A veces uno tiene que hacer lo que tiene que hacer | Parte 15

«—Se comunica a la población que, a partir de la fecha, el país se encuentra bajo el control operacional de la Junta Militar. Se recomienda a todos los habitantes el estricto acatamiento de las disposiciones y directivas que emanen de la autoridad militar, de seguridad o policial, así como extremar el cuidado en evitar acciones y actitudes individuales o de grupo que puedan exigir la intervención drástica del personal en operaciones…»

El subcomisario Salerno estiró la mano para alcanzar el velador sobre la mesa de luz. Se había acostado temprano después de tomar, sin demasiadas ganas, un café con leche acompañado por cuatro o cinco Criollitas. La cena había dejado de ser algo importante para él. A decir verdad todo, excepto su trabajo —y ni siquiera eso tendría a partir de hoy—, había pasado a la categoría de poco importante. Mal dormir de a ratos se había vuelto una práctica habitual una noche sí y la siguiente también.

Lo intranquilizaban los inciertos días que tendría que enfrentar como recién incorporado al bando de los jubilados. La voz nasal del locutor con su mensaje nada optimista terminó de ponerle los ojos con forma de monedas.

La luz amarillenta y sucia que iluminó la habitación le permitió ver su despertador redondo y grande de color rojo, el mismo que por más de treinta años le había ordenado ponerse de pie antes del amanecer, con su timbre, molesto, penetrante y agudo. La aguja pequeña se posaba sobre el tres y la más larga partía al medio el número cinco.

Apagó la radio de un manotazo. Se había aficionado a su compañía como una forma de anestesiar la soledad. Su condición de hombre viudo, un estado que jamás creyó alcanzar, ya que lo lógico era caer en cumplimiento del deber mucho antes de que Graciela, su adorada Graciela, dejara este mundo, lo había convertido en un adicto al trabajo y cuando esta adicción le reveló que como soporte del asalto al banco en el que una de las víctimas fatales fuera su esposa, se encontraba la familia Belfiore, cortar de raíz esa mala hierba fue su razón de vivir.

—Este sí que va a ser un día inolvidable —dijo en voz alta como si Graciela estuviese a punto de contestarle.

En calzoncillos y vistiendo una raída camiseta malla llegó hasta el baño. Estuvo un rato sentado en el inodoro, costumbre que había adoptado en el último tiempo, antes de conseguir orinar. Abrió el agua caliente en la ducha y volviendo a correr la cortina la dejó que saliera. Se desnudó, se metió debajo del potente chorro y cantó como siempre lo hacía disfrutando de la acústica ofrecida por el baño:

— «¡Decí, por Dios, que me has da’o, que estoy tan cambiao! ¡No sé más quién soy! El malevaje extrañao, me mira sin comprender, me ve perdiendo el cartel de guapo que ayer brillaba en la acción…»

Medía hora después, ya en la cocina, buscó la hoja del almanaque fijado a la pared que con testaruda puntualidad le obsequiaban en la panadería de don Augusto cada año. Con un gesto automático arrancó la que correspondía al miércoles 24 de marzo de 1976, la hizo un bollo y la dejó caer en el tacho de residuos.

—Feliz cumpleaños Guillermito. —Se felicitó.

Se preparó una taza grande de Nescafé Dolca suave que cortó con un chorro de leche fría. Caminó a oscuras por el pasillo con la taza en la mano hasta llegar a la habitación del fondo, la que en otro tiempo fuera la sala de costura de Graciela, una modista hábil y muy apreciada en el barrio.

Encendió la luz.

Los sobres de color madera con el último trabajo entregado por Mancinelli lo esperaban sobre el escritorio donde los acomodara pocas horas antes.

—Te hice ampliaciones de todas como me pediste —informó el hombre que agradecía poder de vez en cuando trabajar con imágenes que no fueran sobre casamientos, bautismos o cumpleaños de quince—. Esta vez me superé a mí mismo, pero está mal que yo lo diga —bromeó como era su costumbre el fotógrafo—. Che, fuera de joda, mandales un abrazo a los muchachos y espero de todo corazón que Heredia zafe de esta.

Salerno tuvo que reconocer que su amigo no había exagerado. El trabajo con las imágenes obtenidas durante la vigilancia, montada unos días atrás, era para medalla de oro.

Esa operación hubiera dejado nocaut, al menos por varios años, al mundo que había prometido combatir, pero el incidente protagonizado por Heredia y Aguinaga produjo un saldo de varios heridos, entre ellos una desprevenida muchacha embarazada que se encontró prisionera del fuego cruzado y que por fortuna sólo llegó al hospital con algunos raspones y una crisis nerviosa.

