A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 14

—Te dije o no te dije, pelotudo —El subcomisario Salerno no hubiera alterado en lo más mínimo la aguja de un decibelímetro, no lo necesitaba para transmitir furia— ¿Cuántas veces te recomendé que trajeras rollos de sobra?

—Cómo me voy a imaginar que iba a caer tanta gente al baile subco.

—Y encima la jugás de poeta —dijo antes de por poco arrancar del cinturón el trasmisor—. Levantá todo que nos vamos. Ya no tiene sentido que estemos acá, a ver si todavía nos van a destabicar.

— Entre lo de Heredia y Aguinaga en el cementerio —argumentó a manera de disculpa el agente Sánchez cerrando con paciencia el trípode antes de guardar la Nikon FTN, que le regalara la abuela  Teresa, con el mismo cuidado con el que hubiese tratado un jarrón Ming— y lo nuestro seguro armamos un buen organigrama.

—Confiemos en que así sea, mirá —exclamó liberando un lento suspiro—, porque si aquellos son tan boludos como vos, los voy a hacer trasladar a todos a Monte Comán y se la van a tener que arreglar con el Tuerto Arancibia.

Con las rodillas en el asfalto, fingiendo que cambiaba una cubierta, el sargento primero Espinoza escuchó la orden por el audífono que cualquier transeúnte atento hubiera podido ver en su oreja derecha atribuyendo al falso empleado de la pescadería: el Pilcomayo alguna patología auditiva.

El policía, grande y macizo, un oso pardo, dejó caer en la parte de atrás de la citroneta azul: la rueda de auxilio y demás enseres. Estuvo a punto de permitirse una breve sonrisa al toparse con la mirada de perro apaleado de su compañero devenido en espía fotográfico, pero prefirió mantener su gesto de siempre y evitar que el muchacho pudiera sentirse todavía peor.

El furgón de reparto, con las letras a cada lado de la carrocería cerrada que lo identificaban como otro de los integrantes de la larga cadena de comercios dedicados a los productos de sangre fría, se alejó del lugar de privilegio que había obtenido frente a la casa de la familia Belfiore.

***

El cortejo viajaba lento, con esa misma pesadez con la que se mueve la muerte cuando ha tachado un nombre más en su interminable lista. Algunas bocinas desafinadas y uno que otro insulto irrespetuoso pretendían que la fila de más de cincuenta vehículos: autos, camionetas y varias motos, redoblara el paso.

El Mercedes 280 de riguroso luto que ahora desandaba el camino de regreso desde cementerio transportaba a una mujer que ya no sería hija, que ya no sería hermana, que ya no sería prima. Julia Belfiore había sujetado la mano de su padre hasta que esta dejó de apretar la suya un 20 de marzo de 1976.  Esa misma mano pequeña y pálida se protegía ahora con el calor ofrecido por la derecha de Carlos Ponce.

Los agentes Heredia y Aguinaga habían capturado sin descanso todas las escenas y con esa tranquilidad del deber cumplido se despegaron del pelotón de vehículos.

—Impresionante la cantidad de gente, che —dijo Marcelo Heredia.

—Esperemos que las fotos hayan salido bien —comentó Esteban Aguinaga antes de encender el 43 70 que deseaba desde hacía un buen rato— si no el subco nos va a pegar un boleo en el orto que vamos a ir a parar por el puente Olive, más o menos.

—Seguro que sí —Heredia abrió la ventanilla arrugando la nariz debido al desagradable humo que su compañero producía—. Che, que suerte que el subco se fue con aquellos y no se quiso pegar con nosotros… ¿Te imaginás lo que nos iba a romper las bolas?

Aguinaga pegó una calada larga al cigarrillo y después de bajar la ventanilla dejó escapar despacio el humo mientras lo miraba perderse entre el aire puro del mediodía.

—Y con los tremendos quilombos que hay en todos lados, Salerno sigue empeñado en voltear la estructura de Belfiore —comentó apurado por dar otra pitada— Vos crees que la hija va a seguir en la joda.

—Vaya uno a saber —dijo el conductor poniendo la luz de giro hacia la derecha—, no hace ni falta que revelemos las fotos para darnos cuenta que estaban todos los que tenían que estar y alguno se va a querer quedar con el negocio.

—Eso seguro…

—¿Qué hacés pedazo de pelotudo? —Heredia había pisado el freno con el tiempo justo para evitar chocar con una Ford F100 roja, la cual al parecer no conocía la diferencia entre la izquierda y la derecha.

—Yo no sé qué carajo están esperando para poner un semáforo en esta esquina de mierda —comentó su compañero tanteando la alfombra en busca del cigarrillo perdido debido a lo imprevisto y oportuno de la frenada.

—No me bajó y lo recontra cago a trompadas porque estamos apurados. Que si no…

—Doblá por esta mejor —sugirió el fumador que ya volvía a disfrutar del tabaco negro dorado y otra vez dejaba escapar el humo con paciencia hacia la calle— y si en vez de irnos hasta la seccional nos vamos a lo de Mancinelli…

—Meta…

Marcelo Heredia obedeció el semáforo en rojo. El golpe en el baúl del Fiat 1500 blanco, su tesoro más preciado, hizo que su cabeza se estrellara contra el volante. Aguinaga movido por el instinto se llevó la mano a la reglamentaria que llevaba del lado izquierdo debajo del saco del traje oscuro que tenía aspecto de nuevo, a pesar de ser el mismo que había usado cuando se caso una década atrás. Miró por el espejo retrovisor, giró la cabeza. Cuatro tipos armados que al igual que los policías vestían trajes y corbatas oscuros bajaron de un R 12 celeste.

—Arrancá boludo que nos hacen mierda.

El parabrisas trasero explotó y las balas silbaron a centímetros de los dos hombres.

—Tirales la puta que te parió…

Aguinaga sacó medio cuerpo por la ventana y acertó en el pecho de uno de los agresores al segundo disparo. El pie derecho de Heredia se hundió en el acelerador exigiendo mucho más de la cuenta al 1500 que salió quemando gomas para doblar, lo mejor que pudo, en la siguiente esquina.