A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 13

—Hola Luciano.

La voz de Julia lo sobresaltó en el momento en que todo hacía suponer que esa noche de sábado que nada más perseguía volver un poco, aunque nada más fuera un poco, a los días y las noches de tranquilidad iba a quedar atrás de una vez por todas.

Luciano había conseguido embocar la llave en la cerradura cuando oyó su nombre y al darse vuelta la vio bajo el resplandor de las cansadas luces sobre la calle. La Zastava M70 desentonaba en su mano tanto como lo hubiese hecho un serrucho empuñado por Yehudi Menuhin.

La plateada Colt Python 357 Magnum con un cañón de ocho pulgadas de Luciano era un martillo sin clavos que dormía arropada por su cinturón. Rinaldi se movió rápido. La borrachera que había inaugurado con su amigo en el cordón de la acequia se fue volviendo algo serio con la colaboración de tres o cuatro bares que los recibieron encantados, pero el oficio pudo más.

—Me hubiera gustado que todo hubiese sido distinto —dijo con sinceridad sin relajar el brazo extendido que terminaba en un arma inservible.

—Y a mí.

Los vecinos que a esa hora dormían apenas si cambiaron de posición en la cama y aquellos que se preparaban el desayuno optaron por subir el volumen de las radios. Después de todos los tiroteos eran, cada vez con mayor frecuencia, un ingrediente más del paisaje sonoro de las ciudades.

Julia Belfiore vació el cargador del arma que la policía y el ejército yugoslavo habían bautizado como pequeña abeja. Menos de la mitad del contenido del cargador acertó en el blanco. La bala en medio de la frente selló su vendetta.

***

—Sí, ella habla —respondió Julia cuando una voz del otro lado de la línea pronunció su nombre.

—Soy el cabo Hernández de la veintisiete…

—Encantada —dijo con su habitual cortesía— ¿Qué puedo hacer por usted cabo?

—El asunto es lo que yo puedo hacer por usted señorita.

—Lo escucho.

El cabo contó lo que había visto en la escena del crimen que tenía como protagonistas a Neco y sus compañeros. Sin dejar de sostener el tubo Julia acercó una silla. Se sentó a llorar en silencio mientras del otro lado un hombre desconocido, con la voz y el tono inconfundible de los de su especie, le dejaba claro que ella y su padre enfermo habían quedado solos en el mundo.

—No puede ser —dijo Julia dejando caer el tubo—. No puede ser…, debe ser un error… Es imposible.

—Hola, señorita, hola —la voz del otro lado elevó el volumen— Hola ¿Sigue ahí, señorita?

La descripción que el cabo Hernández hiciera de quien había disparado contra Neco y los demás se ajustaba a la del hombre que Julia había elegido para amar. Ese amor desoyó los reclamos de su padre y a ese amor poco le importó que él fuera ya un esposo y padre.

—Sí cabo —dijo Julia apretando con rabia el tubo recién recuperado—. Le agradezco su llamado. Si gusta pasar por casa el lunes lo recompensaré como es debido.

La comunicación terminó.

Julia pasó por la habitación de su padre. Roncaba a buen ritmo. Lo tapó con cuidado de no despertarlo y antes de irse lo besó en la frente. Santos se movió un poco, siguió roncando.

Julia se lavó la cara, se peinó y buscó entre las armas de su padre la que habían comprado en Pristina. Comprobó que las ocho balas del cargador estuvieran ahí, revisó el seguro y la guardó en su cartera.

Cuando subió al Fiat 128 rojo todavía lloraba.