El Fiat 1500 puso el punto final a su huida cuando Heredia perdió el control al ser alcanzado por un proyectil en la espalda que lo obligaría a vivir, al menos durante tres años hasta que decidiera despedirse del mundo volviendo a poner en funcionamiento su arma reglamentaria, pegado a una silla de ruedas.

El proyecto de formar una brigada especial de inteligencia criminal iba a permanecer en esa condición sobre todo a partir de este día en el que se iniciaban los años del miedo y la desconfianza; en los que la matemática moderna iba a volverse subversiva, mientras que por televisión se invitaría a recordar y comparar.

Guillermo Salerno no contó con que el destino iba a traicionarlo. En ninguno de sus planes se contemplaba que a los cuarenta y nueve años se lo pasara a disponibilidad preventiva a la espera de su retiro efectivo.

El subcomisario que comenzó con pie tembloroso como agente y que fiel a los usos y costumbres muchas veces disfrutó sin gastar un centavo en las pizzerías y se guardó los billetes que con puntualidad cada semana le entregaba el jefe de calle fruto de las recaudaciones de la llamada caja policial, había aprendido y aceptado mirar para otro lado cuando era necesario, pero jamás hubiera avalado lo que iba a venir.

Aunque ya no tenía sentido hacerlo, Salerno siguió adelante. Se detuvo un buen rato estudiando cada una de las imágenes. El tiempo había empezado a andar lento para él a partir de esa madrugada. Esas largas horas debían ser ocupadas con alguna actividad.

Cuando decidió convertir el antiguo cuarto de costura de Graciela en su base de operaciones lo primero que hizo fue cubrir una de las paredes con una plancha de corcho de cuatro metros cuadrados. También dispuso de sillas cómodas para sus futuros colaboradores y una mesa grande de trabajo, No se olvidó de los ceniceros y mucho menos de dos grandes papeleros metálicos.

Fue pinchando con tachuelas con prolija paciencia los cuatro extremos de cada fotografía sobre la plancha de corcho. Arriba de las imágenes que le mostraban viejos conocidos pinchó una tarjeta blanca sobre la que había escrito su nombre y el alias que solía identificarlo. La tarea lo entretuvo hasta bien pasada la salida del sol. En las imágenes quedaban varios interrogantes por desvelar y con esa intención dibujó ese signo sobre el dolido retrato de Julia Belfiore. Repitió la operación sobre la imagen de un grupo de personas que aparecían juntas. Se trataba de dos hombres, tres mujeres y cuatro niños cuyas edades, le pareció que, oscilaban entre los diez y los trece o catorce años.

Para las nueve de la mañana el hambre había empezado a llamar su atención. Se lavó por segunda vez las manos y la cara, y peinó para atrás el cada vez más ralo cabello encanecido dejando al descubierto una frente que se ampliaba día a día.

En la panadería no se hablaba de otra cosa que no fuera el nuevo asalto al poder a través de un otro golpe cívico militar.

El policía retirado se abstuvo de opinar.

—Va con yapa por su cumpleaños, subcomisario. —Le anunció la mujer rellenita de grandes ojos negros que siempre lo miraba como si quisiera decirle que ella y nadie más que ella sería capaz de cumplir hasta el más mínimo de sus deseos.

Guillermo Salerno tomó la bolsa de papel con la mano derecha, aspirando ese olor inigualable de las medialunas y metió la izquierda al bolsillo buscando el billete suelto que había guardado para pagar.

—Faltaba más, subcomisario…

—Muchas gracias Rosa —dijo Salerno—, pero desde hoy soy Guillermo, Guillermo a secas.

—No me diga —exclamó la mujer desplazando la voz al registro agudo— ¿Qué pasó?

—Lo que tenía que pasar Rosa, ni más ni menos

—Y quién le dice que no le están haciendo un favor…—comentó la mujer señalando el aparato de radio que sonaba sin descanso.

—Vaya uno a saber —respondió Salerno—. Hasta mañana Rosa

—Hasta mañana si Dios quiere subco… Guillermo, Guillermo —Se corrigió sobre la marcha la mujer.

Recorriendo las dos cuadras y media que separaban su casa de la panadería el policía tuvo la sensación de que alguien le pisaba los talones. Antes de entrar se paró frente a la vidriera y pudo ver a una mujer rubia con el cabello hasta los hombros, bajita con camisa floreada de varios colores que se agachaba como si quisiera recoger algo que había perdido. En el camino de regreso ya no la localizó.

Acababa de apoyar el paquete con las medialunas en la mesa de la cocina cuando sonó el timbre. Ahí estaba otra vez: rubia con el cabello hasta los hombros, bajita con camisa floreada de varios colores.

—Buenos días, Salerno —dijo la rubia— mi nombre es Verónica Cabrera. Trabajo para Interpol —mostró con rapidez de prestidigitador una credencial—, y me gustaría hablar unas palabritas con usted.