43 días hasta llegar a su departamento, con su cuerpito un poco desnutrido. «Qué buena que está Pili Escroto», pensó mientras bajaba.

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