A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 20

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¿Vos sos o te hacés? —preguntó Orlando que había girado la cabeza hacia la derecha en dirección a su hermano, aprovechando la breve pausa del semáforo en rojo.

¿Y qué pretendes, causa, que me presente en un banco? —dejó caer su pregunta retórica Juanjo?

En el instante en el que la Toyota Stout RK 10 reanudó la marcha el limpio sonido de una trompeta atacó las primeras notas de la melodía que indicaba el inicio del noticiero Sépalo, un programa que el albañil escuchaba atento hasta el momento en que, como si se tratara de una secuencia vital que no podía ser alterada, apagaba primero el motor y acto seguido la radio al llegar a la obra en la que se encontrase trabajando.

La abrupta y del todo inesperada visita de Juan José —nunca había sido de su agrado la costumbre de apocopar los nombres— dos días antes, volvió a otorgarle a Orlando la jerarquía de hermano mayor y aunque el menor de la familia ya había superado los años en los que precisaba de alguna clase de tutelaje, él no podía evitar ese impulso de querer protegerlo. Conociéndolo, Orlando tenía más que claro que su hermano no se sumaría a sus huestes.

Como solía ocurrir a cada regla le correspondía una excepción y para los Samudio ese papel le había tocado desempeñarlo —con todas las posibilidades de conseguir un Oscar— a Juan José.

Lo suyo no fue y jamás sería la albañilería y aunque es justo decir que puso su mejor empeño para labrarse un porvenir como fabricante artesanal de zapatos, trabajando con Luis Antonio, el integrante de la familia Samudio que había llegado al mundo después de Orlando y antes que Juanjo, lo suyo no era pegar suelas y mucho menos todavía soportar los insultos y los malos modos de Luis Antonio, quien por ser dos años mayor consideraba justo tratarlo como al más servil y sometido de los peones.

Hasta acá llegué huevón. —Le dijo una tarde en la que después de haber cortado mal una suela Luis Antonio lo bañó de insultos—. Me harté de tus humillaciones y malos tratos delante de la gente.

No pasó una semana y Juanjo ya caminaba las calles de Gamarra, el barrio de comerciantes del distrito de La Victoria en donde se conseguía de todo.

Pase, patrón. Qué anda buscando rubiecita. Qué necesita amigo, le consigo lo más barato —repetía perdiéndose entre las calles y calles como aviso humano con un cartel con los precios colgado de los hombros.

Y así en ese ir y venir, en ese conocer gente y hacer amistades terminó una noche en una sala en la que bajo la luz de un sucio y desnudo foco alguien con gesto serio y cejijunto le explicaba las claves para comprender las miserias del mundo y le enseñaba a cantar desde La Internacional hasta las canciones de la Guerra Civil Española.

No fue poca su sorpresa cuando en una de esas reuniones en las que ya no cabía ni la más delgada de las almas descubrió que entre las voces que lo acompañaban a cantar:

«Cuándo querrá el Dios del cielo que la tortilla se vuelva, que los pobres coman pan y los ricos mierda, mierda.» —reconoció las de sus hermanos y hermanas.

Cuando quiso darse cuenta ya se encontraba sumergido en las profundidades de la liturgia revolucionaria senderista.

Por esos días Orlando dejó de tener noticias de sus familiares. Buscó, sin suerte, comunicarse con una vecina que tenía teléfono y siguió con atención los diarios, la radio y la televisión, agudizando la vista y subiendo el volumen en cada ocasión en la que se nombraba a Sendero Luminoso. Soltaba el aire aliviado al no encontrar los nombres amados en las noticias fatales que se cocinaban en Lima, en otras grandes ciudades y en los pueblos más alejados de la capital peruana. Escribió y despachó cartas a sus vecinos y a la dirección de la casa paterna de San Juan de Lurigancho. En ellas contaba sobre su vida, su trabajo, su esposa y sobre todo escribía un anecdotario con Tito y sus amigos como protagonistas. Cuando se mudaron agregó en las cartas el número telefónico de la casa del Triangulo.

Así la rutina fue comiendo los días hasta que el sábado 21 de junio de 1986 al levantar el tubo, pasadas las tres de la tarde, se encontró con la voz de Juan José diciendo:

Hola causa. Estoy en Buenos Aires, en Retiro. Voy para allá a visitarlos. Llego a eso del mediodía en un bus de la empresa T.A.C. anda a buscarme a la terminal, por favor.

***

Ya los voy a agarrar a esos pendejos pelotudos —comentó Orlando sin dejar de mirar hacia adelante inmerso en el transito que crecía cuadra a cuadra—. Nos salvamos por los pelos hace diez años de que nos recontra re cagaran a tiros y vamos a ir ahora a golpearles la puerta. —La camioneta se detuvo frente a un nuevo semáforo que así se lo ordenaba—. Si ni se deben acordar de nosotros.

Pero cómo no se van a acordar, si los chicos me dijeron que hasta fueron al entierro del padre —argumentó Juanjo.

***

Cuando la cena hubo terminado donde no faltaron los recuerdos, los brindis, las lágrimas y un buen puñado de anécdotas después de que el recién llegado volvió a dejar claro, por cuarta o quinta vez, que para él la comida recalentada tenía un sabor especial y que la prefería sin ningún tipo de discusión; palabras que habían producido el mágico efecto de hacer reaparecer la sonrisa de Marisa evaporando todos los malos ratos de aquel domingo, Juanjo poniéndose de pie y con actitud solemne dijo:

Querida familia, estimados nuevos amigos. —Se tomó unos segundos para posar la mirada en cada uno de los allí reunidos—. No me cabe duda de que todos ustedes atesorarán en sus recuerdos este día gracias a las hazañas realizadas por Maradona…

Y a vos que te parece tío —comentó divertido Tito, sin dejar de masticar la suculenta porción de Selva negra que un segundo antes se había llevado a la boca.

La risa recorrió la mesa como festejo del comentario y una vez que se hubo extinguido, el agasajado prosiguió:

Estoy totalmente de acuerdo con vos Tito querido —declaró—, pero como yo soy una ojota para los deportes, recordaré este día como aquel domingo en el que decidí mudarme a Mendoza.

Buenísimo tío, genial —exclamó Tito apoyando el plato sobre la mesa para poder sumarse a los aplausos que habían iniciado los otros tres muchachos.

Gracias, son ustedes muy amables —dijo Juanjo haciendo un par de teatrales reverencias que arrancaron nuevas risas a los jóvenes.

Orlando se puso de pie también y rodeando la larga y rectangular mesa buscó a su hermano menor para abrazarlo.

Mirá que te lo tenías bien guardado. —Le dijo al oído.