A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 12

—Así que resultaste ser cana, hay que joderse —Carlos Ponce sentado con las piernas metidas en la acequia no salía de su asombro—. Me la hiciste bien cabrón, te felicito.

—Entendeme macho, es mi laburo…

—Lindo laburo tenés —dijo Ponce moviendo la cabeza como para sacudirse la incredulidad—. Y decime hace mucho que te dedicás a esta mierda.

—Algunos años.

La calle, cada vez más ocupada por los Falcon con sus luces azules en el techo y la palabra policía escrita con mayúsculas sobre los capots, se iba poblando de vecinos curiosos, de madres que procuraban alejar a sus hijos e hijas de la vista de los cadáveres que, más lento que rápido, eran cubiertos con papeles de diario.

Aunque más de un niño pretendía antes de admirar los ojos fijos de un hombre muerto deleitarse con ese Chevy 230 azul oscuro con una franja blanca ancha que lo atravesaba de punta a punta de manera longitudinal, que había quedado en medio de todo con las puertas abiertas y los parabrisas rotos.

—Lo de caer en cana, fue todo una cama, entonces.

—Me ordenaron pegarme a vos cuando se supo de tu relación con los Belfiore.

—Qué hijo de puta —Ponce se paró, saltó la acequia con tan buena puntería que su pie derecho aterrizó sobre una de las cajas de pizza abandonadas segundos antes de que iniciara el contragolpe de Rinaldi.

Una de las botellas de Andes no había sucumbido ni ante las balas ni frente a la animosidad del asfalto. Estaba ahí en un rincón olvidado y todos quienes pasaban cerca se preocupaban por ignorarla o por esquivarla. El anonadado cirujano la levantó para volver con una sonrisa hasta donde estaba su amigo. Hizo saltar la tapa usando como improvisado destapador el borde del cordón de la acequia. Le dio un largo trago antes de ofrecérsela a Luciano.

—Hasta cuándo durará este quilombo —quiso saber el médico—. Me gustaría ir al hospital.

—Supongo que un rato más… Ya saben que soy cana y me imagino que cuando las novedades lleguen hasta mi superior se comunicará con quien tenga que ser para sacarme de todo esto.

Ponce disfrutó de más cerveza y se limpió la boca con el dorso de la mano.

—Vos venís a ser una especia de James Bond o Napoleón Solo

—No digás boludeces… Hablando un poco fuera de joda ¿Cómo viste la cosa?

—La peor parte se la llevó sin dudas el peruano —ofreció una vez más el porrón a su amigo—, pero con las heridas previas del gallego también la tiene bastante jodida. Depende de quién les toque en la guardia y si se mueven rápido, por ahí pueden contar el cuento.

—Espero que sí. Son buenos tipos.

La cerveza llegó a su fin y se unió al mismo abandonó de los restos maltratados de pizza y las demás botellas que junto con las vainas de todas las municiones y los cuerpos esperaban para ser transportados.

—Los que ya no van a tener nada más para decir son estos —Ponce señaló a los bultos sobre el asfalto—. Al viejo Belfiore no le van a caer nada bien las malas nuevas.

—Me imagino que no —respondió Luciano—, y por ahí quién te dice se deja de joder un poco.

Los peritos policiales junto a varios fotógrafos y veteranos de las crónicas rojas que iban apareciendo intentaban hacer su trabajo.

El resplandor de un flash cegó al policía encubierto. Luciano se incorporó para ir detrás de la prueba de su existencia que guardaba la cámara. El fotógrafo no quiso entender razones ni tampoco aceptó el dinero que Rinaldi estaba dispuesto a pagar a cambio del rollo.

—¡Eh pará pelotudo! ¿Qué carajo hacés? —gritó el dueño de la cámara cuando Luciano pegó un tirón de la correa para arrancársela de las manos.

El agredido, un tipo con el porte de un peso pesado, no demoró en usar los puños. Rinaldi después de esquivarlo con elegancia respondió con una patada entre las piernas que hizo doblar al grandote, el cual no tuvo más remedio que enderezarse antes de caer de espaldas por la zurda que había encontrado con pericia su mandíbula.

—Epa —comentó divertido Ponce acercándose—, veo que no sólo sabés usar el 357 a las mil maravillas.

—Mejor vámonos a la mierda de acá, antes que este pelotudo se despierte— Luciano extrajo el rollo de la cámara y se lo guardó en el bolsillo trasero del pantalón.

Unos segundos más tarde la Olympus OM-1 se sumó a todo lo demás que esa noche quedaba desperdigado sobre el asfalto de una calle de un barrio tranquilo que no olvidaría por un largo, largo tiempo el tiroteo frente a la casa de los Balbuena.

Continuará…